Lo confieso, geografía no fue mi materia favorita. ¡Pero tengo motivos!

Mi educación media estuvo compartida por dos sistemas educativos totalmente diferentes. Hice los primeros dos años en el interior del país y de tercero a quinto en la ciudad de Buenos Aires. Esto derivo en que los últimos 5 años del colegio secundario vi exactamente lo mismo en varias materias, como en geografía que solo me enseñaron lo referente a Argentina y un poco de América.  Es decir, año tras año fue una de las materias aburridas de mis mañanas.

MAPA MUNDIAL
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Iba a escribir sobre “mapas” y recompilar anécdotas pero escribiendo recordé de mi historia con un mapa. Si, y no es cualquier mapa… es EL MAPA. Y les voy a contar por qué.

Estamos por cumplir 7 años de conocernos con Ale. Como ya lo contamos, fue un 21 de septiembre en el año 2006 yendo de viaje a Córdoba y coincidimos en sentarnos uno al lado del otro.  ¡Coincidencia! ¿Casualidad? No, destino.

En el 2008 nos fuimos de mochileros al norte
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En el 2008 nos fuimos de mochileros al norte

Todavía me acuerdo cuando me contó que su sueño era viajar durante un año en moto por América y que lo tenía planeado hacer cuando cumpliera 25 años. Mi cara de mucho más que asombro fue porque me lo dijo cuando faltaban 2 meses para que los cumpliera. Aparte yo recién me independizaba yéndome a vivir sola con 21 años, cosa que duró poco porque el señor se me instaló pero es otra historia, tenía aprobada un tercio de la carrera de Ciencias de la Comunicación y, por si fuera poco, conseguía entrar a trabajar al banco privado en el cual había ido a entrevistas durante 3 años seguidos.

Poco a poco fui esclavizándonos a la rutina. El me hablaba de otros países y rutas y yo le hablaba de lo que había que pagar de impuestos y de comprar muebles y electrodomésticos que nos ayudarían a vivir más cómodos.

La tarjeta de crédito crecía cada vez más a causa de las famosas “24 cuotas sin interés”, es decir, durante 2 años seríamos esclavos, y a diferencia de lo que uno cree, no es que teníamos más lujos sino que teníamos más deudas.

Ale iba cambiando de trabajo con un promedio de 6 meses, se aburría, no le gustaba, quería algo nuevo. A mí me pasaba lo mismo, pero dentro de la misma empresa iba cambiando de sectores buscando mi lugar, sin saber que estaba yendo para el otro lado. Lo único que cosechábamos era un sentimiento de vacío enorme.

Y así fueron pasando las semanas: lunes con ganas de que sea viernes, martes y miércoles siempre tan lentos, jueves apurate y viernes que te quiero viernes. El reloj no pasaba más y yo quería que me muestre cuatro números “17:59”, la hora de la libertad y que me invitaba a jugar a sentirme libre y que hagamos lo que nos gusta para terminar haciendo lo que debemos hacer, sin preguntarnos, sin saber si nos gusta o no, y así llegar al domingo, día gris aunque este soleado.

 

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Otra foto de nuestro viaje por el norte en el 2008

Pasando por esta vida creyendo que “tiene que ser así” o “es lo que hay”. Es impresionante como poco a poco vas caminando por ahí, estando seguro que otra forma no es posible, no es segura, es peligrosa. Yo me había creído que si no trabajaba ahí, no iba a poder trabajar en ningún lado más y, para colmo, que no iba a ser feliz. ¿Cómo? ¿No soy feliz acá y tampoco lo voy a hacer allá?

Y así llegaron las crisis, agujeros negros que amenazan con arrastrarte al fondo de un pozo, y la mayoría cree que caer en un aljibe abandonado no es el mejor plan para unas vacaciones. Y yo tropecé, y fui cayendo lentamente hasta tocar fondo  de la mano del famoso “ataque de pánico” o “patatús” como le decía mi abuela.

Hoy puedo decir que fue una de las cosas que mejor me pasó en la vida. Porque yo estaba ahí, sentada, llorando, preguntándome por que me pasaba eso a mí sin darme cuenta que la paz empezó a aparecer cuando un día me pregunte para qué, para qué estaba viviendo eso.

Y entendí que tenía dos opciones: o seguir como estaba y buscar soluciones en pastillas ansiolíticas o buscar una forma en pegar ese salto ornamental para salir. Y entre todos esos momentos, un día encontré en la mesa de Ale un mapa de América del Sur con un recorrido marcado y una frase escrita en la parte inferior: “Regla n° 1, no hay nada que me pueda detener”.  Y ahí vi como un flash, como cuando te dicen que ves toda tu vida en unos segundos antes de morir.

Y surgió la duda nomás. ¿Por qué no? Si hasta ahora creí que estaba haciendo las cosas bien como manda la sociedad y termine así, ¿Por qué no probar con la idea que tiene Ale desde chico?

Esa noche, mientras estábamos cenando le pregunté  por su sueño, otra vez escuchando que él quería ir en moto por América y que lo podemos hacer  tomándonos un año sabático. Lo miré y dudé hasta que me animé a decirle “hagámoslo pero sin tiempo, no importa que tardemos uno o mil años, dejemos todo”. No saben de lo que se perdieron, el rostro de Ale se transformó, una mezcla de sorpresa, euforia, duda, miedos.

– “¿Estas segura?” preguntó.

– “Si” le respondí sin dudar.

Y así siguió la charla, por primera vez en mucho tiempo estábamos hablando de nosotros, de un proyecto en común, hablando el mismo idioma, con el mapa sobre la mesa.

Por primera vez en mucho tiempo el corazón me latía, pero no de ansiedad, de felicidad.

Nunca estuvo en duda llevar a nuestras perras con nosotros, por eso la condición era cambiar de vehículo. Y con el lema del negro Olmedo, ¡Si la vamos a hacer, la vamos a hacer bien!”, nos pusimos a buscar en qué viajar: auto y carpa, auto y casa rodante, combi, trafic, un colectivo 1114… y ahí apareció, entre tantas pestañas del navegador, el aviso de venta de un Mercedes Benz 608 que, a simple vista, era la medida justa, y viendo un poco mejor ya lo conocíamos y hace unos años Ale le había dicho que “con uno como vos me iría a recorrer a América”, hablando a El Forastero.

Y acá estamos, viajamos durante 9 meses y estamos esperando viajar por muchos meses más.

Geografía no fue mi materia favorita en el colegio secundario, por suerte, porque sino capaz ese mapa no me hubiera llamado la atención, no me hubiera hecho pensar, no hubiera cambiado nuestras vidas para siempre.

Los mapas sirven para no perderse pero también para encontrarse, y doy fe que es así.

Andá, buscá un mapa, imaginá tu viaje, recorrelo, vivilo y disfrutalo.

Dame la mano y vamos a dar vueltas por las rutas del mundo.

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*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales. ¿Querés jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

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