Aclaración: No dejamos de viajar en bicicleta. Para entender por qué tuvimos que viajar a dedo desde Los Vilos (Chile) hacia Buenos Aires, te recomendamos que leas la historia anterior (clic acá). 

 

Esta publicación está dedicada a todos aquellos que creen en cosas “imposibles”. Lo único imposible es volver de la muerte. Todo lo demás, se necesita creer y saber que, tarde o temprano, se hará realidad lo que te propongas.  

 

Sonó el despertador del celular por segunda vez. Abrí los ojos y buscaba el sol. Recordé que en Los Vilos, al igual que toda la costa desde Viña del Mar, las mañanas son grises hasta el mediodía.

Estaba cansada. Creo que dormimos solo cuatro o cinco horas. La noche anterior nos habíamos quedado hablando y aprendiendo sobre las diferencias entre Chile y Argentina. Sin dudas una charla que quedó en pausa hasta nuestro regreso.

Tomamos el desayuno mientras Vivi y Gon se levantaban. Querían acompañarnos hasta el lugar donde la mayoría se pone a hacer dedo en la ruta.

Vamos a aclarar algo. Nunca hicimos dedo y menos con dos perras salchichas. Si bien, antes de salir a viajar por las rutas del mundo, leímos un montón de blogs de viajes y varios de ellos de viajeros a dedo, para nosotros era todo un mundo nuevo.

Teníamos un montón de preguntas, dudas y miedos:

  • ¿Llegaremos en menos de 10 días?
  • ¿Nos levantaran teniendo a Pioja y Pumba?
  • ¿Se portarán bien o se aburrirán? (Viajando en bici se acostumbraron que cada media hora las bajamos a que caminen y jueguen).
  • ¿Qué ciudad/pueblo ponemos en el cartel?
  • ¿Qué nos llevamos para los días que tardemos en llegar a Buenos Aires?
  • ¿Y si conseguimos a alguien que vaya directo como hacemos con el trámite de las tuchis para cruzar la frontera?

Y así la lista mental aumentaba.

 

El día anterior habíamos visto unos mapas y creíamos que lo mejor era directo ir hacia Los Andes que ir hasta Santiago y de ahí a la frontera.

Vimos que la Ruta 5 cruzaba con una ruta que te llevaba hasta Los Andes y que en el medio estaba la ciudad (o pueblo) de Llay Llay. “¿Ponemos eso en el cartel?”

Agarramos tres hojas en blanco y un marcador negro. Nos pusimos las mochilas, nos colgamos las dos alforjas grandes que llevábamos para que Pioja y Pumba viajen dentro y salimos. Uffff… ¡Cuántos nervios!

Nos despedimos de Vivi y Gon y seguimos caminando.

“¿Nos paramos acá?” Ale me preguntó a mí y yo me reí al mismo tiempo que le recordaba que para mí también era la primera vez. No sabía si estaba bien hecho el cartel, no sabía si era el mejor lugar para pararnos y hacer dedo. ¡Todo nuevo!

“No busquemos la perfección amor, dejemos que fluya y que sea lo que sea”.

Esas fueron mis palabras y un minuto después estábamos arriba de un camión.

Juan (el camionero) nos reconoció que frenó porque tenía la duda de por qué íbamos a Llay Llay. “Ahí no hay nada” sentenció. Cuando le contamos la travesía que teníamos por delante, nos recomendó bajarnos en el peaje de Las Vegas “porque de ahí sale la ruta por donde los camiones van a la frontera”¡Qué mejor consejo de alguien que conoce la ruta! ¿No?

En menos de dos horas habíamos hecho el trayecto que a nosotros nos llevó tres días hacer en bicicleta. Las cuestas nos parecían fáciles, cortas. Tal como nos las describían. Lo gracioso era la cara de Juan cuando le decíamos que las habíamos subido en bicicleta (o caminando).

Nos bajamos en el peaje de Las Vegas. Nos despedimos de Juan y caminamos hacia la subida de la otra ruta que va en dirección hacia Los Andes.

Estábamos subiendo cuando una camioneta blanca tocó bocina y paró unos metros más adelante. Ale se acercó corriendo y me hizo señas que lo siga. ¡No lo podía creer! ¡Sin hacer dedo nos estaban levantando igual!

Jonathan nos comentó que el no iba hasta Los Andes pero que nos acercaba hasta Panquehue. Siempre levanta personas en la ruta y por eso, cuando nos vio, freno. Le contamos sobre nuestro viaje y el largo camino que teníamos por delante.

El reloj marcaba unos minutos después del mediodía y a mí me surgió la duda con respecto a los horarios del SAG (el organismo donde teníamos que hacer el trámite de Pioja y Pumba). Así que decidimos que desde donde dejara Jonathan hasta Los Andes nos tomaríamos un bus.

Al subirme le pregunté al chofer si se dirigía hasta Los Andes y me dijo que solo hasta San Felipe, que no hay bus directo sino que hay que tomarse dos. Ya estábamos arriba y nos quedaban 30 kilómetros para llegar sin saber cuánto tiempo teníamos para hacer el trámite.

Seguramente se están preguntando cómo hicimos para subir a un colectivo con Pioja y Pumba. La razón que nos explicaron es que allá los choferes cobran su sueldo en base a la cantidad de boletos que venden. Entonces, mientras pagues, no hacen mucho problema y menos con perros del tamaño de las tuchis.

Cuando estábamos viajando de Panquehue hasta San Felipe, el señor que subió antes que nosotros escuchó hasta donde teníamos que ir y nos dijo que él se bajaba justo donde se encontraba la otra parada de bus hacia Los Andes.

Como si fuéramos habitúes de Los Andes, tocamos el timbre del colectivo con tanta seguridad que nos dejo en la parada que está en frente al SAG.

Cruzamos la calle, miramos el reloj, faltaban unos minutos para la una de la tarde y un cartel en la puerta nos decía que hasta las dos de la tarde era el límite para llegar.

Ale se quedó con Pioja y Pumba dentro, yo entré con todos los papeles. Ya había consultado por la forma de hacer el trámite en una veterinaria en Los Vilos y por internet.

Mi cara se transformó cuando el empleado me dijo que hasta el lunes siguiente no podrían ayudarnos porque no estaba la veterinaria.

“¿QUÉ? ¿CÓMO? ¿POR QUÉ?”

De la desesperación, me puse a llorar. No me gusta dar lastima y mi intención no era que se apiaden de mi. Fue lo que me salió en el momento frente a un panorama no tan alentador como el que veníamos viviendo.

Me pidieron que me sienta y que esperen, que iban a tratar de ayudarnos y ver cómo hacer para pasar ese mismo día a Argentina. Ale desde afuera miraba y no entendía qué pasaba.

Después de más de media hora, volvió el empleado y me dijo que teníamos que ir a una veterinaria a que nos den los certificados de buena salud de las dos perras  (esto porque no estaba la profesional ahí) y luego dirigirnos a la oficina del SAG que se encuentra en el Puerto Terrestre. Que hasta las tres de la tarde nos esperaba la persona a cargo.

Sali casi corriendo y le dije a Ale que me siga mientras le explicaba todo. Me pregunto por qué estaba llorando y le dije que no sé, que fue algo que no pude contener.

Entramos a la veterinaria que nos habían recomendado. En la entrada tenía un cartel que decía “consultas gratis”. Cuando preguntamos para hacer los certificados, la chica que atendía nos dijo que ese día no estaba el veterinario. “Con razón la consulta es gratis” dijo Ale mientras, con una mezcla de risas y nervios, nos íbamos a otro local a “pocas” cuadras.

Llegamos con la lengua afuera. Explicamos lo que necesitábamos y la joven veterinaria se interesó por nuestra historia de viaje y nos hizo un precio por los dos certificados.

Nos advirtió que Puerto Terrestre estaba lejos de Los Andes y que tendríamos que casi volar para poder llegar antes de las tres de la tarde. “¿Qué tan así será?”

Llegamos a la plaza principal y había una fila larga para tomarse los colectivos que en verdad son los que en Argentina llamamos taxis pero que tienen un recorrido fijo como los colectivos. Preguntamos por la demora, porque más de cuatro por auto no entran, y nos dijeron que más o menos en una hora podríamos llegar.

No podíamos esperar tanto. Cruzamos la calle y le preguntamos a un carabinero. Se ve que se creyó que le iba a pedir que nos lleve él porque de entrada me dijo “yo de acá no me puedo mover” pero nos comento que la otra alternativa era tomar un taxi pero que seguramente nos costaría muy caro. “Ya está ¿Qué otra cosa podemos hacer?”

Llegamos al Puerto Terrestre en 20 minutos. Justo cuando faltaban quince para las tres.  Laura me hizo pasar y sentarme en su oficina. Lo primero que me dijo es que lo que iba a hacer era una excepción. Que los tramites son de un día para otro pero que entendía mi situación (no sé bien cual o que le dijeron en Los Andes).

Cuando salimos, le preguntamos al de seguridad donde nos recomendaba pararnos para hacer dedo. Veíamos a un montón de camiones estacionados pero no sabíamos si iban o volvían.

Luego de estar más de una hora tratando de entender una seña que nos hacían casi todos los camioneros, decidimos caminar dos kilómetros hasta una parada de bus que nos comentaron que había más adelante. “Ahí hay lugar para que frenen al costado y los levanten” nos dijo el señor que atendía la panadería. Es que con todo el revuelo del trámite en el SAG no nos dimos cuenta que no habíamos comido nada desde el desayuno.

Otra hora pasaba y nosotros todavía parados, haciendo dedo. “El problema es que hoy a la mañana tuvimos tanta suerte que nos levanten rápido que ahora esperar nos desespera”. Tenía toda la razón del mundo Ale.

– “¿Cómo te ves durmiendo dentro de la bolsa de dormir en la parada de colectivo?”

– “Yo bien, ¿vos?”

No es que estábamos dándonos por vencidos pero teníamos que evaluar otra alternativa.

Cuando menos lo esperábamos, frenó un camión. Yo me acerqué corriendo y abrí la puerta. Le pregunté (como también le preguntamos a Juan y a Jonathan antes de subir) si podíamos llevar a las perras y mi palabra de fe de que se portarían bien y no harían nada adentro, hizo que aceptara.

Nos acomodamos y nos presentamos. Jonathan (si, son cosas que nos pasan a nosotros nomás, que nos levanten dos “Jonathan” en un día) es de Mendoza y hace viajes hasta Santiago del Estero. Nos comentó que él hace los trámites de salida de Chile y de ingreso a Argentina del lado chileno y que no siempre lo dejan pasar turistas porque en el manifiesto (la hoja de ruta de ellos) dice que solo viaja una persona. Que en tal caso veríamos como podía hacer para dejarnos en Horcones, donde se encuentra el edificio para hacer los trámites migratorios de los particulares y turistas.

 

[CONTINUARÁ EN UNA SEGUNDA PARTE]

(porque si no, se hace muuuy largo)  😉 

 

 

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