“Vayan a preguntar a la estación de servicios, pero dudo que puedan acampar ahí. Mejor vayan al parque” nos dijo mientras nos deseaba buen viaje a los cuatro (Javi y Mey seguían con nosotros).

Nos miramos entre todos y decidimos primero ir a la estación de servicios. Fue en vano. Cuando llegamos vimos que no había espacio y que se trataba de un lugar muy concurrido y céntrico de la ciudad de Los Andes.

Mey me acompañó para hablar con la persona que estaba a cargo de la seguridad del parque. Tengo que admitirlo, entré imaginándome que la respuesta sería negativa por culpa de los prejuicios que uno arrastra.

Apenas asomé la cabeza por la puerta, una enorme sonrisa me estaba esperando.

“Hola, ¿Qué tal? Mi nombre es Virginia y somos de Argentina. Estamos viajando en bicicleta y quería…”

“Ya sé porque venís”– me interrumpió y sentenció – “pero sigue hablando”.

Le dije lo que siempre, palabras más o palabras menos, cuento sobre nuestro viaje. Ella me escuchó y luego hizo que volviera a respirar cuando me confirmó que podríamos acampar dentro del parque pero que tuviéramos cuidado con los “chiquillos” que a veces entran para hacer de las suyas. Si bien no nos dijo que significaba eso, nosotros nos imaginábamos todo lo que podíamos.

Bajamos las bicicletas y alforjas del Jeep, volvimos a poner las ruedas delanteras en su lugar, lo mismo con los pedales y comenzamos a despedirnos de Mey y Javi.

Es un momento muy difícil cuando uno genera una relación buena con el otro, cuando el cariño ya está instalado y, para colmo, si sos una de esas personas de “lagrima fácil” como yo. A veces hasta me cuesta decir lo que siento porque sé que al abrir la boca, la garganta se cerrara y temo generar un clima incomodo.

Se fueron los chicos y nos miramos con Ale. Estábamos solos otra vez. Nos organizamos y empezamos a armar la carpa. “¿Te acordás cuando teníamos que armarla todos los días o día por medio?”. Sentíamos que el viaje se reanudaba y eso nos ponía contentos. Sumado a que estábamos otra vez en Chile: nuevas costumbres, nuevas formas de decir las cosas. ¡Qué hermosa sensación! 🙂

Ninguno de los dos tenía muchas ganas de cocinar, tampoco de comer. Habíamos dormido tan solo 2 o 3 horas pero sabíamos que al día siguiente teníamos que pedalear unos 70 u 80 kilómetros hasta Santiago de Chile, así que fui en busca de algo que pudiéramos comer rápido, rico y barato (¡Qué pretenciosa!).

Ale estaba nervioso. Si bien el parque se cerraba a las 23hs, sabíamos y habíamos visto los lugares donde la reja estaba rota o directamente no había. Poco le duro el “yo me voy a quedar despierto toda la noche” porque terminó el sándwich express y se unió al coro de ronquidos con Pioja y Pumba. Lo mismo hice yo pero no puedo decirles si roncaba o no.  😛

Durante la noche nos despertamos varias veces. Un poco por ruidos extraños que asociábamos con lo que nos imaginábamos que podían hacer “los chiquillos malos” y otro poco porque era la primera vez que volvíamos a dormir en carpa después de casi un mes.

Abrí los ojos y al minuto sonó el despertador. Siempre hago eso, no sé por qué. Capaz debería confiar más en mi reloj interno. Ale y las tuchis estaban dormidos y ni se percataron del sonido de pájaros que tiene el teléfono. Como era de esperarse, Ale me pidió media hora más de sueño.

Estaba nerviosa. Ese día nos habíamos propuesto pedalear hasta Santiago de Chile. No sabíamos muy bien cuantos kilómetros eran. Algunos carteles decían 70, otros hasta 90. Depende de los puntos de partida y llegada que habían tomado para medir y calcular la distancia. Pero mis nervios se debían a otro factor.

“¿Podré pedalear? ¿Me faltara el aire de nuevo?” Durante el tiempo que Ale intento levantarse (a veces puede estar dando vueltas y vueltas más de una hora como un niño que no quiere ir a la escuela) pensé y trate de serenarme y meditar que no hay motivo por el cual yo no pueda seguir viajando en bicicleta. Me hablaba a mi misma y me decía que sabemos las razones por las cuales me descompuse antes de llegar a Potrerillos.

Terminamos de armar las bicicletas, desayunamos y comenzamos a pedalear. Estaba nublado y fresco. Algo que extrañamos mucho. No al abrigo sino a tener frío. Es que el clima caluroso de La Pampa, San Luis y sobretodo Mendoza (en las noches no se podía dormir a causa de los casi o más de 30 grados de temperatura) nos hicieron reconsiderar nuestro amor por las temperaturas por debajo de los 20 grados.

A los pocos kilómetros de haber salido de Los Andes nos cruzamos con un cicloturista. ¡El segundo que vemos en el viaje! Un señor de más de 50 años oriundo de Francia que estaba haciendo su primer viaje desde Córdoba (Argentina) hasta Ushuaia alternando rutas de Chile con argentinas.

El solo sabía hablar “un poco de inglés” aparte de su lengua materna, el francés. A mi me sucedía lo mismo. Días atrás, antes de salir de Mendoza, habíamos estado hablando vía Skype con mi mama y mi tía (que vive en Miami) y les decía que, cuando la escucho hablar en ingles le entiendo perfectamente pero que me cuesta mucho poder hablarlo. Hacer oraciones y pronunciarlas correctamente, para ser más exacta.

Pero ese día se ve que en mis sueños estuve en una clase de inglés y me puse a conversar con Jean y las palabras salían solas. Dudo que en la mejor pronunciación pero nos entendíamos y hasta pude explicarle que Ale venia con la rueda delantera frenada y debíamos repararla. El había tenido el problema antes de salir así que sabía como hacerlo y nos dio una mano.

Nos comentó que más adelante hay un túnel el cual está prohibido que los ciclistas lo crucemos. En verdad, está prohibido que las bicicletas circulen porque es una autopista pero ese es otro tema. También nos dijo que hay una camioneta que nos tiene que pasar pero que no sabe cómo y si realmente es así como le indicaron a él.

“Nosotros vamos muy lento” le dijimos así que él comenzó y quedamos en que nos esperaría en la entrada del túnel en caso de que no pueda cruzarlo para que entre los tres busquemos una alternativa.

A los pocos metros comenzó una subida. Sabíamos de su existencia porque las personas que se acercaron a nosotros estando en Los Andes nos habían dicho que teníamos una pendiente y después era todo bajada. Nunca nos imaginábamos que sería de más de 3 kilómetros y bastante empinada.

Empezamos pedaleando mientras veíamos como nuestro amigo se bajaba y comenzaba a caminar. Automáticamente mi cerebro, que parece ser un anti-esfuerzo físico número uno, me daba mensajes de que haga lo mismo pero yo le decía (me decía) que no podía porque Ale pensaría que me siento mal de nuevo y dudaría de seguir el viaje con una persona que no puede pedalear en una subida ni 100 metros. Festeje internamente cuando me dijo que era imposible seguir pedaleando y se bajo a empujarla. Yo me hice como que lo acompañaba pero en verdad venia deseándolo hacia rato.

Me dolían los brazos, no sabía en qué posición ponerme para seguir empujando cuando freno una camioneta delante de mí y se bajo un señor a decirme que faltaban 500 metros para el túnel pero que ya nos subiéramos así nos pasaba del otro lado y dejábamos de sufrir la interminable subida a la que se le sumaba un sol y un calor sofocante. Ale volvió unos metros y se puso a ver con el señor la mejor manera de llevar las bicis en la parte trasera de la camioneta.

El señor nos confirmó que nuestro amigo francés había cruzado un rato antes y que la ruta hacia Santiago seria todo en bajada. Efectivamente, del otro lado nos esperaría un gran descanso de piernas y de disfrutar el viento en la cara. Pero el viajar en auto te da la perspectiva de que todo es en bajada o que todo es en corta distancia porque luego la ruta fue más parecida a un electrocardiograma. Descansamos y almorzamos debajo de un puente. Queríamos que el sol y el calor nos dieran un poco de tregua pero estábamos en su horario principal: dos de la tarde.

Cuando nos bajamos de la autopista en la entrada de Santiago nos sentimos abrumados. Eran las seis de la tarde, hora en que la mayoría quería volver a su casa y nosotros ahí con el último aliento buscando como llegar a la casa de Gonzalo, quien nos recibiría en su casa.

Mientras mirábamos las instrucciones que nos iban llegando por mensaje de texto, se acercó un señor con la intención de ayudarnos. Cuando le contamos del viaje no podía salir de su asombro. “¿Desde Buenos Aires en bicicleta? ¿Hasta dónde? ¿Alaska? ¿Y con dos perros? Ustedes están muy locos”. Le dimos la dirección de nuestro anfitrión y saco rápidamente su celular para activar el GPS y guiarnos. Después de varios minutos nos comento que desde donde estábamos había más de 10 kilómetros por recorrer y un cerro por cruzar, obviamente subiéndolo. En ese momento me bajo la presión. Pedí que me sostengan la bici y me senté en el piso. El señor, que se llama José, inmediatamente le dijo a Ale que cargáramos las bicis en su camión y que él nos llevaría hasta allá como si fuera un taxi. Yo ya me sentía mejor y me había podido levantar pero no había forma de rechazar la propuesta de José.

Uno muchas veces cree que todo, o casi todo, está perdido en este mundo. Cuando contamos sobre la aventura que estamos haciendo siempre afloran los miedos y preguntas con respecto a la inseguridad y a la posibilidad de cruzarse con personas “malas” (o que no hacen las cosas bien). A partir de ese día tengo un nuevo ejemplo, de entre los cientos que vamos sumando día a día, para contar y asegurar que en el mundo hay más personas buenas, pero que lamentablemente siempre se recuerda y se tiene presente a las otras.

José no solo se acercó a ayudarnos a encontrar el camino para llegar a nuestro destino, porque nos vio caras de perdidos y/o preocupados seguramente, sino que se solidarizó con lo que me paso y sin dudarlo destinó parte de su tiempo (lo más valioso que una persona tiene porque no se recupera) y parte de su dinero, porque no quiso que le diéramos nada para costear el combustible, para que lleguemos sanos y salvos. Y como él, podría haberlo hecho cualquiera. ¿Saben que es lo que no me gusta de todo esto? Que en los noticieros no se lo reconoció, tampoco en los diarios ni periódicos. Ahí salen los que hacen las cosas mal para que creamos que todo está perdido y no es así. Como protagonista de estas historias amo escribir y contarle a todos lo que no se muestra en los medios de comunicación.

Cuando llegamos a la esquina de la casa de Gonzalo, nos estaba esperando con cara de asombro porque nos esperaba más tarde. Mientras acomodábamos las bicis y sacábamos las alforjas, le fuimos contando todo lo ocurrido en el día. Un sacrificio tras otro que tuvo enormes recompensas. Gon nos dijo que nos daba su departamento y el se iba al de su novia, María José. No salíamos del asombro. La noche anterior dormimos en carpa en un parque y 24 horas después estábamos en un somier tan grande que tenía que estirar la pierna para molestarlo a Ale.

Ya habíamos estado en Santiago durante casi un mes en mayo de 2013. Ya conocíamos las calles principales. A medida que pasaban las horas, también recordábamos las palabras que se usan junto a sus modismos, las costumbres, todo.

Gonzalo se había encargado de avisarles a todos en su edificio de nuestra visita. Terminábamos de saludar y ya nos decían: “ustedes son los argentinos que vienen viajando en bicicleta”. Es que si hay algo que no podemos disimular es de donde somos. Será nuestra forma de hablar (el tono que decimos no tener) o de caminar o de vestirnos o de todo eso que hacen que seamos forasteros en Chile, otra vez. ¡Pero no nos molesta para nada! Al contrario, amo pararme a hablar con cada persona. Creo que es una muy buena forma de conocer cada lugar, por su gente que es la que hace los lugares que habitan.

Paseamos por Santiago en bicicleta. Una de las cosas que aprendimos luego de nuestro cruce de la cordillera menos pensado, fue que cuando paramos por unos días en algún lugar es bueno seguir entrenando y moviéndonos para que los músculos no se endurezcan. El cuerpo tiene memoria tanto para recordar el ejercicio físico que uno hace o hizo hace años como para volverse una “lechuga” fácilmente.

En la ciudad hay varias ciclovías para recorrer. Algunas son más improvisadas y terminan pareciendo más una carrera de obstáculos pero es una forma completamente diferente de conocer un lugar.

 

EL SEÑOR DE LAS MONEDAS

Nuestros días en Santiago empezaron a tener un lindo atractivo para Ale: encontrarse monedas tiradas en el piso. Todos los días encontraba una o dos monedas. Ninguna de mayor valor, un peso, cinco pesos o hasta diez pesos. Pero iban sumando y las dejaba apartadas. Se puso como objetivo ver cuanto dinero llegaría a tener al finalizar nuestro viaje por Chile

 

REENCUENTRO

A Gonzalo lo conocimos en Ushuaia en enero de 2013. Desde ese momento, siempre estuvimos en contacto. Fue nuestro embajador cuando estuvimos un mes en Santiago y, como siempre dijo, lo fue en esta nueva visita a la capital de Chile.

Siempre atento a lo que podamos necesitar, compartimos charlas profundas sobre la vida y los viajes y hasta el último minuto nos ayudo. ¡Cómo olvidar las últimas horas en Santiago corriendo por una pata de apoyo para la bici que tendría las horas contadas!

Y como siempre pasa, el momento de despedirse sabiendo que por un buen tiempo es probable que no nos veamos, pero si comunicándonos gracias a la tecnología y redes sociales.

Al despedirnos de Santiago de Chile teníamos como objetivo llegar hasta las playas del Océano Pacifico. Sería la primera vez que conoceríamos otro que no fuera el Atlántico. Pero lo que aprendimos en estos meses es que el viaje no es el punto de llegada sino lo que sucede durante. Y nosotros no teníamos ni idea de lo que estábamos por vivir.

 

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