Teníamos dos opciones: o ir por la Ruta 5, mas conocida como Ruta Panamericana, o ir por la Ruta del Mar. Decidimos por la segunda porque el viajar pedaleando con el mar al costado nos parecía mas tentador.

Luego de una semana disfrutando de Viña del Mar y Valparaíso (necesitamos varias semanas más para recorrer esta última), estábamos en la ruta otra vez. Cerca están las playas de Reñaca y Concón.  No sabíamos bien qué íbamos a hacer. Por un lado queríamos seguir avanzando y, por el otro, deseamos dejar que suceda lo que tiene que suceder.

Al llegar a la playa de Reñaca, Ale escuchó una voz interior que le aconsejo preguntar a un artesano por cual  valor podríamos vender unas piedras que traíamos desde Buenos Aires. Nosotros estuvimos admirando los cuarzos que él tenía en su puesto y el quedó encantado con las calcitas que le mostramos, tanto que quiso comprarlas para su colección.

Paisaje de la Ruta del Mar saliendo de Reñaca.

 

Luego del golpe de suerte, buscamos un poco de sombra y nos sentamos a almorzar. Teníamos una ventana natural que nos permitía comer mirando, oliendo y sintiendo el Océano Pacifico. ¡Qué afortunados que somos!

Miramos el reloj. ¿En cuánto llegamos a Concón? Eran solo 10 kilómetros. Pero saliendo de Reñaca nos encontramos con un paisaje único. Desde lejos se apreciaba una colonia de lobos marinos. En la playa había pelicanos. ¡Pelicanos! ¡Es la primera vez que vemos estas aves! Y las gaviotas. ¡Mira cómo se pelean para comer! Silencio para poder guardar en nuestra memoria ese espectáculo.

Seguimos camino hasta Concón. Estábamos disfrutando de la Ruta del Mar porque éste nos acompañaba y refrescaba. Durante el trayecto no solo veíamos el paisaje, también lo sentíamos. Podíamos cerrar los ojos y sabíamos a cuanto estábamos de las aguas heladas del Pacífico.

Faltaban unos minutos para las cuatro de la tarde. Nos parecía muy temprano como para dejar de pedalear y buscar donde dormir. “¿Qué hacemos?”. Ale sacó el mapa y me mostró que si seguíamos 22 kilómetros más, llegaríamos a Quinteros.

Íbamos hablando sobre el por qué todavía no habíamos dormido al costado de la ruta. Desde aquella vez en Mendoza, donde teníamos más de 100 kilómetros entre una ciudad y otra, nunca habíamos tenido la oportunidad. Incluso cuando estuvimos en Los Andes acampamos pidiendo permiso en un parque.

Veníamos poniendo todas nuestras fuerzas en una subida cuando dejamos de pedalear para saludar a unos cicloviajeros que venían en dirección opuesta. Hacía mucho que no nos cruzábamos con alguien que estuviera viajando en bicicleta y,  por la forma en que frenaron ellos, les pasaba lo mismo.

Cruzaron y se presentaron. Pauline y Paul, dos franceses que desde octubre del año pasado están viajando desde Perú. Nos reíamos porque ellos creían que eran los ciclistas más lentos y ya llevan más de 4000 kilómetros pedaleados. Nosotros en el mismo tiempo ni la mitad.

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Selfie de los cuatro con el celular
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Ellos dicen que viajan lento porque van muy cargados. Todavía nos seguimos riendo.

 

Como siempre sucede, el solo hecho de estar haciendo lo mismo (viajar en bicicleta) nos conecta con el otro de una forma diferente. Nos vemos, nos saludamos y compartimos un buen momento como si la relación fuera de hace años.

Y si uno a veces se asombra de las sorpresas del camino, imaginen nuestra cara cuando los franceses nos dijeron que ellos estaban buscando un lugar donde acampar antes de llegar a la próxima ciudad porque les encanta “dormir en el medio de la nada” (aunque no es tan así pero espero que se entienda lo que quiere decir).

La charla se extendió por muchos minutos porque nosotros no parábamos de preguntarles sobre el camino que habían hecho desde el norte y ellos lo mismo porque una vez que llegaran a Santiago cruzarían para Argentina e irían hacia Buenos Aires.

 

 

NO ES SOLO EL SEÑOR DE LAS MONEDAS

 

Si en algún momento creíamos que Chile tendría rutas planas o llanas estábamos completamente equivocados. Subir, bajar, caminar, empujar, bajar, subir. Las veces que pedaleamos es para tomar velocidad en una bajada y que con el envión podamos ganarle algunos metros a las subidas.

Pero el hecho de tener que bajarnos de la bicicleta y empujarla no siempre es algo por lo cual protestar, al contrario.

Levanté la cabeza y lo vi a Ale que me llamaba para que lo alcanzara lo más rápido posible. Pensando que algo le había pasado a las perras y con el último suspiro, me acerque casi corriendo.

Cuando llego me señala el suelo. No lo podía creer. ¡Se encontró un billete de $1000 (casi dos dólares) tirados en la ruta!

Estaba contento por partida doble: por el hallazgo y por haberme superado en la cantidad de dinero encontrado hasta ese día.

 

 

QUINTEROS

 

No contento con haber encontrado $1000, en la entrada de Quinteros levantó una pelota anti-stress. Para mí, la primera que la vio fue Pioja así que debería ser para ella. Pero no, se la guardo para cuando la necesite (si, los viajeros también podemos sufrir de estrés).

Mientras disfrutábamos y descansábamos las piernas volviendo a estar sobre el nivel del mar, dudábamos de preguntar o no en el cuartel de Bomberos. Pero no teníamos otra opción. Cuando estuvimos en Casablanca, los bomberos nos dieron el número de teléfono directo de la central para que se comuniquen y pidan nuestras referencias y así tener más posibilidades que nos reciban en otros cuarteles.

Las paredes de las ciudades hablan y a nosotros nos encanta.

Me acerqué a un grupo que estaba en la puerta y conté sobre nuestro viaje y la posibilidad de armar nuestra carpa en el patio del cuartel. Me pidieron que esperara y uno de ellos ingresó a hablar con un superior.

Cuando me confirmo que no habría problema, entramos al cuartel. Nos mostraron donde podríamos armar la carpa mientras hablábamos y respondíamos sus preguntas. Después nos permitieron bañarnos e invitaron a tomar la once con ellos.

En una mesa larga nos sentamos y seguimos charlando. Luego de dos horas de reírnos sin parar nos dijeron que había una habitación con camas y baño para que durmiéramos mejor y más cómodos.

Disfrutamos de pedalear con el mar acompañándonos. Vendimos sin querer. Nos cruzamos con unos cicloviajeros que nos dieron muchos consejos. Ale se encontró $1000. Por ese mismo monto conseguimos una oferta de casi un kilo de paltas. Nos recibieron en el cuartel de bomberos con cuarto y baño privado. Todo en menos de 24 horas. Fue uno de esos días que no nos alcanzaron las mil expresiones de asombro que podemos hacer.

 

 

MAITENCILLO

 

Pese a que a las nueve estábamos listos, no fue hasta pasadas las doce del mediodía que salimos de Quinteros. Es que se nos hace difícil dejar de hablar con las personas. Creo que en ese caso deberíamos plantearnos el quedarnos un día más.

De todas formas, no estábamos lejos del próximo destino: Maitencillo. Llegamos poco después de las cinco de las tarde y nos relajamos en la playa. Era un día de mucho calor o nosotros estábamos exhaustos o las dos cosas.

Queríamos enfriar las piernas en el mar pero no llevábamos trajes de baños. Hasta que recordé que teníamos puestas las calzas de ciclistas, esas que no nos gusta que se nos vea porque nos da vergüenza, así que decidimos darles una segunda utilidad y meternos al mar. Aunque no fue en su totalidad, hasta los muslos nos aguantamos. ¡Qué helada que es el agua del Pacifico!

Cuando ya estaba refrescando empezamos a buscar el cuartel de bomberos ya que en Quintero nos habían recomendado que fuéramos allí.

Nos asustamos un poco porque a las primeras personas que les preguntamos nos respondieron que en el pueblo no hay cuartel hasta que dimos con alguien que nos supo guiar. “Suben la calle y ahí está”. Ese “suben” debería haber sido un “escalan”. Hay veces que me imagino escalando el Aconcagua más que subiendo un cerro o una cuesta.

Al llegar nos encontramos con Jorge que fue quien se encargo de preguntarle a los superiores si podíamos quedarnos por esa noche. Él es argentino pero hace más de 26 años que vive en Chile. Nos contó que el cuartel se está construyendo hace un año a pulmón, sobre el por qué se fue de Argentina y como él ve al país que eligió para vivir. Esta bueno no solo conocer la historia de parte de los que nacieron en Chile sino de alguien que vino de afuera y que decidió formar su familia y quedarse.

Al otro día nos levantamos y salimos a la ruta con destino Papudo. Pero ya deberíamos estar acostumbrados a que hay una pequeña, y enorme, diferencia entre lo que nosotros proponemos y lo que la ruta nos tiene preparado.

 

 

ENTRE REFLEXIONES FUTBOLERAS Y UN EMPUJÓN ANÍMICO

 

Ya sé, van a pensar y reclamarme que no paro de quejarme de las subidas. Es que cuando creo que ya no puede haber algo peor, alguna ruta chilena nos sorprende.

Déjenme que les diga que al salir de Maintencillo creí que iba a ponerme a llorar y esperar que algo mágicamente haga que el camino deje de ser en subida o me tele transporte.

Pero despacio, paso a paso, como decía un director técnico del futbol argentino, logré llegar al final de la cuesta. Mientras descendía, pensaba en que ya había pasado, ya esta, la pendiente quedo atrás y yo sigo hacia adelante (o mejor dicho hacia abajo en ese momento).

Ahí empecé a reflexionar sobre que las cuestas siempre van a estar en las rutas, ya sea de Chile, del resto de América o de otro continente. Pero son momentos y todo pasa, incluso el cansancio y el dolor por el esfuerzo físico. Eso se termina, se esfuma cuando ocurren hechos que te llenan el alma y el corazón. Como los que paso a relatar.

Adelante nuestro vemos una camioneta estacionada en una parada de colectivo y un señor que nos hace señas para que frenemos. Con una enorme sonrisa en su rostro, lo primero que hizo Julio fue felicitarnos por el viaje que estamos haciendo.

Nos conto que él tuvo la suerte de tomar un café con una pareja que estaba viajando en bicicleta desde Estados Unidos hasta Ushuaia pero que lamentablemente perdió el papel con los datos de ellos para poder estar comunicado.

Si hay una frase que me hace estrujar el corazón es la de una persona mayor diciéndome que si pudiese volver el tiempo atrás, erigiría vivir lo que soñó y no lo que hizo. Eso hace que me dé cuenta que somos afortunados al habernos decidido a cumplir nuestros sueños (lo pongo en plural porque el viaje es uno, el que yo escriba es otro y hay unos cinco más dando vueltas por ahí).

Nos pidió que le mostremos las artesanías porque quería ayudarnos a seguir viajando. ¿Cómo hago para decirle que minutos atrás estaba a punto de dejar todo por una subida? Ya sé, la próxima vez, el próximo obstáculo, tengo que recordar cada uno de los granitos de arena que nos ayudaron y nos siguen ayudando.

 

 

 

¿PODEMOS TENER MÁS SUERTE? SI.

 

Seguían las subidas pero en nuestros rostros ya no había lugar para otra mueca que no sea una sonrisa. Paramos a la mitad y nos apoyamos contra el guarda rail. Nos miramos y empezamos a recordar todo lo vivido hasta ese momento para no pensar en que debíamos estar haciendo la quinta cumbre en el Aconcagua (¡qué exagerados estos chicos!).

Un “hola” a los gritos desde el otro lado de la ruta nos interrumpió. Venía un chico de nuestra edad hacia nosotros. Se presentó como Matías y nos conto que el año pasado el hizo un viaje en bicicleta desde Santiago de Chile hasta Rio Negro en Argentina.

Nos pusimos hablar de los viajes durante unos minutos hasta que nos dijo “chicos, vengan a mi casa, queda acá en Zapallar, en el viaje a mi me ayudaron muchísimo y quiero devolver eso ayudándolos a ustedes, aparte no pueden pasar por Zapallar y no entrar a conocer”.

Debemos reconocer que sus palabras no nos dejaron otra alternativa. Ese día no llegaríamos a Papudo pero conoceríamos a Matías, a su madre y esa magia que te regala el camino, sobre todo después de mucho sacrificio. Tal es así, que empiezo a creer y rezar la frase: “Cuanto más sacrificio tenga en el camino, mayor será la recompensa después”.

Matías nos llevó a recorrer y conocer el balneario y la bahía. Fuimos en la hora del atardecer, así que disfrutamos del paisaje que se crea mientras el sol se va escondiendo detrás del mar.

Esa noche nos fuimos a dormir con una alegría inmensa por todo lo vivido y por mucho que procesar. A veces es difícil entender las cosas “mágicas” que nos ocurren. Dudamos. “¿En verdad nos está pasando o es todo un sueño?”. Por momentos ni yo puedo creerlo. Es como verme desde afuera y pensar: “No, mentira… no les puede estar pasando eso”. Pero si, doy fe que el camino nos sorprende minuto a minuto, kilómetro a kilómetro.

Al otro día no queríamos asegurar que llegaríamos a Papudo porque ya entendimos que no es decisión nuestra exclusivamente y luego de tanta sorpresas que nos dió la Ruta del Mar hasta nos parecía el mejor plan dejarlo en manos del destino o del camino (o ambos).

 

 

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