Llegamos a La Ligua más rápido de lo que creíamos. Nos sentamos en la plaza principal y comimos unos sándwiches que improvisé. El recibimiento nos lo dio el personaje de la ciudad, lo que muchos llaman “el loco”. Se acercó y me preguntó en ingles de donde era. Le conteste, en español, que de Argentina y me sonrió. Nos dio la bienvenida y se fue al grito de “¡Viva Perón!”.

El solo hecho de haber llegado en dos bicicletas súper cargadas, además de estar acompañados de dos perros salchichas, ya era motivo para ser el centro de atención pero el cantito popular hizo que todos, absolutamente todos, posaran su mirada en nosotros.

Aprovechamos para preguntar por una veterinaria. Nuestra prioridad era el medicamento de Pioja. Recorrimos cuatro veterinarias y más de siete farmacias (nos enteramos que en Chile algunos medicamentos  para animales también se venden ahí) y no hubo forma de encontrar el remedio.

En una farmacia encontramos para uso humano (que también nos servía) pero solo lo podían vender si llevaba receta de un médico. El problema era encontrar un profesional que prescribiera un medicamento para una persona que no tiene epilepsia pero que se lo va a dar a un perro que nunca atendió.

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¡Llegando a nueva región!  🙂 

Decidimos no ponernos nerviosos. Tirábamos frases alentadoras al aire pero en nuestro interior nos sentíamos mal. En un momento empezamos a reprocharnos mutuamente: “vos fuiste el que uso el último blíster”, “¿por qué no compramos en Santiago de Chile para tener?”, “vos me dijiste que había otra caja”. En fin, se podrán imaginar la situación.

La primera veterinaria a la que fuimos quedaba justo en frente del Cuartel de Bomberos. Luego de recorrer casi toda la ciudad, volvimos para preguntar si nos podían dar un espacio para armar nuestra carpa. Sería por una noche porque al otro día deberíamos salir “corriendo” hacia Los Molles o Los Vilos porque cada día representaba quedarnos con menos pastillas y es un tratamiento que no se puede cortar.

Luego de esperar la aprobación de los directores y comandantes, nos dijeron que nos podíamos quedar pero que no hacía falta que armemos la carpa porque en el cuartel hay camas que no se utilizan. Si, lo primero que pensamos fue “una buena”.

Estuvimos compartiendo todo lo que quedo del día con los bomberos voluntarios que llegaban al cuartel.  No nos cansamos de contar nuestra historia y de ver las caras de asombro.

Al otro día, mientras nos preparábamos para salir, se acercó Héctor (bombero que hace la guardia nocturna) a despedirnos. Nos preguntó si necesitábamos algo y, no sé por qué, le consulté si conocía de alguna veterinaria importante en Los Molles o en Los Vilos.

Nos dijo que hasta dudaba de que haya veterinaria en Los Molles y que Los Vilos era una ciudad pero no más que La Ligua. Que hasta Coquimbo o La Serena eran todos pueblos chicos. Nuestras caras se transformaron. Estábamos a más de 200 kilómetros de estas últimas localidades. Por más que pedaleáramos 10 horas por día no íbamos a llegar antes que se nos termine el medicamento.

Se solidarizo con nosotros y nos dio un consejo que es el día de hoy que agradecemos eternamente. “Quédense uno o dos días más, vean si alguien de Santiago se los puede enviar por correo que en 24 horas llega. No se sigan moviendo, resuelvan este problema antes y después siguen”.

 

 

Al mismo tiempo recibimos un mensaje privado por Facebook de Claudia que, frente a nuestro relato de que estábamos buscando el medicamento y que no lo habíamos conseguido, se ofreció a comprarlo en Santiago de Chile y a enviárnoslo donde queramos.

Lo estoy escribiendo y todavía se me eriza la piel y me emociono. De un momento a otro nos cambió completamente el panorama. De llorar a escondidas antes de dormir a que nos confirmen que en menos de un día recibiríamos un sobre con la medicación para casi seis meses.

Claudia fue un ángel en nuestro camino. Desinteresadamente nos brindó su ayuda. No solo eso, sino que no nos dejo que le pagáramos ni el medicamento ni el envío.

Estas son las situaciones que nos hacen seguir adelante, a no bajar los brazos. Las que nos alimentan el alma y que queremos que esta anécdota  de buenas acciones (como tantas otras que vivimos) lleguen a todas parte del planeta para que se sepa que hay más personas buenas de lo que realmente se cree, el problema es que no se las valora y nosotros nos comprometemos a cambiar eso.

De La Ligua nos fuimos con nuevos amigos. Jovani, el comandante, fue bicicletero durante 12 años. ¡Qué mejor lugar para hacer un service a las bicicletas! Y de paso reparar un rayo roto que Ale encontró en su rueda trasera.

Más que emocionados, más que felices nos despedimos de La Ligua. Sin dudas, esos 20 kilómetros que nos desviaron fueron sumamente valiosos.

 

CHILE: SUBIDAS Y CUESTAS DE TODOS LOS TAMAÑOS Y COLORES

 

Es así, las hay de todos los gustos, ya sea para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero. ¡No me vas a dejar de sorprender nunca Chile! Pero la conocida cuesta de Longotoma me encontró con otra actitud. Sabía que tarde o temprano, 10 minutos antes o después, llegaría a la cima. Realmente nunca se sabe si del otro lado hay una bajada que compense el esfuerzo físico. Pero ya había aprendido a tomar esas situaciones con calma y humor (ya lo habrán visto también en el vídeo de la cuesta de la virgen, si no lo vieron hagan clic acá).

Nos quedaban solo 10 kilómetros para llegar a Los Molles pero necesitábamos parar para comer. No teníamos más fuerzas. Como ya es costumbre, frenamos en una parada de bus al costado de la ruta.

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¿Piensan que estas es una subida empinada? ¡Ésta es leve a comparación de otras!  :-o 

Un párrafo aparte tiene la situación de estar preparando los sándwiches, ver como un auto que se caía a pedazos (creo que era la primera vez que veíamos un auto en esas condiciones en Chile) se quedaba varado en el medio de un puente. Una combi de Carabineros frena entre medio de ese vehículo y nosotros. Baja el conductor, se pone su cinturón donde llevaba el arma. Cierra la puerta y camina hacia nuestro lado.

No teníamos miedo pero si nos parecía raro. Nos saludo, se presentó y nos preguntó de qué parte de Argentina somos. ¡Ni hablamos y ya sabía nuestra nacionalidad! Sorprendidos quedamos cuando menciono la palabra “bonaerenses”. Ahí nos dimos cuenta que él conoce bien Argentina y que, a pesar de su uniforme y su trabajo, se acercó como cualquiera otra persona.

Es más, para los que dicen que los Carabineros son todos “malos”. Nuestro nuevo amigo nos escucho quejarnos de las cuestas y nos ofreció a llevarnos hasta Los Molles o Los Vilos en la combi. Nosotros agradecidos pero no, queríamos seguir en bicicleta a pesar de todo.

Luego de pasar la noche en el Cuartel de Bomberos de Los Molles gracias a que en La Ligua nos habían hecho el contacto, al otro día salimos rumbo a Los Vilos. Pero antes de empezar a pedalear recibí una no tan buena noticia desde Buenos Aires. En menos de 10 días tenía que estar allá para resolver un tema urgente.

Entre Los Molles y Los Vilos hay unos 40 kilómetros. Habremos parado más de 10 veces. En todas surgían nuevas ideas, nuevos planes, miedos y dudas.

“¿Cómo hacemos?”

“Vamos en avión”

“No tenemos dinero y las perras…”

“Vamos en colectivo”

“Pero las perras tendrían que viajar en la parte de abajo enjauladas”

“Voy yo sola a dedo”

“No me gusta la idea y aparte te quiero acompañar en este momento, amor”

Y después surgió el tema qué hacemos con las bicicletas, dónde las dejábamos. La idea de volver en bicicleta ni siquiera fue pensada. “¿Hacer en 10 días lo que hicimos en cuatro meses? IMPOSIBLE.”

Cuando estábamos saliendo de Papudo, Leonardo (sigue nuestro viaje en Facebook) nos dijo que en Los Vilos preguntemos por Gonzalo y Viviana, que ellos nos podrían alojar. Estando en La Ligua nos enviaron un mensaje de que no tenían buena conexión de internet pero nos dejaban su celular para que los llamemos. El problema es que nosotros no teníamos crédito para llamadas y nos manejábamos todo por whataspp. Les respondí que cuando llegaríamos, íbamos a buscar la forma de comunicarnos.

Pero este había pasado a ser un tema menor. Nuestra preocupación estaba puesta en otra situación.

En uno de los descansos yo le planteo a Ale que lo mejor sería conseguir donde poder dejar las bicicletas y alforjas e intentar llegar a Buenos Aires a dedo, los cuatro. Si, los cuatro sin excepción. Somos una familia y vamos juntos a todos lados.

Al pronunciar esta idea, experimentamos una sensación de bienestar, se calmo la ansiedad y la angustia. Como si mentalmente hubiéramos encontrado el camino. Ahora solo restaba llegar a Los Vilos y ver cómo organizarnos.

La entrada era en subida. Le preguntamos a una persona que estaba barriendo las hojas, dónde estaba el Cuartel de Bomberos. Pensábamos que podíamos pedir permiso para pasar la noche allí mientras buscábamos la forma de comunicarnos con Gonzalo y Viviana.

Seguimos subiendo, muy lentamente, y una pareja que estaba esperando para cruzar lo saludan a Ale (yo observaba todo unos cincuenta metros detrás). Veo que frena y se pone a hablar con ellos. Cuando me acerco Ale me dice, “¿Sabes quiénes son?” y yo, sin entender nada lo miré esperando a que me devele el misterio.

–          “¡Gonzalo y Viviana!”

Si, así tal cual como lo escribo, sucedió. Y como si no fuera demasiado increíble, estábamos en frente a su casa y ellos estaban volviendo de trabajar.

Mientras tomábamos mate, les contamos de la llamada que recibimos y de las múltiples opciones que habíamos pensado. Sin mucho más que hablar, nos dijeron que ellos nos guardarían las bicicletas y alforjas y que vayamos a Buenos Aires a dedo. Que todo iba a estar bien. Que a la vuelta tendríamos tiempo para pasear, aprender sobre mecánica de bicicletas y compartir buenos momentos.

A la noche, antes de cerrar los ojos, me preguntaba a mi misma si todo esto es un sueño. Intentaba descifrar esa sensación de bienestar, de saber que estábamos haciendo lo correcto y transitando el camino acertado.

Durante dos días estuvimos organizándonos. Vivi y Gon también para que las bicis no estorben la rutina de la casa. Todavía no entendíamos bien que estábamos por hacer. Por delante nos esperaban más de 1600 kilómetros por recorrer. Muchos de ellos los hemos transitado en bicicleta o en vehículo (como el Paso Fronterizo Los Libertadores a causa de una descompensación mía). ¿Y el trámite para poder pasar a Pioja y Pumba a Argentina?

Viajar a dedo hacia Buenos Aires no sería una pausa en este viaje en bicicleta, si no que sería una aventura más. Con esa actitud vivimos esos momentos previos.

 

 

 

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