Llegamos a la puerta de la Brigada Militar de Sao Jose do Norte. Ahí también se encuentra el cuerpo de bomberos.

Pregunté si podíamos armar la carpa. No me imaginaba que me digan que no porque a los costados había mucho terreno libre.

Tampoco me imaginaba que el Sargento Soares se iba a preocupar tanto por nosotros, al punto que hizo lugar en el estacionamiento para que estemos bajo techo en caso de que el cielo decidiera transformarse en agua.

Y mucho menos imaginarme que, el mismo Sargento pero vestido de civil junto a su esposa, nos sorprenderían a la medianoche con comida para nosotros y las perras.

Cuando es uno el que tendría que estar agradecido y buscando de qué forma devolver tanta gratitud y del otro lado no saben qué más darte… ¡Qué momento tan único! Mucha ternura me dio que hasta caramelos nos trajeron.

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Al otro día nos levantamos y, a pesar de que el color gris seguía predominando el ambiente, el viento nos iba a dar una mano en la ruta.

¡Qué lindo que es pedalear con viento a favor!

Las nubes empezaron a correrse y comenzamos a ver el sol después de tantos días.

¿Qué más podíamos pedir? Viento a favor, sol, calorcito… Estábamos tan contentos que nos pusimos a cantar.  😆 

 

A Bojuru llegamos de tarde. Esperamos a que termine la misa y le preguntamos al cura si podíamos armar la carpa en el patio. Dos chicos de unos 10 años ya nos habían asegurado que nos iban a dejar.

Si bien siempre armamos la carpa antes de que anochezca, ese día Ale se dio el gusto de divertirse y jugar a la pelota con Gabrielo y Fernando.

Al otro día, cuando ya estábamos comenzando a guardar todo, dos personas se acercaron a preguntarnos si habíamos desayunado, que querían que fuéramos a sus respectivas casas a tomar un rico “café da manha” (café de la mañana).

¡Y nosotros que tenemos la costumbre de desayunar apenas nos levantamos!

El clima nos seguía tratando bien. Otra vez el viento jugaba a nuestro favor. Pero, como ya deberíamos estar acostumbrados, hacer planes y aferrarse a ellos no es una buena idea.

Ale sentía que la bici estaba haciendo un ruido “raro”. Como que algo rozaba. Estuvimos varios minutos investigando hasta que descubrimos el motivo.

La llanta, el aro, ese de “doble pared” que compramos en Uruguay, el mismo que muchos afirmaron que duraría para toda la vida, no tuvo mejor idea que romperse.

Ahora, seguro que están pensando que nosotros estábamos en el medio de la “nada” sin poder avanzar y teniendo que buscar cómo solucionarlo.

Apenas unos segundos de tensión cuando a los lejos, desde el norte, veíamos figuras de lo que, por la velocidad, aparentaban ser cicloviajeros.

Nuestros ojos no se equivocaron.

Melina y Roque junto a Lula, compañera y viajera de cuatro patas, están viajando hacia Argentina. El día anterior, se cruzaron con Matias que está volviendo a su país, Uruguay y todos nos encontramos en el medio de la ruta.

Para los que muchas veces comentan que no pueden viajar acompañado de su amigo fiel porque es muy grande, aquí un hermoso ejemplo de que se puede.

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No lo dudaron, buscaron dónde acomodar sus bicicletas y nos acompañaron en todo el momento que duró la incertidumbre de no saber qué hacer ante el problema mecánico existente.

Fue un verdadero regalo. En la misma situación, pero solos, la hubiéramos pasado mal. En cambio, entre anécdotas, risas y consejos, pudimos hallar la manera de seguir adelante.

Nos faltaban 5 kilómetros cuando el sol ya había desaparecido detrás del horizonte. Llegamos a Tavares con la noche ya instalada.

Reconocemos que nos agarró un poco de desesperación cuando vimos que la Brigada Militar estaba cerrada. Por suerte, la vecina nos dijo que esperáramos y nos quedemos tranquilos porque allí siempre reciben a cicloviajeros.

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Al otro día, la recomendación fue que intentáramos llegar hasta Mostardas para reparar la rueda. No nos convencía del todo. Los últimos 30 kilómetros los habíamos pedaleado a una velocidad más lenta de lo normal y, de todas formas, se notaba que la situación había empeorado.

Pero como eran solo 30 kilómetros, decidimos avanzar.

A paso lento, salimos a la ruta. Era un día de sol y queríamos disfrutarlo.

Frenábamos cada cinco kilómetros y mirábamos al cielo. El aro se estaba abriendo en dos lugares diferentes y ya luchábamos contra una inminente invasión de miedo y angustia.

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Faltaban 12 kilómetros y… No, no se terminó de rompió. ¡Pinchó!

Otra vez la banquina fue testigo de la lista de adjetivos calificativos no positivos que Ale tenía para describir la situación.

Pero todo el esfuerzo fue en vano. A los pocos metros, el aro dijo “basta” y fui yo la que empecé a acordarme de todos, de los que la fabricaron, la distribuyeron, la vendieron, etc..

Pasamos el carrito donde viajan Pioja y Pumba a mi bicicleta para que yo pudiera avanzar hasta Mostardas y buscar el bicicletero que nos habían recomendado, mientras Ale debía caminar el resto del camino.

Fue un momento difícil. Porque al mismo tiempo, nos encontramos con el detalle de que no teníamos mucho dinero. Los días de lluvia, sin poder ofrecer nuestras artesanías, hicieron que gastáramos sin poder recuperar.

En este vídeo conté lo que estábamos viviendo. Me sinceré y, en vez de usar las palabras escritas para poder comunicarme, compartí mis penas porque recordé que así se aliviana un poco la carga.

 

¡Y funcionó! Porque después todo fue mejorando y la magia del camino se hizo presente durante todo el día.

¡Y hasta el camino nos regaló comida! No miento… ¡Miren este vídeo también!

 

Los siguientes 6 días fueron iguales: lluvia, frío, truenos, lluvia y así sucesivamente.

Ya sé, deben estar pensando que deberíamos haber aprovechado para ver películas o terminar de ver alguna serie. O para dormir, descansar. Hacer lo que nos gusta. En fin. Todo eso lo hicimos pero fue difícil poder escapar la ansiedad generada por sentir que el clima nos está “aguando” nuestro viaje por Brasil.

Salimos a la ruta aunque el día no terminaba de decidirse qué clima elegir. Apostamos y ganamos. Lo mismo por los siguientes dos días.

Cuando muchos se preguntan cómo hacemos para encontrar lugares bajo techo para pasar las noches (y días) de tormenta, nosotros solo tenemos anécdotas de personas que, de forma desinterasada, brindan una mano a los que nos animamos a dar el primer paso para cumplir un sueño.

El señor Alemao es un ejemplo del párrafo anterior.

Iria y Gon, los chicos de “La Vuelta en Bici”, nos habían pasado el dato de que él le da una mano a los viajeros que golpean su puerta.

En nuestro caso, no hizo falta. Cuando estábamos pasando por la ruta, un brazo levantado nos llamó la atención y frenamos. Al acercános, de forma rápida, me di cuenta que era la persona que estábamos buscando.

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La estadía de una noche se convirtió en tres días. No nos dejaron ir hasta que no pase la tormenta.

Y así es como empezamos a entender que este viaje iba a avanzar más lento de lo que nos gustaría. De por sí, viajar en bicicleta hace que los tiempos sean diferentes al de los restos de recorrer los lugares en otros vehículos. Pero es que cada dos o tres días, debemos frenar y esperar a que pase la tormenta.

Capaz estás preguntando por qué no avanzamos aún con lluvia. Que has visto que otros lo hacen. Si, es verdad. Nosotros sobrevivimos a una fría tormenta el día que llegamos a Montevideo.

Pero decidimos no exponernos a esas situaciones, sobre todo si no sabemos si, a la noche o al día siguiente, podremos disfrutar de una ducha caliente y de cambiarnos la ropa. No es para nada agradable dormir mojado y con frío y, menos que menos, pasar varios días dentro de la carpa sin poder salir a cocinar y ni hablar si te llega a entrar agua dentro y se te mojan las bolsas de dormir. ¿No?

¿Para qué pasarla mal si es la idea es disfrutar?  😉 

Así estamos, para reírnos y tomarnos un poco con humor, decimos que vamos a cambiar el nombre de “Por las Rutas del Mundo” por el de: “Viajamos esquivando la lluvia”.  😆 

 

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