Un gran recibimiento

Salimos de la Laguna Garzón y nos estaba esperando una ruta con varios obstáculos. Charcos de agua y barro de lado a lado. Subidas muy empinadas y los pedales de Ale que no paraban de hacer un ruido de que algo estaba roto.

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Dos veces nos avisaron que estaban a punto de dejarnos sin la posibilidad de avanzar.

Hicimos promesas al aire con tal de que podamos llegar hasta Rocha. No faltaba tanto, o con ese inconveniente, estábamos bastante lejos y en una ruta interna donde el tráfico era casi nulo.

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Al llegar a la Ruta 9 nos comunicamos con Edu. Desde nuestra entrada a Uruguay que nos mandábamos mensajes para buscar un punto en el mapa dónde pudiéramos encontrarnos y compartir unos días.

El también viaja en bicicleta junto a su compañero de cuatro patas, Kara, una perra que adoptó cuando viajó por Brasil.

Tres humanos, tres perras y tres bicicletas con muchos kilómetros recorridos…
¡Qué gran encuentro!  😀 

La entrada a Puerto de Botes fue ese punto en el mapa. Nos comentó que el estaba en una casa de verano en La Riviera de un matrimonio que lo cruzó en Rocha y que si íbamos a presentarnos y preguntar si nosotros también nos podíamos quedar, de seguro no habría problema.

El recibimiento de Chacho y Mita fue sorprendente. Sin conocernos ya nos adoptaron como parte de su familia y nos abrieron las puertas de su casa.

Tanta charla en Rocha hizo que tengamos que pedalear los ocho kilómetros que hay hasta La Riviera cuando el sol ya se había escondido. La primera vez que pedaleamos de noche y en una ruta sin luces. Era una noche tan cerrada y oscura donde lo único que nos iluminaba eran las luces de las bicis y, con suerte, veíamos a un metro de distancia. 

Ahora entiendo por qué no es recomendable que se viaje de noche. Es peligroso no poder ir prestando atención a la ruta porque los ojos se desvían a apreciar las mil estrellas que nos regala el cielo.

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Postal de La Riviera. El próximo viaje lo quiero hacer en un bote-casa de esos.

Sorpresas y más sorpresas

Luego de compartir y convivir tres días con Edu y Kara, sentíamos que era momento de seguir camino.

Salimos de La Riviera. Un viento en contra nos avisaba que íbamos a tardar más de lo planeado en llegar a la casa de Chacho y Mita para despedirnos.

Refugiados en una parada de colectivo escuchamos el inconfundible “toc toc” sobre los árboles. Regalo de la ruta fue poder desviar nuestro mal momento a disfrutar de la naturaleza.

A mitad de camino, Ale no pudo seguir. Los pedales estaban completamente trabados y haciendo un ruido infernal. No contento con esa situación, se largó a llover. Lo cual no estaba pronosticado.

¿Hace falta que describa el humor de Ale de ese momento?

Cuando dejó de llover, empezamos a caminar hacia Rocha. Preguntamos para ir a una bicicletería pero las situaciones adversas se sumaban porque, al ser mediodía, la mayoría de los negocios ya estaban cerrados y no había muchas personas en el centro.

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Teresa trabaja en la farmacia de la esquina donde paramos unos minutos mientras ordenábamos las ideas.
Apareció en el momento justo cuando estábamos más decaídos y nos hizo dar cuenta que nunca estamos solos.

Estábamos frente al local que nos habían recomendado. Sali con mala cara, contándole a Ale que ya no reparaban bicis. Cuando los nervios nos estaban superando, apareció Mita.

Nos estaba buscando. Le contamos rápidamente lo que nos sucedió y ella no dudó en ayudarnos. Dejamos las bicis en la casa de su hermana, que quedaba justo a la vuelta del otro local donde reparan bicicletas y de ahí caminando hasta su casa.

Chacho se asustó al vernos sin las bicis pero cuando Mita le explicó que tenía todo arreglado, se quedó más tranquilo. Los dos, lo primero que nos dijeron fue: “Chicos, no se preocupen que aquí estamos para ayudarlos en todo.”

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Del lado izquierdo, lo que debería haber en la caja de los pedales de la bici y del lado derecho, lo que había en la bici de Ale. ¡Suerte que frenamos a tiempo! 

A la tarde fuimos a buscar las bicicletas y llevar la de Ale a la bicicletería. Justo cuando estábamos afuera, se larga a llover. Por un momento, estuvimos a punto de demostrar lo que es un ataque de furia, pero recordé que una vez me dijeron que la lluvia es buen augurio y traté de relajarme.

Al rato Ale me muestra qué es lo que tenía roto o, directamente, ya no existía. Volvió a entrar al local y salió a los minutos con una sonrisa enorme, justo cuando dejó de llover y el sol se asomaba. Ruben y Melo no nos cobraron la mano de obra, solo los materiales.

Con Melo y Rubén que nos dieron una mano inmensa para poder seguir viajando.

Llegamos a la casa de Chacho y Mita que nos esperaban con la noticia de que nos preparaban una habitación que tienen atrás de su casa para que nos quedemos esa noche.

Al final, la estadía fueron tres días… lo que duró la larga tormenta de lluvia y viento. El lunes, a pesar de las lágrimas, volvimos a las rutas.

Uno se emociona y se le llena el alma con estas actitudes de personas que sin conocerte, se brindan desinteresadamente a ayudarte.

Con Mita y Chacho, eternamente agradecidos con su solidaridad.

A veces uno piensa que viajando va a estar solo, pero yo puedo decir que desde que salí a viajar, he conocido y me he sentido parte de muchas familias. Siento que dejo un parte de mi en cada hogar que me reciben y con quienes entablo una relación.

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En el Faro de Santa Marta, en La Paloma. En uno de esos días que daba gusto pedalear al calor del solcito y con el cielo bien celeste.

Con el corazón en la boca

Estábamos a menos de un kilómetro de la salida de La Pedrera. No conseguimos donde poder acampar en el pueblo, la misma suerte tuvimos en La Paloma, así que nuestra visita fue corta.

Armamos la carpa en un bosque de eucaliptus jóvenes que se movían con el viento. Por momentos los miraba y les pedía que por favor no se quiebren arriba nuestro.

cartel a la salida de la pedrera - por las rutas del mundo en uruguay
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En la entrada a La Pedrera encontramos este cartel que lleva el mismo mensaje que la pantalla de bienvenida de nuestro celular.

A la madrugada Pioja nos despertó con alaridos de dolor. No pudimos dormir bien. A la mañana, una tormenta no nos permitió ni salir de la carpa para calentar agua para el mate.

Pioja no quería comer. Era obvio que algo que había comido, a escondidas nuestras, no le cayó bien. Ya la conocemos lo suficiente. Pero nos preocupamos cuando empezó a vomitar hasta el agua que tomaba.

Al otro día, al observar que Pioja no mejoraba, rápidamente desarmamos todo y nos fuimos hacia la veterinaria de La Paloma.

El viento soplaba hacia el norte. Viento a favor. Pero no, teníamos que volver unos kilómetros hacia el sur. Ráfagas de 40km/h nos hicieron más difícil la ruta. Todo sea por Pioja.

El veterinario nos dejó respirar cuando confirmó que no era envenenamiento ni que el estómago se dio vuelta, como nosotros temíamos. 

Nos pusimos a repasar los días anteriores y recordamos que Pioja estuvo jugando con esos “huevitos con agua” que encontró en la playa. Ese fue el problema, el agua que contienen es salada y le produjo una gastritis grave.

El pronóstico era bueno y la primera noche con tratamiento la pasó bien, así que sabíamos que podíamos seguir viaje.

 

El mundo es un pañuelo, confirmado

La noche anterior a llegar a Barra de Valizas, dormimos al costado de la ruta. Luego de una tarde con mucho viento cruzado, encontramos un lugar para descansar sin ser vistos ni molestados.

Cuando llegamos al pueblo, fuimos a la comisaría. Solo teníamos el nombre de quien nos recibiría pero no sabíamos donde quedaba su casa ni habíamos logrado ponernos en contacto.

Hay mucho prejuicio con respecto a la policía. Pero, como suelo suceder, siempre tengo una anécdota que echa por tierra las generalizaciones que se hacen.

Le comenté nuestra situación al oficial que estaba de guardia y, muy amablemente, se ofreció a llamar a Leticia desde el teléfono de la comisaría. Él mismo se puso nervioso cuando no había respuesta del otro lado.

Pero cuando ya nos habíamos dado por vencidos, luego de tres intentos, salió corriendo para decirnos que volvamos, que había insistido y logró comunicarse.

Leticia estaba en Punta del Diablo, pero nos estaba esperando, así que me indicó cómo llegar a la casa de Romina, su vecina, quien nos ayudaría a encontrar la casa de ella.

¿Se nota que Pioja y Pumba descansaron bien?  🙂 

Nos emocionados con esto de cocinar a leña y siempre buscamos la forma de hacerlo.

Estábamos muy asombrados. Tantas personas que nos hablan de la inseguridad y ella, sin conocernos personalmente, nos dejaba entrar a su casa cuando no se encontraba presente. Otro prejuicio derribado en el mismo día.

Pasamos dos días descansando entre los médanos, literalmente.

Como serán las casualidades (¿existen?) que Romina había recibido, días atrás, a Alejo, el colombiano con quien compartimos los primeros días de nuestro viaje por Uruguay.

 

Últimos 100 kilómetros del Uruguay

Nos emocionamos cuando nos dimos cuenta que estábamos a menos de 100 kilómetros de la frontera con Brasil.

Por un lado, ansiosos por el nuevo país y, por el otro, empezamos a reflexionar sobre estos tres meses de viaje por Uruguay.

Salimos de Barra de Valizas después del mediodía. Por delante, hasta Castillos, teníamos poco más de 20 kilómetros. Lo que no tuvimos en cuenta fueron las grandes subidas que tuvimos que afrontar.

 

En Castillos pudimos armar la carpa en el patio de los Bomberos gracias a la complicidad del turno noche. La única condición que a la mañana siguiente debíamos irnos antes de las siete de la mañana. Reconocemos que fue difícil por el frío y la falta de costumbre de levantarnos a esa hora.

Luego de un desayuno en la plaza principal, acompañada por las charlas del Bilardo Uruguayo, seguimos camino.

Tras 43 kilómetros de puro viento del estilo remolino (a veces a favor, otras en contra y muchas de costado) llegamos a Punta del Diablo.

¿Qué hacemos cuando tengamos que estar encerrados en la carpa por las inclemencias del clima? ¡Jugamos al truco!  🙂 

Pedro no se sorprendió cuando le dijimos que Alejo nos había dicho cómo llegar a su casa.

El viento congelado nos obligó a estar dentro de la carpa buscando la forma de no morir de frío. A la mañana siguiente, las nubes negras taparon el sol y las playas parecían muy nostálgicas. Nos tomamos otro día de descanso.

Cosas insólitas que se encuentran en la ruta.

El último paso

Llegamos al cruce donde se divide la ruta. La de la derecha, te lleva hasta el balneario Barra de Chuy y siguiendo derecho, a la ciudad de Chuy.

Paramos a tomar agua y respirar hondo. Ya está, ya nos estamos despidiendo de Uruguay y empezando a palpitar un nuevo país: Brasil.

Una camioneta frenó de la mano de en frente y un señor se acercó hasta donde estábamos. Cecilio, así se presentó, nos felicitó por el viaje y nos invitó a su casa, en Barra del Chuy.

La mayoría debe estar pensando qué raro que suceda que un completo desconocido invite a otro completamente desconocido, en este caso a dos y dos perros, a dormir a su casa. Pero así es, ocurre más a menudo de lo que crees.

Tuvimos que agradecerle y rechazar la oferta. Ya había otro, hasta ese momento, desconocido esperándonos en su casa del Chuy: Hector.

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Él se comunicó a través de Facebook con nosotros y ofreció su casa para que pasemos unos días descansando y programando la ruta hacia Brasil.

Pero detrás de la invitación había un gran motivo: el empujón anímico para que se anime a dar el primer paso y perseguir su sueño de viajar. Y por supuesto, que los días que compartimos con él, de lo único que se hablaba era de VIAJES y SUEÑOS.

Lo que divide la ciudad uruguaya de Chuy de la ciudad brasilera Chui es la Avenida Brasil.

En Chuy también nos encontramos con Leo, Paula y Laia. En verdad Leo nos encontró a nosotros mientras caminábamos los primeros días por la Avenida Brasil. Nos reconoció por Pioja y Pumba porque andábamos sin las bicicletas.

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Compartimos varias charlas y mates, hablando y conociendo del Uruguay. Por eso nos encanta bajarnos de la bici y sentarnos a conversar con las personas de los pueblos y ciudades. Porque creemos que es la mejor forma de conocer los lugares, a traves de quienes viven allí.

 

Pensamientos y reflexiones 

La primera conclusión a la que llegamos es que el invierno es una estación muy dura para viajar por estos lados. No solo por el frío, sino porque en parte las tormentas fueron las que muchas veces definieron nuestra ruta.

Hubo un montón de lugares que sabemos que, con otro clima, hubieran sido diferente. Pero no nos podemos quejar. Si bien el clima no nos ayudó demasiado, las personas fueron lo que hicieron posible que disfrutáramos el viaje, incluso en los momentos más difíciles.

Muchos comentan que en verano el paisaje es mucho más lindo. Seguramente tengan razón, pero cuando es temporada alta, todos los pueblos y ciudades se revolucionan. Así que, hubiéramos disfrutado del paisaje pero no de las personas.

Y si bien viajamos para recorrer y conocer, todo debe estar en equilibrio.

Nos quedamos con ganas de recorrer el interior de Uruguay. Anotamos todas las recomendaciones que nos fueron haciendo durante el viaje.

Pero ahora toca cerrar este último capítulo de pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay.

 

Esta entrada es la tercera de la triología de “Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay”.

Para leer la primera parte: Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay (1)

Para leer la segunda parte: Pequeñas historias y grandes anécdotas del Uruguay (2)

 

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