Yo no soy aficionada al cine, de hecho la mayoría de las películas clásicas no las vi (y dudo algún día hacerlo). En cambio a Ale le encanta y siempre me cuenta los mensajes y moralejas que le dejan.

Después de meses de esperar por volver a salir con nuestro motorhome y semanas revolucionadas desde que decidimos cambiar la forma de viajar, llegó el día. El viernes 17 de octubre comenzamos nuestro viaje en bicicleta con el sueño de llegar hasta Alaska.

Lo primero que pensé cuando comenzamos a pedalear por la Ruta 5 fue: “¿Qué estoy haciendo? ¡Ya no hay marcha atrás!”. Me di cuenta que todo lo vivido los meses anteriores fue cierto y que de verdad estaba arriba de una bicicleta, llevando un peso que nunca creí iba a poder y acompañada de Pumba (Pioja iba con Ale).

Hicimos 4 kilómetros y paramos en la primera estación de servicio. No es que estábamos cansados, necesitábamos parar y decir “ya está, el sueño comenzó, estamos viajando de nuevo y en bicicleta”.

En los siguientes kilómetros hacia Mercedes no paré un segundo de pensar y reflexionar todo lo vivido en, por lo menos, los últimos dos años y medio.

Cuando estábamos saliendo de Luján, me acordé de la película “Indiana Jones y la última cruzada”, seguramente ustedes la vieron, yo no, pero mágicamente me sentí identificada con la parte que me contó Ale en la que Indiana debe dar un salto al precipicio para llegar del otro lado en busca de un cáliz que le salvaría la vida a su padre.

En su guía aparece escrito que “solo un salto de fe (…) puede probar su verdadero valor”. Así es como Indiana decide dar ese paso al vacío sin saber lo que podía suceder, pero no les sigo contando por si alguno no vio la película. Solo les digo que terminó bien y les dejo un link de esa parte para que lo vean.

Antes de pedalear tenía muchos miedos y dudas, pero en esos primeros kilómetros se fueron y le dieron espacio a mucha felicidad por estar cumpliendo el sueño de viajar y mucha satisfacción por estar logrando algo que creía no iba a poder hacer nunca.

Muchos nos preguntan cómo fue que nos animamos a dejar nuestra vida “segura”. Y puse entre comillas la palabra segura porque no creo en esa tal seguridad de vivir en una ciudad o en un pueblo con una casa, auto y trabajo estable. Tener todo eso no significa que no te va a pasar nada “malo”. Nosotros creemos que el solo hecho de vivir te expone a todo tipo de situaciones (de las buenas y de las otras), por eso no hay que tener miedo a vivir haciendo realidad tu sueño, sea este viajar, cantar o bailar, jugar a la pelota, tocar un instrumento, o cualquiera que sea.

Estar en la ruta y ver cómo muchos autos, camiones y motos nos tocan bocina dándonos aliento, también los que andan en bici o están en una parada de colectivo o frente a sus casas nos levantan el pulgar y nos gritan “fuerzas”, “adelante chicos” y leer los comentarios aquí en la web, facebook o twitter, todo me emociona y mucho, me dan ganas de llorar y gritar: “¡puta, qué vale la pena estar vivo!”.

Estar viva y cumpliendo un sueño dentro de otro sueño con muchos otros pequeños sueñitos que se van cumpliendo de a poco.

Mientras pedaleaba recordé las palabras de un conocido días antes de partir: “ustedes sí que tienen suerte, no cualquiera puede cumplir su sueño”. Y siento que no es así, no es suerte sino que dimos ese salto de fe (salvando las diferencias) y que todo lo que nos va a sucediendo es gracias a eso, a que tomamos las riendas de nuestras vidas y no nos quedamos quietos. Creímos y creemos en lo que estamos haciendo y todo lo que nos sucede es porque nos animamos a hacer lo que nos hace feliz.

Y esto es lo que aprecio en los primeros kilómetros mientras el cuerpo se está acostumbrando al esfuerzo, a mantener el equilibrio cuando me pasa un camión, aunque amo cuando lo hacen porque me dan viento a favor y avanzo unos metros más rápido. A estar atenta a la ruta para no hacer fuerza de más, a mirar por el espejo, a buscar la posición más cómoda. No me quiero imaginar todo lo que me queda por sentir, experimentar, vivir en esta aventura llamada vida.

El primer paso es el más importante, ese salto de fe que hay que dar es animarse a salir, a cambiar, a aprender, a descubrir, a vivir una vida que nos gusta y nos hace bien.

Y se me vino a la mente una frase de otra película que siempre Ale me menciona: “nunca permitas que alguien te diga que no podes hacer algo”. Si te hace bien, si te gusta, si es lo que queres hacer, da el salto de fe.

Cuando estás en el camino correcto, todo se va dando. Y si no es lo que pensabas, siempre estas a tiempo para volver a empezar. Y si en el camino te das cuenta que no es lo que realmente te gusta, también estás a tiempo de volver a empezar.

Todo es aprendizaje. No hay que tener miedo a que las cosas no salgan como uno piensa o desea. Cuando te den ganas de cambiar y cumplir tu sueño y se te aparezcan los miedos sobre qué va a suceder después, pensá en las personas que vivían en su casa, tranquilos y por una catástrofe climática como una inundación, perdieron todo y volvieron a empezar.

Nada es seguro. Vivimos cambiando. Un día estas en pareja y al otro día por cualquiera que sea el motivo dejas de estarlo. O capaz estás en tu trabajo, tranquilo de ya llevar una carrera de varios años en él y de un momento para otro resuelven que no sigas trabajando allí o cierra la empresa.  ¿Y qué se hace? ¡Se vuelve a empezar!

Si siempre suceden cambios a nuestro alrededor que nosotros no planeamos y salimos adelante. ¿Por qué no vamos a poder hacer lo mismo frente a una decisión que tomamos y es la de vivir haciendo lo que nos gusta y apasiona?

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