“¿Y qué hacen cuando llueve o hay tormenta?” es una pregunta típica que nos hacen. Y nosotros siempre respondíamos, más o menos, lo mismo: “no pedaleamos, nos refugiamos hasta que pare la lluvia”.

Pero eso era hasta el viernes 3 de julio. Ese día quedará marcado en mi memoria, física y mental. Más física que otra cosa. Ahora mismo estoy sentada al lado de una estufa pero tiemblo de solo recordar.

Aclaración:No hay fotos que ilustren esta historia de viaje. A medida que vayan avanzando en el relato, entenderán por qué. Pero, gracias a la locura de Ale, hay un vídeo en donde se muestra una parte de lo que intento describir.

Luego de un fin de semana de lluvia, dejamos Colonia para comenzar a pedalear el camino hacia Montevideo. No sabíamos muy bien cuánto podíamos tardar. ¿Tres, cinco o diez días? No dependía ciento por ciento de nosotros.

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El primer día llegamos a Juan Lacaze. Allí el grupo de Boy Scouts nos recibió con los brazos abiertos y alojaron en una de sus oficinas para dormir un poco más protegidos del frío.

Ese día, Ale volvió a desafiar a su suerte y logró que veamos el partido de Argentina – Paraguay acompañados por Mauricio y unos ricos y calentitos mates.

El segundo día llegamos a Ecilda Paullier. Susana y Horacio ya nos habían escrito invitándonos a pasar por su casa en nuestro camino a Montevideo.

El desayuno proteico y vegetariano que nos preparó Su fue muy prometedor: “¡Con esto tienen que hacer los 100 kilómetros que les quedan!” Y muy adentro nos reíamos porque, por más que haya sido una inyección de energía, estábamos saliendo pasadas las dos de la tarde. Solo quedaban cuatro horas de luz para poder pedalear.

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Uno de los peajes de la Ruta 1, el día antes de la tormenta…. ¡Miren qué lindo estaba el día!

Avanzamos 30 kilómetros y decidimos parar a pasar la noche al costado de la ruta. Lo peor de viajar en bicicleta en invierno no es cuando es de día y estás pedaleando, sino cuando te bajas y la temperatura empieza a descender rápidamente. Si no tenés la posibilidad de cambiarte la ropa, de seguro sentirás el frío por todo el cuerpo.

Mientras cenábamos íbamos planeando nuestra ruta. “¿Hacemos los 70 kilómetros de un tirón o en dos días?”. Por lo pronto, pusimos el despertador temprano. Íbamos a pedalear hasta donde llegáramos.

¡Para qué tantos planes si el camino nos sorprende todos los días!

Por primera vez, logré que Ale se levantara apenas lo llamé. Nos organizamos mejor que nunca para, por un lado desarmar y acomodar todo y, por el otro, ninguno de los dos quedarnos quietos y evitar sufrir el frío.

“¿Cuánto estará haciendo? ¿Cinco grados?” Mejor no pensar. La mente puede hacernos sentir más y congelarnos en cuestión de segundos si nos centramos en “tengo mucho frío”. A veces es mejor engañarnos recordando aquellos días en que el sol nos derretía en las rutas de La Pampa y San Luis.

A los 20 kilómetros ingresamos en la ciudad de Libertad a comprar alimentos. En la entrada un señor nos invitó a quedarnos en su casa. Eran las diez de la mañana y queríamos seguir. Le agradecimos y continuamos nuestro camino.

Los mojones iban descendiendo. Montevideo está en el kilómetro cero, así que nos iban dando un reporte de nuestro progreso. Por momentos nos sacaban una sonrisa pero también nos desesperaban.

Estábamos entre “¡Wow! Ya hicimos diez kilómetros”   o “¿Dos kilómetros nada más? ¿Estará bien señalizado?”

Ale me indica que miré hacia atrás. “Tenemos que seguir pedaleando, la tormenta nos está corriendo”. Al mismo tiempo me surgió la duda de cómo íbamos a hacer, dónde nos íbamos a refugiar. Nunca habíamos pedaleado con lluvia. A lo sumo unas pocas gotas una llovizna que molestó, pero nada más.

De pronto, fue como si algo iba disminuyendo la intensidad de la luz del día. Las nubes negras taparon el sol. Se empezó a respirar un aire frío. De ese que duele cuando inhalas y llega hasta los pulmones dando pequeños pinchazos en tu interior.

Empezaron a caer unas gotas. Muy finas. Casi imperceptibles si uno está quieto. Con Ale nos miramos y decidimos seguir. Confiábamos en que sería algo pasajero de las nubes corriendo hacia el sudeste del camino.

Poco a poco se sintieron más fuertes. Ya golpeaban de forma tal que hacían un gran ruido de nuestros rompe vientos.

A cinco kilómetros había una estación de servicios. Aprovecharíamos para refugiarnos y almorzar mientras esperábamos a que pase la tormenta.

Fue la distancia más larga que nos tocó pedalear. La llovizna se convirtió muy rápido en una lluvia cada vez más fuerte.

Los dos teníamos las capuchas y solo se nos podía ver los ojos achinados. Los pantalones y zapatillas estaban completamente empapados.

Seguíamos pedaleando y cada tanto nos veíamos a los ojos. Los casi nueve años de relación lograron crear un lenguaje de miradas.

Luchábamos interiormente contra la adrenalina. No queríamos que se nos vuelva en contra. La usaríamos a nuestro favor para pedalear a pesar de la fría tormenta.

Faltaban dos kilómetros para llegar a nuestro refugio y el viento se hizo presente haciendo que las gotas se conviertan en misiles que pegaban contra las partes que no teníamos cubiertas. Parte del rostro y de las manos.

Como si algo tuviera el control, más nos acercábamos más fuerte llovía. En la ruta se empezó a formar pequeñas lagunas que, gracias a los autos que pasaban a alta velocidad y cerca, se transformaban en baldazos que nos caían encima.

Las caras de los empleados no podían creer lo que estaban viendo. Y las bocas formaron grandes “O” cuando vieron asomarse a Pioja y Pumba.

Lo único que nos reconfortaba era que ellas no estaban pasando frío ni se estaban mojando. Salieron y miraban extrañadas el clima. No hace falta que hablen, las expresiones de sus caras mostraban asombro frente a la tormenta.

Aprovechamos a comunicarnos para avisar que estábamos bien a pesar de los hechos. Sabemos que no podemos transmitir angustia en nuestros mensajes.

A los lejos, se veía un cambio radical en el color del cielo. Un gris oscuro que se diluía hasta que abruptamente, cambiaba a un blanco que obligaba a entrecerrar los ojos.

“Ahí se termina la tormenta” dijo Ale mientras yo me reía internamente de mi nuevo pronosticador del tiempo.

Nos habremos tomado dos litros de mate cocido bien caliente y aun así, no fue suficiente para calentar nuestros cuerpos.

Los pies parecían rocas. Intentaba mover los dedos y nada, como si no reaccionaran o si se hubiera cortado la transmisión del cerebro hacia ellos.

Comimos y nos reíamos. “¿Cuándo fue la última vez que pasamos tanto frío?” Y el juego de la memoria nos ayudó a pasar el tiempo mientras esperábamos la franja blanca del cielo que prometía dejarnos avanzar.

Poco a poco la tormenta fue perdiendo intensidad hasta darnos la oportunidad de seguir avanzando.

“¿Y si se larga a llover de nuevo?”

“¿Y si no se larga a llover y nos quedamos acá maldiciendo no haber seguido?”

Era un buen argumento. El “por las dudas” no debería frenarnos.

Restaban 30 kilómetros de la Ruta 1, que nos dejaría en el centro de Montevideo. Mientras que para los empleados, esa distancia no debía demorarnos más de 20 minutos, nosotros sabíamos que era un trayecto largo el que teníamos por delante.

La tormenta no nos dio ni dos kilómetros de tregua. Parecía como si estuviera enojada por nuestra decisión de seguir y hacía que la sintiéramos cada vez más fuerte y, lo peor, más fría.

Los dedos de las manos se ponían rígidos y cada tanto tenía que simular frenar para darles movimientos y asegurarme que reaccionarían en caso de precisarlo.

Las bajadas ya no se disfrutaban de la misma manera. El dejar de pedalear significaba que disminuya el calor de las piernas y el pantalón congelado se aplastara contra nuestra piel haciendo que nos recorra un escalofrío interminable por todo el cuerpo.

Se sentía una lucha entre el calor que había dentro de las piernas y el frío que quería entrar y adueñarse de todo.

La rueda trasera de Ale nos jugó una mala pasada. Era la tercera vez, en tres días consecutivos, que se pinchaba. Faltaban cuatro kilómetros para la siguiente estación de servicio, así que seguimos frenando cada tanto para echarle aire.

Un rezo implorando un poco de piedad surgió efecto cuando, sin entender cómo, inflamos la rueda por tercera vez y empezó a salir como espuma blanca de su interior. Nos pareció algo extraño, pero más impresionante fue cuando llegamos a la estación de servicios y vimos que no se desinflaba (y al día de hoy sigue igual).

“¿Seguimos pedaleando?”

“Más mojados de lo que estamos, no podemos estar, así que sigamos.”

“Me siento una nena saltando en los charcos que dejó la lluvia.”

“Si no fuera por el frío y el viento lo disfrutaría un poco más.”

“Pensá que en unas horas vamos a darnos una ducha caliente y todo quedará atrás.”

Y esta última frase fue nuestro alimento para seguir.

Faltando cinco kilómetros para llegar al centro de la ciudad de Montevideo (después teníamos que pedalear unos ocho kilómetros más hasta la casa de Lore y Álvaro) dejó de llover.

La noche se apoderó de la escena cuando el reloj marcaba recién las seis de la tarde. Estábamos muy cansados. Una mala elección y la falta de energía hicieron que mi bici terminara en el piso de una esquina. Las personas que estaban cerca se asustaron de mi grito (o de mi puteada).

Pero llegamos. Empapados, con los pies congelados, las manos entumecidas. Pero llegamos. Lo logramos. Una nueva travesía, una nueva aventura que suma a nuestras historias de viajes que quedarán por siempre grabadas en nuestra memoria.

“¿Volverías a pedalear con lluvia?”

“Si, pero sin tanto frío.”

Así fue como “la lluvia con frío” desplazó al “viento en contra” del número uno de la lista de enemigos del que viaja en bicicleta.

 

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