En el camino no solo conocemos paisajes, de la amarillenta estepa al verde de un valle y el azul de un lago. También conocemos personas. Con algunas tenemos un contacto por internet primero y luego en persona al visitar sus ciudades, otras se acercan al camión y se animan a hablar con nosotros: dos locos lindos que viven el sueño muy anhelado pero que tanto miedo a realizar tienen muchos.

 

En Viedma conocimos a Mónica y Horacio, una pareja que paseando por la costanera se encontraron al Forastero estacionado y no dudaron en parar a charlar. Lo primero que nos contaron es que ellos también quieren hacer un viaje como el nuestro, en un motor home tamaño colectivo, que esperan llegar a cierta edad para realizarlo, que ahora están viviendo en El Bolsón en una granja orgánica y que cuando pasemos por allí no dudemos en ir a visitarlos.

Cuando publicamos que estábamos en Esquel, recibimos el mensaje de Mónica recordándonos que nos esperaban. Es difícil asegurar cuando vamos a llegar porque día a día vamos cambiando el itinerario y van ocurriendo “sorpresas” en el camino que te hacen modificar los planes. De hecho, nuestro plan era visitar Lago Puelo antes de ir a El Bolsón, pero como sólo hay 12 kilómetros entre las localidades, fuimos directo a esta última y dejamos la visita de la otra para mas delante.

No es de nuestro agrado circular en días feriados porque conocemos que la ruta se llena de conductores y pasajeros muy ansiosos de llegar a sus destinos y a muchos les agarra un ataque tener que viajar detrás de nosotros. Sobre todo cuando la ruta tiene subidas y bajadas y a El Forastero le gusta viajar a una velocidad menor. Ese día Ale se convirtió en el patovica de la ruta 40 porque depende del auto y la cara del conductor le ponía la luz para que nos pase o no, hasta en los momentos que había doble línea amarilla.

Llegamos cerca del mediodía del sábado santo. La ciudad revolucionada de turistas y artesanos que visitaban la ciudad. Aquí esta una de las ferias más famosas del país pero nosotros teníamos que encontrarnos con Horacio en la otra feria donde no se ofrecen artesanías sino productos de granja orgánicos. Nuestro instinto (o la suerte) no nos falló y nos hizo estacionar a una cuadra y media sin saberlo. Nos acercamos y nos reconocimos sin cruzar palabras. Como la granja se encuentra fuera del pueblo, antes de ir hasta allí dimos un paseo por la Feria Regional de Artesanos  de El Bolsón.

Las indicaciones eran fáciles, luego de pasar la tranquera y subir un monte chico llegamos. Estacionamos con vista al bosque y montañas detrás. Al bajarnos nos recibieron los perros y gatos que poco a poco fuimos conociendo y, como siempre sucede porque ellos tienen ese instinto de saber las intenciones de los humanos, nos fuimos haciéndonos amigos. Tomamos unos mates con Horacio mientras nos explicaba que ellos viven allí bajo el concepto de permacultura: un sistema proyectado sostenible que integra armónicamente la vivienda y el paisaje, ahorrando materiales y produciendo menos desechos, a la vez que se conservan los recursos naturales. 

En los días siguientes fuimos aprendiendo y ayudando en las  diferentes tareas que hay en la granja. Así fue que un día Ale se levanto a las 7 de la mañana y ordeñó una cabra. Ayudó a llevarlas hacia el campo, siempre mirando hacia atrás porque el cabrío (o cabrón como le decíamos de forma cariñosa) se podía aparecer y mejor no darle la espalda. Le daba de comer a los conejos y recordaba siempre que de chico tuvo una. En los mediodías íbamos al gallinero a buscar los huevos que las gallinas ponían y nos fijábamos si tenían agua o comida. Y hasta presenciamos el parto de unas de las chanchas que tuvo 10 chanchitos.

A mí no me gusto la parte de los animales así que opte por la cocina y huerta. En horno de leña hice pan casero.  Aprendimos las propiedades de la rosa mosqueta y recolectamos para hacer té. También recolectamos nueces y castañas. Para un guiso que cociné primero tuve que ir a cosechar las papas y las cebollas y usé una salsa de tomate que habíamos preparado el día anterior.

Como teníamos entrada libre al parque nacional Lago Puelo hasta el 5 de abril, nos despedimos unos días de la granja. Como mencioné antes, la distancia es de 12 km y, como hay casas a los costados en toda la  ruta, no te das cuenta cuando salís de El Bolsón ni cuando salís de Rio Negro y volves a ingresar a Chubut.

En esta época toda la zona está en temporada baja. Esto significa que no hay turistas y los que hay son contados con los dedos de las manos. El motivo es el clima que no es tan agradable, pero esto nos permitió disfrutar del parque nacional Lago Puelo porque éramos los únicos visitantes. Elegimos estacionar con el lago de frente pero entre arboles que nos protegían del viento.

Lago Puelo
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Al día siguiente amaneció lloviendo y el cerro, que hasta el día anterior estaba en frente, no se veía. Después del mediodía aflojo y nos hicimos una escapada hasta la casa del guarda parque a buscar la información sobre las actividades que se puede realizar. La guarda parque nos dio el mapa de los senderos y nos dijo que no sabíamos que podíamos hacer porque el clima iba a seguir así por dos días más. Un poco desalentados salimos y se largo a llover, por suerte el camino era por un túnel de arboles así que no nos mojamos muchos. Esa tarde fue de fiaca total porque la lluvia no aflojo hasta el mediodía siguiente. No dudamos muchos, vimos que salió el sol y nos fuimos a hacer los senderos antes de que al clima se le ocurra cambiar otra vez. En el camino nos cruzamos a unos muchachos que traían arrastrando “algo” entre los arbustos, primero pensamos lo peor, después respiramos cuando nos dijeron que eran manzanas “orgánicas” – a lo sumo un gusanito -, y que se podían juntar sin problemas, así que nos llenamos la mochila con manzanas. También vimos y juntamos muchos hongos que creíamos que eran de pinos, pero al final resultó que no se sabe sin son comestibles, por las dudas no quisimos ser los primeros en probar.

Esa tarde nos volvimos a El Bolsón y, como al día siguiente era domingo, aprovechamos y fuimos a armar nuestro puestito a la feria regional. Siempre me gusto visitar y conocer las ferias artesanales pero nunca me imagine que algún día iba a ser parte de una de las más famosas del país.

Luego de una linda jornada volvimos a la granja donde Horacio nos esperaba.

La granja recibe voluntarios de todas partes que vienen a aprender sobre la permacultura, entre otras cosas. Así conocimos a Claire, oriunda de Francia que vino por 6 meses a conocer nuestro país. Con ella entablamos una linda relación.  ¡Que gracioso era explicarle algunas palabras y expresiones! Ahí me di cuenta cuanto deformamos el idioma en lo cotidiano. Cuando estamos con personas que están aprendiendo el castellano, con Ale siempre nos mentalizamos para usar las palabras y términos correctos, como así también en suavizar nuestra “y”, pronunciar mejor la “ll”, hablar de “tu”. Sabemos que este viaje nos va a obligar a conocer otros idiomas y tratamos de hablar el nuestro como nos gustarían que nos hablen el suyo cuando estemos en otro país.

A mitad de semana volvieron Mónica y Rodrigo, su hijo. Me encanta cuando sucede que estas con una persona que conoces hace unas horas pero la relación se da como si fuera de toda la vida. No sé si es porque viajando y estando lejos de tus afectos te sensibilizas pero los vínculos se hacen muy rápido, se dan relaciones que parecen de años con personas que recién te cruzas. Y ahí estas, frente a ella contándole de tu vida intima y recibiendo un abrazo reconfortante. ¡Qué lindo es encontrarse y conocerse con personas así!

El sábado antes de irnos recibimos la vista de Jime y Andrés de LVDV. Ellos también siguieron de largo hasta El Bolsón para reencontrarse con nosotros después de un mes y medio de la última vez que nos despedimos, allá en el Lago del Desierto. Estuvimos hablando y poniéndonos al día y, como ya parece una costumbre, amase unas pizzas para todos y compartimos una linda noche con charlas viajeras y de las otras.

Al otro día nos despedimos de los chicos que se iban a Lago Puelo. ¡Hasta el próximo reencuentro!

Y luego nos toco despedirnos de Mónica, Horacio, Rodrigo, Claire, los perros y gatos, la granja… ¡un enorme nudo en la garganta! Tener que despedirnos cada vez es más difícil, pero es algo que forma parte del viaje.

¿Se acuerdan que cuando estuvimos en Rio Gallegos nos recibieron Miriam y Raúl? Con ellos nos habíamos contactado primero por facebook y nos habían dicho que cuando pasáramos por ahí fuéramos a su casa. Y así fue, cuando llegamos a la ciudad nos telefoneamos con él y en un rato ya estábamos compartiendo unos mates. Cuando nos despedimos de ellos jamás se nos ocurrió que justo íbamos a coincidir en Bariloche 4 meses después. Nos escribimos y hablamos para reencontrarnos cuando llegaremos a la ciudad.

Si Esquel nos puso nerviosos, Bariloche nos espanto! Dobles avenidas sin semáforos y con giros a la izquierda permitidos. Ah y en subida y bajadas súper pronunciadas!. Por lo tanto, estacionamos el Fora y no lo movimos hasta que nos fuimos. Todo lo hicimos caminando o en colectivo.

Bariloche es una ciudad turística y, por lo tanto, las atracciones de la misma son costosas. Inalcanzables para nuestro presupuesto. Por suerte, tanto el cerro Otto como el Campanario tienen un sendero para hacerlo gratis. No pudimos andar en el teleférico o aerosillas, pero pudimos apreciar lo más lindo del lugar: el lago Nahuel Huapi y su cordón de cerros.

Vista desde el Cerro Campanario
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Vista desde el Cerro Campanario

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Vista desde el Cerro Campanario

Caminando por el centro nos cruzamos de casualidad a María y Marta de Furgo en Ruta. Con ellos nos cruzamos en Gdor. Gregores y nos reíamos porque al despedirnos aquella vez dijimos “nos vemos en Bariloche” y sin querer nos reencontramos acá!! Tengamos en cuenta que aquella vez ellos iban en dirección al sur hasta Ushuaia y luego volvería a ingresar a Argentina por el paso Cardenal Samore – Bariloche y nosotros estábamos subiendo por la ruta 40. Las posibilidades de cruzarnos sin hablar durante estas semanas eran nulas o casi.

El día que se iban de Bariloche compartimos un curso de fieltro, cuando salimos tomamos unos mates mientras hubo otra clase: Ale les enseño a hacer los atrapa sueños, cosa que me puso contenta porque fui yo quien le enseño y ver cómo se va transmitiendo eso es reconfortante.

Gracias a ellos conocimos a Flor y Mati, una linda pareja de viajeros con lo que compartimos un lindo domingo intercambiando historias de viajes y experiencias. Ellos hacen cuadernos artesanales AMANO que están buenisimos. Los podes ver y adquirir por su página y facebook. Nos escucharon y animaron en una decisión que tenemos que tomar frente al arreglo del Forastero y, si bien todavía no sabemos bien que va a suceder, nos llevamos el mejor consejo: “Hagan lo que les haga bien a ustedes”. Nos hubiera encantado compartir más charlas y mates con ellos, pero quien les dice si no nos reencontráramos más adelante.

Luego de una semana preparamos todo para seguir ruta. Y otra vez tuvimos que despedirnos de amigos, de personas que sin conocernos nos abrieron las puertas de sus casas y su corazón y con los que entablamos una relación que perdurará siempre.  Pero lo bueno de este viaje es que está lleno de sorpresas, y las más lindas son los encuentros y reencuentros con amigos.

 

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