Salimos de Santiago y tomamos la ruta 68-CH. Teníamos como objetivo llegar a Valparaíso o Viña del Mar. Pero el viaje no es el destino en si sino lo que ocurre durante.

Para dejar atrás la gran ciudad tuvimos que recorrer como 15 kilómetros. ¡Es inmensa! Y, como si fuéramos aprendices, era la una de la tarde y hacia un calor sofocante, en parte producto del asfalto y la cantidad de vehículos circulando.

Decidimos parar en una plaza a comer y esperar a que pase el calor. Estábamos relajados por dos cosas: sabíamos que la luz solar nos acompañaría hasta las nueve de la noche y teníamos la primera localidad relativamente cerca.

El único “obstáculo” era la cuesta Lo Prado que terminaba en un túnel que debíamos pasar en una de las camionetas de la autopista.

Llegamos a la entrada del túnel y llamamos por uno de los teléfonos naranjas que hay al costado de la ruta. Fue divertido escuchar que la voz de una locutora me dijera que esperara en cuatro idiomas diferentes hasta que empezaron a pasar los minutos y nadie atendía del otro lado.

Al rato llego una camioneta hidrante (es como un mini camión de bombero sin mucho espacio detrás) y nos dijo que el jefe quería hablar con nosotros porque no era posible que nos crucen ni que sigamos circulando por la ruta. Volvimos unos 500 metros y suspire antes de entrar a la oficina. Recordé lo que dice Hernán Zapp sobre que no hay opuesto a los sueños y puse mi mejor sonrisa.

No fue fácil. Aquí en Chile se acostumbra mucho a llamar al superior y luego al superior del superior y al jefe de los superiores hasta llegar a la más alta autoridad que será la que decida y tenga la responsabilidad absoluta de la decisión tomada. ¡Ojo! No lo vemos mal ni es una crítica, pero esta forma de actuar hace que uno deba esperar varios minutos antes de saber cuál será la respuesta.

Luego de insistir e insistir, aceptaban a cruzarnos pero en la camioneta hidrante. Las ruedas delanteras de las bicis quedarían colgadas y todas las alforjas y bolsos deberían ir en el asiento trasero. Si, fue un poco molesto tener que desarmar todo y mas volver a armarlo en una banquina mínima de un puente que nos dejaron. No importaba, estábamos del otro lado.

 

NO HAY UN SOLO REY DE LAS MONEDAS 

Mientras pedaleábamos íbamos pensando donde podríamos armar nuestra carpa en Curacaví. Habíamos visto que es un pueblo chico y que no tiene camping municipal (y gratis) como se acostumbra en Argentina.

En una de las veces que iba despacio, a causa de la inclinación ascendente de la ruta, mire fijo el piso (una forma de no querer saber cuánto me falta para terminar de subir y sufrir) y vi dos monedas pero de las grandes.

Frene, retrocedí y agache a buscarlas. Mi sonrisa sobrepasaba mi cara. Eran una moneda de 500 y otra de 100, o sea, $600 chilenos (casi un dólar). Ale me miraba con cara de “tener que esperarme por vigésima vez” pero cambio cuando le conté de mi hallazgo. Se puso contento pero, al mismo tiempo, sabía que con esas dos monedas empezaría el juego por ver quién encontraba más dinero y yo ya tenía mucha ventaja en el primer encuentro.

 

BIENVENIDOS POR DOS

Llegamos a Curacaví con el sol casi abanándonos. Fuimos hasta el Cuartel de Bomberos a pedir permiso para armar nuestra carpa en caso que tengan patio o jardín. Luego de esperar unos minutos nos confirmaron que podíamos dormir pero no en la carpa, si no que nos ofrecían el salón de entretenimiento en el que había unos sillones. Además de poder bañarnos y usar la cocina para preparar la cena.

El poco tiempo que pudimos compartir con algunos bomberos, ya que era día de reunión y no podían aplazarla, hablamos y conocimos un poco de Curacaví y ellos conocieron un poco de Buenos Aires y de Argentina a través nuestro.

Al otro día nos despedimos de los bomberos y volvimos a la ruta. El próximo destino sería Casablanca. Si bien no había muchos kilómetros por recorrer, ya nos habían advertido que tendríamos una cuesta y luego otro túnel. ¿Tendríamos que pasar por lo mismo que el día anterior?

En parte sí. La subida era interminable y muy empinada. Hacía calor, el sol encima de nosotros. Nos refugiamos en una parada de bus. Mientras comíamos unos sándwiches, hablábamos sobre en que estábamos pensando cuando creíamos que después de la cordillera habría llanura hasta llegar a la costa. Nos reíamos (por no llorar) de nuestra ignorancia. Pero ya estábamos ahí y debíamos avanzar. Luego de tres horas volvimos a enfrentarnos con la cuesta.

Al llegar a la entrada, toque el botón del teléfono del poste de SOS pero esta vez no había ninguna grabación en cuatro idiomas que diga que esperemos. “¿Qué hacemos?” La oficina estaba del otro lado. Si cruzábamos, corríamos el riesgo de que nos reten al salir del túnel y, lo peor, que llamen a Carabineros (Policía). Mientras debatíamos que hacíamos paso una camioneta de la autopista y nos hizo señas para que esperemos.

A los pocos minutos, un carro hidrante frenó. Es decir, otra vez debíamos desarmar todas las alforjas. Pero a diferencia del día anterior, bajó un hombre con una sonrisa y se ofreció a ayudarnos. Mucho más gentil y amable, nos cruzó del otro lado y nos llevó hasta la oficina para que recarguemos las botellas con agua fresca y podamos descansar.

Estuvimos varios minutos hablando con él y nos preguntó si teníamos donde dormir en Casablanca. Ante nuestra negativa nos dijo que él es bombero de allí y que vayamos al cuartel que seríamos muy bien recibidos. Nos indicó como llegar y nos despedimos hasta dentro de un rato.

No lo podíamos creer. Y esto de quedarnos asombrados nos está pasando tan seguido que hasta nos volvimos un poco adictos a dejar que el camino nos sorprenda.

Esa noche Ale se puso a ver junto a los bomberos el partido de fútbol amistoso que jugaban Chile contra Estados Unidos a cambio de que luego lo dejen ver el partido de Vélez contra Boca. La parte no tan linda fue que se tuvo que bancar todos los chistes cargándolo porque Vélez perdió. Yo estaba en la cocina y lo iba a ver cada vez que le llevaba un mate y no terminaba de entender todo lo que nos estaba (y esta) sucediendo.

Gento, el bombero que nos cruzo el túnel, llego y creía que no lo íbamos a reconocer. ¡Cómo olvidar a tan buena persona! Nos estuvo contando de su vida, de su vocación como bombero y nosotros solo podíamos escuchar y admirarlo. Eso sentimos cuando tenemos en frente a una persona con la valentía de dejar su vida por salvar la de otro. Ellos son los verdaderos héroes. ¡Que me vienen a hablar de Batman o Superman!

 

RECALCULANDO…

Hasta esa noche nuestro plan era seguir por la Ruta 68-CH hasta Valparaíso o Viña del Mar, pero la libertad de viajar sin tiempo (o con todo el tiempo del mundo como me gusta decir) nos dio la oportunidad de levantarnos y cambiar el rumbo.

Tomaríamos otra ruta y el siguiente destino seria Villa Alemana. ¿Por qué ese cambio? Porque recibimos una invitación y sentimos que debíamos aceptarla, que algo bueno nos esperaba y no nos equivocamos.

Volvimos a experimentar esa sensación de no entender por qué nos dicen como es una ruta, respecto a subidas y bajadas, y después no le aciertan ni un 75%. El problema es que juegan con mis sentimientos. Pero basta, decidí no escuchar más y que sea lo que tiene que ser o lo que dice Google Earth.

El camino a Villa Alemana lo sufrimos desde el kilómetro uno. A la salida de Casablanca nos esperaba una enorme subida empinada. Luego el camino seria como un electrocardiograma y tendríamos tres cuestas más que fueron difíciles. Solo queríamos llegar.

En la primera bajada nos encontramos con dos ciclistas que estaban entrenando. A uno se le pincho un rueda y, como era la tercera vez en el día, ya no tenía pegamento para parchar. Entonces aprovechamos a descansar y les prestamos nuestras herramientas. Ellos no decían que sigamos, que no perdamos tiempo y para nosotros, estar ahí hablando con dos desconocidos, era una de las cosas que más nos gustaba. Insisto en que a los lugares se los conoce por su gente.

Llegamos a Villa Alemana y fuimos hasta la plaza principal a esperar a encontrarnos con quien nos recibiría en su hogar. Matías nos escribía por whataspp, consultándonos por donde andábamos y como estábamos. Se apenaba por tener que hacernos esperar hasta que salga de trabajar pero para nosotros no era tiempo perdido, al contrario, era la excusa perfecta para seguir entablando conversaciones con extraños del lugar.

André se acercó a hacernos las típicas preguntas. “¿De dónde vienen? ¿Desde Buenos Aires? ¿Y con los perros? ¿Hasta dónde van? ¿ALASKA? (Lo pongo en mayúscula porque siempre suele ser un grito)”

Estuvimos hablando sobre las diferencias políticas, económicas y culturales que hay entre Chile y Argentina. Sucede que es común ver que el pasto del vecino es más verde que el nuestro y no siempre es así o se desconoce el sacrificio que hay detrás.

El cocina unas monedas de cacao puro para financiar sus estudios. Cuando se estaba yendo, volvió para regalarnos dos y brindarnos su celular en caso que precisemos algo. Esta es una actitud que vemos siempre, en cuatro meses nuestro celular paso a tener más de 100 contactos de personas que, desinteresadamente, ofrecen su ayuda.

Mati nos aviso que sería Melisa, su polola (novia para los argentinos), quien nos pasaría a buscar. Al llegar a la casa nos estaría esperando junto a sus padres para conocernos mientras tomábamos “la once”, una costumbre en Chile que vendría a ser como merienda junto con la cena entre las siete de la tarde y nueve de la noche.

La idea principal era pasar la noche y al otro día partir hacia Viña del Mar. Estábamos ansiosos por ver, conocer y sentir el Océano Pacífico. Pero el ser recibidos por una familia tan hermosa pudo más y nos quedamos para poder seguir compartiendo con ellos.

Cuando me preguntan si extraño a mi familia, siempre contesto que si pero que también voy sintiéndome parte de las familias que nos reciben y miman. De hecho, soy de las que se ponen a llorar cuando toca despedirse.

Con Mati, Meli, Alfredo (hermano de Mati) y su pareja, Fabiola y con Magda y Guillermo (padres de Mati y Alfredo) nos paso eso. Se generó una relación tan linda en tan poco tiempo. A veces me pasaba que sentía que los conozco de hace años.

Compartimos charlas de la vida y de viajes, Mati nos contó de su experiencia de viajar caminando por dos meses por el sur de Chile, tomamos mates, hubo clases de macramé, paseos en metro hasta Valparaíso, compras en la feria (Mati nos ayudo a elegir y encontrar unos rompe vientos impermeables), día de pileta (con frío pero lo disfrutamos igual) y hasta un partido de Truco que casi termina en divorcio (Ale me hizo trampa y yo detesto las injusticias).

Matías y Alfredo son dueños de la empresa Selk’n que se dedica al diseño, desarrollo y confección de vestuario técnico de montaña y deportes al aire libre.  Se inspiraron  en los Selk’nam, aborígenes de Tierra del Fuego también conocidos como los Onas.

Antes de irnos, los chicos nos dieron una hermosa y gran sorpresa: nos ayudarían a seguir nuestro viaje regalándonos unas camperas abrigadas y dos remeras de mangas larga a cada uno que nos servirían para pedalear a lo largo de nuestra aventura. Por eso ahora nos ven más lindos en las fotos y vídeos.  😉

 

CADA VEZ MAS CERCA DEL OCÉANO PACÍFICO

En Viña del Mar nos estaba esperando Eduardo. A él lo contactamos por warmshowers.org, una comunidad para cicloturistas en donde anfitriones del todo el mundo proponen su hospitalidad gratuita para aquellos que estamos viajando en bicicleta.

Nosotros dudábamos de usar ese recurso (lo mismo que couchsurfing, otra comunidad como warmshowers pero para todos los viajeros del mundo, no solo cicloturistas) por un prejuicio con respecto a Pioja y Pumba. Pero luego de haber sido recibidos por un montón de familias y que no haya habido ningún problema con ellas, nos decidimos a probar. A lo sumo, el “no” ya lo teníamos.

El resultado fue excelente. No podríamos haber elegido mejor a la persona para enviarle y solicitado alojamiento. Edu también tiene perros salchichas y los ama igual que nosotros, así que podríamos decir que eran mejor recibidas Pioja y Pumba que nosotros.

 

CAMBIAMOS PALOMAS POR GAVIOTAS

Llegamos a Viña del Mar y, contrario a lo que uno podría haberse imaginado, no fuimos directo a ver el Océano. Preferimos quedarnos tomando mate y charlando con Edu y Gino (su compañero de departamento).

Al otro día nos levantamos temprano, queríamos aprovechar el tiempo para ir a la playa. Pero amaneció nublado y frío. ¿Qué paso con el verano? Y nos enteramos que el clima es así, que luego de las dos de la tarde comienza a asomarse el sol y hacer calor.

Salimos a caminar y conocer un poco la ciudad aunque lo que realmente queríamos estaba a tan solo ocho cuadras. Los cuatro, porque a Pioja y Pumba les encanta la arena, corrimos al llegar a la playa pero apenas el agua nos toco, sentimos como mil agujas clavándonos. “¡Esta helada (más un par de malas palabras)!”.

Muchas personas nos habían recomendado que tengamos cuidado con los carabineros si nos poníamos a vender en la playa. El mayor miedo era que nos secuestraran las artesanías. Pero no hicimos mucho caso y fuimos decididos y acompañados por Edu.

Fue una tarde espectacular. La gente al principio no se acercaba pero apenas hubo una persona que leyó la bandera que tenemos en la bici, muchos se interesaron y escuchaban nuestra historia.

En un momento pasaron dos carabineros con perros y uno se paró a ver nuestras artesanías. Voy a ser sincera, dejé de respirar unos segundos porque recordé los comentarios.

Yo lo salude con una sonrisa y Ale le dijo que el perro era lindo. Nos miro con cara seria y nos dijo: “¿Las hacen ustedes? Qué lindas cosas. ¡Qué tengan suerte!” y se fue caminando y nosotros empezamos a respirar de nuevo. ¿Tenemos un ángel de la guarda? ¡No! Tenemos cientos, lo sabemos y agradecemos a diario.

 

VALPARAISO Y SU LEYENDA DE ETERNO ENAMORAMIENTO

Coordinamos con Mati y fuimos a recorrer Valparaíso. “Les va a encantar tanto que no van a querer irse” nos decían por facebook. Y creo que fue así. Sabíamos que nos teníamos que ir, nos arrepentimos de no haberle destinado más tiempo, pero en voz baja y como parte de un secreto le prometimos volver y recorrer todas las calles en subida y bajada.

Una de las actividades que queríamos hacer si o si era subir y bajar en los famosos ascensores. ¡Tanto nos habían hablado de ellos! Y como buenos guías turísticas, Mati y Coni, su hermana, nos llevaron a conocerlos. Para nosotros era algo completamente nuevo.

Los cerros porteños de Valparaíso son muy empinados, esto significa que trasladarse a pie (o en algún medio de transporte) sea bastante dificultoso y lleva un buen tiempo. Por eso se crearon los ascensores, ya que en cuestión de un minuto podes subir o bajar desde la parte más alta hacia el puerto u otros puntos de la ciudad.

Más de 30 ascensores fueron construidos, la mayoría en los comienzo del 1900. Hoy solo diez están en funcionamiento. Nosotros viajamos en “El Peral” y  en el ascensor “Reina Victoria”. Es un paseo que no deben perderse y no es costoso. El precio suele ser de $100 y $300 (pesos chilenos que serían entre 0,15cvos y 0,50cvos de dólar a enero 2015).

Otro atractivo de Valparaíso son los murales. Las paredes hablan a través del arte que llevan tatuado. Por eso decimos que uno debe recorrer esta ciudad con mucho tiempo porque en cada cuadra hay uno y muchos hacen quedarte unos cuantos minutos admirándolos.

Luego fuimos hasta Villa Alemana para tomar la once de “despedida” y lo pongo entre comillas porque con los amigos uno nunca termina de decir adiós. Siempre estarán en contacto esperando a un reencuentro. No sabemos cuándo, no sabemos dónde, pero se dará.

Al otro día tendríamos que seguir despidiéndonos. Era momento de volver a las rutas. Edu es un soñador que solo debe tomar la decisión y dejar su sueño en las manos del destino. Esperamos haber sido un poquito el motor para que comience a hacerlo realidad.

 

¡Ah! ¿Quieren saber qué sentimos cuando llegamos a tocar el Océano Pacifico? ¡Miren el vídeo!  😀

¿Te gusta viajar?

Escribí tu nombre y email para unirte a nuestra lista de correo para recibir más historias de viajes e información útil.

¡Ya estás dentro de nuestra lista de correo!

Pin It on Pinterest

Shares
Share This