A todos nos pasó. Y nos seguirá pasando. Y no estoy hablando únicamente en relación a los viajes. Es así la vida. Porque viajar es una de las tantas forma de vivir. Aunque a veces nos quieran hacer creer que es la única.

No se qué pensarás pero cuando las cosas no salen como uno quiere, epende la situación, se vive con mucha frustración. Como si uno se hubiera equivocado. ¿Y a quién le gusta equivocarse si nos enseñan que está mal?

¿Y qué significa equivocarse en nuestra sociedad? Los mal llamados “errores” se viven con frustración, con rechazo, con haber hecho las cosas mal.

En vez de buscarle un sentido, de aprender de todas las situaciones de la vida, incluso aquellas que imaginamos de forma diferente, todo queda empañado con un gran cartel “ERROR”. Como si fuéramos una computadora.

A mí me tocó vivir situaciones con ese plus de frustración porque no salieron como yo me lo esperaba. También con enojo y dolor. Y es sabido que esos sentimientos cubren el cielo de nubes y nos tapan el sol.

Ya sé, no me digas. Que tampoco es tan malo experimentar esas emociones. Que es normal porque somos humanos. Estamos de acuerdo siempre que puedas salir adelante. Que aceptes y aprendas de lo que nos toca vivir.

Me estoy yendo por las ramas. Es que me das un momento para escribir y no paro. Pero no quiero perder el motivo por el cual me senté a redactar este texto.

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Cuando las cosas no salen como uno quiere.

Y ahora te estás preguntando por qué una introducción así. Qué tendrá que ver. ¿No?

 

Cuando con Ale decidimos dar el primer paso, teníamos el proyecto de unir Buenos Aires con Ushuaia y luego ir hacia el norte hasta Alaska. Es un sueño compartido por muchos. ¿No?

Pero las cosas no salieron como soñamos. El motorhome podía ser el vehículo ideal porque se trata de vivir con una casa sobre ruedas, resolviendo muchas comodidades. Pero, para nosotros, era muy costoso mantenerlo.

De todas formas, la vuelta a Buenos Aires la viví con mucho dolor. Lloré gran parte del viaje. No disfruté reencontrarme con mi familia y hasta tuve lo que se conoce como depresión post-viaje.

¿Por qué? Porque viví como un fracaso el no haber cumplido la meta que nos habíamos propuesto. Sí, el llegar hasta Alaska.

Pasé por muchas etapas. De la depresión al enojo. Del enojo a buscar culpables. De los culpables pasé al silencio, a mejor no hablar de eso. Hasta que un día leí una frase que me hizo reflexionar.

 

 

¡Claro! Estaba más preocupada por no haber cumplido el objetivo de llegar a un punto en vez de disfrutar todo lo que viví en el durante.

Ya sé lo que estás pensando. Que soy una tonta. ¿No? Pero apuesto que la mayoría de las personas experimentó una situación parecida. 

De todas formas, la vida no estaba tan segura de que haya aprendido la lección y pensó en ponerme a prueba. Como el día que Ale me planteó que no quería seguir viajando en el motorhome. Que quería hacerlo en bicicleta.

Mi cara en ese momento. Y sí. Me puse a llorar, me enojé, no hablé por unos días hasta que otra vez la reflexión fue mi aliada. ¿Qué era lo que más me molestaba de la situación? Y aunque no lo crean, fue el hecho de que el proyecto era viajar en motorhome. Como si cambiar de vehículo o forma de viajar se tratase de reconocer un error de elección al principio. ¡Y a quién le gusta equivocarse!

Al estudiante que está en el medio de una carrera y no quiere dejarla o cambiarla porque, lo que más le pesa, es la sensación de haberse equivocado. ¿No conoces a alguien que haya pasado por eso? Si no es que te pasó a vos.

Es esa maldita forma de enseñarnos que el error está mal. Que no es parte del aprendizaje. Sino lo opuesto.

Yo abandoné una carrera universitaria por sentir que ya no estaba disfrutando. Y, sobre todo, por no poder imaginarme trabajando de eso. ¡Y estaba a menos de la mitad de camino! Pero también, me costó años entender que ese proceso fue puro aprendizaje y no un fracaso. Porque me dio la posibilidad de decir “esto quiero para mi vida, esto no”.

Y para que te rías. Por momentos, me dan ganas de retomarla. No es que estoy loca. Bueno, un poco. Pero es que ahora si encontré la forma de unirla a lo que hago y me gusta hacer.

El primer viaje en bicicleta, si bien también planteamos que queríamos llegar hasta Alaska, intentamos que sea más “light”. Es decir, cuando nos preguntaban hasta dónde iríamos, la respuesta era el punto más norte de América pero se agregaba que lo más importante era disfrutar el camino que llegar hasta allá.

Otra vez la vida quiso ponerme a prueba e hizo que un llamado ponga en pausa el viaje. Pero se ve que algo había aprendido porque me lo tomé muy tranquila. No lloré ni me enojé. Lo acepté y listo.

Aunque una vez resuelto el problema familiar, empecé con una ansiedad incontrolable por volver a viajar. Eso generó, además de angustia, tomar decisiones sin pensar.

El segundo viaje en bicicleta, el tercero en total, ya no decía “Alaska” a la respuesta de hasta dónde íbamos. Hasta ese momento, aprendí a poner objetivos más cortos. Así redireccione la meta a un lugar más cercano y que quiero conocer: las Cataratas del Iguazú.

No. No llegamos. De nuevo, las cosas no salieron como quería. Pero esta vez me encontraba cara a cara con una situación incontrolable: el clima.

Por más que mirase al cielo y gritara todo lo que pensaba, su respuesta era nubes, lluvia, frío, viento.

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Varios dijeron que tendríamos que haber parado muchos kilómetros antes. Pero no. Nuestra decisión fue otra y, en parte, se que era porque teníamos que aprender de todo lo que sucedió.

Lo mismo de querer cambiar y comprar una kombi. Una necesidad de tener un espacio propio que veníamos arrastrando. También la posibilidad de avanzar más rápido en esas rutas que no nos llamaban tanto la atención como para hacerlas en bicicleta.

Pero, como si se tratara de una figurita repetida, otra vez se nos cruzó la idea de volver. Una vuelta a Buenos Aires de película. Pero esta vez fue una decisión mía también. Tenía una maraña de pensamientos y emociones que me pedían a gritos un lugar y un tiempo de estar quieta para poder ordenar(me).

Hablando de que no siempre las cosas salen como uno quiere. Si creía que estaba acomodandome por unos meses en Buenos Aires, la vida se encargó de “sorprenderme”.

Sí. Me refiero a lo que sucedió con Pioja. Que agradezco que haya pasado en Buenos Aires, que pudimos tratarla con médicos veterinarios que conozco hace más de 15 años. Que nos encontró en una situación económica que nos posibilitó darle la mejor calidad de vida hasta el final.  

A veces pienso qué hubiera pasado si seguíamos viajando y pasaba todo eso. Pero como decía mi bisabuela Mati: “si yo hubiera sido un tren, vos hubieras sido un tranvía”. Con el “hubiera” nunca lo sabremos.

De todas formas, la desapariciones físicas de este mundo son situaciones especiales. Cada uno intenta sobrellevarlo como mejor puede o le sale. Están en el puesto número uno de los momentos que no quisiéramos vivir. Pero es parte de la vida.

Toda estas palabras que estoy escribiendo tienen un motivo. No es que estoy dando mil vueltas para contarlo. Es que así me está saliendo. Me senté con la idea y empecé a dejar que fluyan las emociones traduciendolas en palabras.

El viaje nos cambió mucho. Y son cosas que pasan. Y no será ni la primera ni la última vez que ocurra algo así. Con Ale decidimos seguir por caminos diferentes. Tenemos una buena relación y nos acompañamos en estos meses tan dolorosos. Y, aunque para muchos es un tema hasta bizarro, nos une Pumba y su régimen de visitas flexible.

¿Qué va a pasar con el proyecto de viajar por el mundo?

Sigue vivo en mí. ¡Y tengo tantos proyectos en mente! Pero primero lo primero.

El año pasado, cuando viajaba por Uruguay y Brasil, con ese clima tan difícil de sobrellevar, me encontré con la necesidad de tener un espacio propio. Varias veces estuve en la carpa deseando tener mi habitación. Una cama cómoda. Un escritorio con una silla. El tiempo para poder hacer lo que me gusta.

Pero no es algo que quiero para el resto de mi vida. Es como buscar o encontrar un equilibrio. Un poco de comodidad por aquí y un poco de viajes por allá.

Y si algo aprendí viajando es a disfrutar del momento presente. El ahora como le dicen. Si mientras viajaba, me la pasaba imaginando con un lugar por un determinado tiempo, no sería justo que ahora que puedo disfrutar de eso me la pase imaginando viajar. ¿No?

Entonces, ahora, estoy disfrutando de lo que tantas veces fue mi sueño dentro del sueño de viajar. Un espacio propio para reencontrarme. Para descansar. Para hacer varias de esas cosas que fui anotando en una lista de deseos.

Mientras tanto, voy a seguir haciendo viajes cortos. Algunos los haré con Pumba y otros, experimentaré lo que es viajar sola.

Si bien el proyecto era compartido, el tener el blog no. Eso siempre fue mi proyecto personal. Lo mismo que las redes sociales. Es algo que a mí siempre me gusto hacer y lo seguiré haciendo. No vas a notar tanta diferencia. Bueno, en verdad sí. En las fotos y vídeos. Y también que hablaré en primera persona del singular. Pero espero que te acostumbres.

Y si llegaste hasta acá, estarás pensando qué tiene que ver el título y toda la introducción para contar esto. Para mí tiene sentido. Es mi reflexión sobre “aprender”. Aprender que cuando las cosas no salen como uno quiere o se las imaginó, hay que seguir adelante. Hay que levantarse y volver a armar el tablero para seguir jugando.

¡Ah! Y por último, lo prometo.

El post “consejos para viajar en pareja sin separarse en el intento” continuará con el mismo título y lo seguiré recomendando. No es que los consejos sean malos o no sirvan, es que nosotros no pudimos ponerlos en práctica.

 

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