El premio después de haber pedaleado con viento, lluvia y frío no fue llegar a Montevideo, sino haber sido recibido en la casa de Lore y Álvaro.

Con Lore nos conocíamos solo virtualmente. Cuando le comenté que cambiábamos de ruta y que recorreríamos la costa de Uruguay, lo primero que hizo fue dejarme en claro que éramos bienvenidos en su casa, los cuatro.

Ellos conviven con Dharma y Timur, dos hermosos gatos, cada uno con un carácter diferente. Nunca compartí mis días con felinos y fue una experiencia que me encantó. A los pocos días ya tenía mis charlas matutinas con Dharma y luego se unía Timur con sus ganas de mimos.

 Al principio nos daba miedo por cómo Pioja y Pumba podían reaccionar. Son bastantes ansiosas para querer acercarse a ver qué son y es sabido que eso no le gusta a los gatos.

De todas formas, la solución fue simple. Dividir la casa en dos. Aunque, los cuatro se las ingeniaban para ir a chusmear y provocar a los del otro bando.

Nunca nos imaginamos que la visita de unos días se iba a convertir en una larga estadía que incluyó una crisis de pareja en la que estuvimos separados hasta por el Río de la Plata.

A pesar del mal momento, pudimos compartir con Lore y Álvaro muchas charlas, muchas ricas comidas, aproveché para cocinar todo lo que no puedo hacer durante el viaje (en Instagram están algunas fotos de los platos con los que deleite a mi público) y no muchas rondas de mate como nos hubiera gustado.

Esto último tuvo dos motivos. Primero que usábamos yerba diferente y segundo, la verdadera raón, debo asumirlo, los dos somos pésimos cebadores. Yo me cuelgo entre mate y mate y Ale tiene el récord de lavarlo a la segunda vez que lo ceba.

Con Lore y Alvaro en Montevideo - Que memoria la mia y por las rutas del mundo
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Lo lindo es saber que se formó (o mejor dicho, se consolidó) una amistad.

Ya nos dimos por vencidos en cuanto a cumplir con la promesa de que cada vez que estemos varios días parados, salgamos a entrenar igual. No lo vamos a hacer y eso es como nuestra marca registrada.

Hace más de un mes dejamos atrás la capital de Uruguay y tenemos un montón de pequeñas historias y grandes anécdotas para contar y compartir. Así que, empecemos.

 

Volver a empezar

Decidimos salir de Montevideo por la rambla, bordeando el Río de la Plata. Nada más lindo que ir pedaleando mientras te acompañan las olas y el sonido del agua.

Por momentos un poco peligroso porque me pasaba un buen rato viendo el río y hubo pozos que no llegué a esquivar a tiempo.

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Luego de almorzar en la rambla de Montevideo, seguimos camino.

Ale no puede con su genio…

A los 20 kilómetros encontramos un lugar que nos gustó para pasar la noche. Pero todavía era temprano y quisimos creer que más adelante habría otro igual.

De los errores se aprende y, de todas formas, el lugar que encontramos no estaba tan mal. A diferencia del primero, tuvimos que arrastrar las bicicletas por médanos unos 100 metros, haciendo una fuerza increíble para que las ruedas no se entierren en la arena.

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No estaba tan mal este hotel de mil estrellas y con vista al Río de La Plata. ¿No?  😉 

Cuando íbamos por la mitad, Ale advierte que la arena estaba llena de pinches. Ya está, las cinco ruedas estaban repletas de esas espinas secas que amenazaban a dejarnos completamente desinflados.

Con el nuevo aire de “todo problema tiene solución” seguimos avanzando y dejar para el otro día lo que tenga que suceder. Por suerte, eran chicas y no llegaron a las cámaras.

 

Un final diferente al “feliz”

Al otro día pedaleamos tan solo 8 kilómetros y encontramos un bosque del cual nos enamoramos. Primero dijimos de almorzar y después, dejamos de lado eso de “pero hicimos pocos kilómetros” y nos pusimos a armar la carpa para pasar, al menos, una noche.
Estábamos muy bien instalados. Ale hasta había puesto en práctica una forma de prender fuego haciendo dos pozos en la arena, evitando que el viento complique la situación (vean el vídeo donde lo explica bien).

 

Pusimos agua para tomar mate. Todo parecía de un cuento de hadas hasta que levanté la vista y vi dos oficiales de la policía acercarse hacia donde estábamos nosotros.

No hubo forma de explicar que era solo por una noche. Ese lugar es privado (por más que no haya carteles ni alambrado). Faltaba una hora para que el sol nos abandone y tuvimos que, en tiempo record, levantar –literalmente– campamento y salir a buscar otro lugar para pasar la noche.

 

Una prueba mortal

Armamos la carpa tan rápido como nos dieron los brazos. En el ambiente se percibía que una tormenta estaba por desatarse. Pero nunca nos imaginamos que iba a caer tanta cantidad de agua en tan poco tiempo.

No pudimos dormir tranquilos. Si bien Ale había hecho una zanja alrededor y el sobre techo de la carpa estaba bien, además del ruido ensordecedor, había muchos rayos y relámpagos.

“Cuando hay tormenta eléctrica no recomiendan acampar debajo de árboles.”

Fue la frase que nos repetimos una y otra vez. Poco pudimos dormir esa noche. Cuando el sueño nos ganaba, algún trueno hacía temblar la tierra y nos despertaba.

Después de tres días de estar encerrada en la carpa, ésta es mi mejor cara.  😀 

Siempre que llovió, paró.
Si, y nos encontramos con la rueda trasera de Ale pinchada.  😐 

¿Qué hicieron Pioja y Pumba los tres días? ¡Dormir!  😆 

A la mañana, hubo unos minutos en los que solo lloviznaba y aprovechábamos para salir y cocinar o calentar agua. Pero el mejor refugio era dentro.

Así estuvimos un total de tres días. Si, tres largos y lluviosos días.

 El sábado, cuando dejó de llover y el clima prometía una tregua por unas horas, nos apuramos a desarmar todo y seguir camino.

Sin dudas, si no nos matamos en esas 72 horas es porque nos queremos y podemos seguir viajando juntos. 😆 

 

Como en casa

Álvaro les había comentado a sus padres que íbamos a pasar por donde viven. Touky y Miguel aceptaron recibirnos y dejarnos acampar en su bosquecito de Atlántida. Desde el primer momento sentimos calidez en su trato.

Pioja y Pumba tuvieron una tarea difícil porque Lola, la compañera de cuatro patas de la casa, no estaba muy dispuesta a compartir su territorio y la atención de Touky y Miguel.

en Atlantida Uruguay
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Fueron días de sentirnos como en casa. Charlas por la mañana, tarde y noche. Conocer historias de Hungría, Holanda, Estados Unidos, Uruguay y Argentina.

Estando en Atlántida pudimos resolver el gran problema que nos demoró en Montevideo (además de habernos separado).

Después de un mes, recibíamos las cubiertas que compramos para cambiar las otras dos que teníamos desde que compramos las bicis y que querían retirarse (las otras dos nos las regalaron cuando estuvimos en Gualeguaychú).

La despedida fue difícil. Creo que todos estábamos deseando que se termine de cumplir, de una buena vez por todas, el pronóstico que amenazaba con una gran tormenta (así nos podíamos quedarnos un día más).
Es la parte más dura de viajar y conectarse tan asombrosamente rápido con las personas con las que nos cruzamos en el camino.

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El águila de piedra observa la costa.
Es uno de los principales atractivos turísticos del balneario Villa Argentina, que se encuentra a dos kilómetros de Atlántida.

Otra vez la lluvia y el viento

El viento no nos dio tregua hasta no llegar a la ruta interbalnearia. Luego de varios kilómetros, una llovizna nos obligó a detenernos. Si bien nos parecía un poco tempano, almorzamos al costado de una estación de servicios hasta que dejó de caer agua del cielo.

Una vez que pasamos el peaje, otra vez las nubes empezaron a gotear. Faltaban 20 kilómetros y la cortina de agua era finita y débil. Pero a medida que avanzamos, se iba a poniendo cada vez peor.

Llegamos a Piriapolis cuando el gris del ambiente se tornaba más oscuro a cada minuto. Nuevamente, los bomberos nos recibieron con los brazos abiertos.

El servicio meteorológico no se equivocó y una fuerte tormenta azotó durante más de 24 horas, tanto Uruguay como parte de Argentina. Fue muy triste ver en los noticieros grandes pueblos y ciudades inundados.

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El tercer día, los chistes sobre nuestra estadía eran moneda corriente. “Ya pueden ser bomberos”, “la próxima guardia es de ustedes”. Es muy lindo cuando nos hacen sentir parte de esa gran familia de héroes solidarios.

El sol no salió, pero tampoco llovía. A pesar de que nos aseguraron que no habría problema que nos quedemos un día más para asegurarnos que la tormenta ya había pasado, decidimos seguir viaje.

[CONTINUARÁ…]

 

Esta entrada es la segunda de la triología de “Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay”.

Para leer la segunda parte: Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay (2)

Para leer la tercera y última parte: Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay (3)

 

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