Hace más de quince días que salimos a viajar en bicicleta. Nuestra primera experiencia viajando de esta forma. Muchos ciclistas nos han dicho que la peor parte son las primeras semanas. Una vez que superas esa etapa y que te gusta viajar de esa forma, ya está, podés llegar a donde te propongas.

Todavía estamos en esa etapa. Pasaron 8 días hasta que encontré la posición del asiento y así resolver el problema con mis manos (se me dormían constantemente). También estoy sumando fuerza en las piernas y en los brazos pero hay momentos en los que siento que no puedo más.

Pero hay algo extraño en esto de viajar en bicicleta: cuando en la ruta los vehículos pasan tocándonos bocina, cuando llegamos a un pueblo o ciudad y la gente nos para a desearnos suerte, todo malestar físico desaparece y abre las puertas a la satisfacción de estar avanzando y superándonos día a día.

En Chivilcoy el camino nos sorprendió gratamente y creímos que por un largo tiempo podría no volver a suceder. Pero nos equivocamos.

Luego de despedirnos de los nuevos amigos que conocimos, planificamos todo para pedalear hasta la ciudad de Chacabuco. Era un desafío porque sería la primera vez que recorreríamos más de 35 kilómetros en un día. Todos nos decían que eran como 50 kilómetros.

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¡Vamos sumando más kilómetros! ¡Ya llegamos a los 200!

 

El calor de los más de 30 grados de temperatura en el ambiente y el viento, cruzado y en contra por momentos, nos obligaron a parar al mediodía y evaluar la situación. Habíamos hecho solo 23 kilómetros y sentíamos que no podíamos más.

No sabíamos si teníamos más ganas de comer o de dormir. En verdad, yo venía pidiendo una gaseosa lima-limón súper fría (lo raro es que no soy de tomar gaseosa pero se ve que el esfuerzo extremo me despierta ese deseo).

Pasaron dos horas y seguíamos sin tener fuerzas. “¿Qué vamos a hacer?” También se sumaba la pregunta “¿Dónde vamos a dormir?”.

Prendí el celular para anotar unas reflexiones que tuve mientras pedaleaba. Cuando veo que hay tanta señal no entendía, supuestamente estábamos en el medio del campo y no debería haber servicio de comunicaciones.

“Si hay tanta señal de celular también debe haber internet móvil” y activé el paquete de datos. No lo podíamos creer.

Aprovechamos y nos escribimos con nuestras madres y recibimos un mensaje en el facebook de una familia que quería recibirnos en su casa. “¡Qué bueno! Tenemos resuelto el tema de donde pasar la noche, ahora tenemos que ver cómo hacer los siguientes 25 kilómetros para llegar.”

Prendí el GPS y nos quedamos aún más sorprendidos cuando vimos dónde estaba el punto azul que marcaba nuestra ubicación.

“¡Pero estamos re cerca! ¡No puede ser!”.

Según el Google Maps nos quedaban por delante tan solo 8 kilómetros. Justo salió un vehículo por la tranquera que teníamos cerca así que Ale aprovechó para preguntarle cuánto faltaba para Chacabuco. Efectivamente, menos de 10 kilómetros.

“¿Y entonces? ¿Hicimos más de 25 kilómetros o realmente no son 50?”.

Siempre nos quedará la duda porque en la ruta no hay carteles que indiquen las distancias y entre lo que dicen los mapas y los de la zona siempre hay kilómetros de diferencia.

Eran las dos de la tarde y el sol y el viento no daban tregua. Si faltaba tan poco podíamos descansar un poco más. Nos acomodamos y dormimos una siesta.

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Cuando llegamos a Chacabuco nos comunicamos con Silvana para encontrarnos. Hasta aquí les va a parecer una historia común pero ya van a leer que no es tan así.

¿Se acuerdan del camino de tierra que hicimos entre Mercedes y el Arroyo Los Leones?

Una de las personas que nos indicó cómo llegar hizo el comentario de que había una casa abandonada donde podíamos dormir si se largaba a llover.

Durante el difícil camino que fue llegar, me la pasé imaginándome esa casa. Hasta fantaseé con que tenía muebles. Ale se reía de mis chistes (no tan chistes). Por ejemplo, cuando el viento y la llovizna no paraban empecé a gritar: “más vale que cuando llegue la casa tenga luz y agua”, “quiero que la casa tenga una cama”.

Al llegar no era lo que me había imaginado pero ni un poquito. Era una estructura que había quedado, sin techo, las ventanas tapadas con ladrillos y dentro estaban los restos de carne de una vaca desperdiciándose.

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Cuando nos encontramos con Silvana nos fuimos hasta su casa. Allí pudimos bañarnos y tomar unos mates mientras le contábamos todo lo mágico que nos va sucediendo en el viaje y cómo llegamos a viajar en bicicleta. Nos contó que ella tiene una casa quinta que ponía a nuestra disposición para que nos quedemos el tiempo que fuera necesario.

Parece que el viento recogió mis deseos y los hizo realidad justo al día siguiente de mi cumpleaños: estábamos en una casa, con muebles, con cama, con luz y agua. Pero no me di cuenta de esta ¿casualidad? hasta que en una de las tantas charlas con Silvana nos pusimos a conversar sobre los deseos y la creencia de que si uno desea algo con mucha fuerza, el universo conspira para cumplir tu deseo.

En el mismo momento que pronunciamos esa frase del libro “El Alquimista” de Paulo Coelho me acordé de mis chistes no tan chistes en aquella ruta hacia el Arroyo Los Leones y sentí que esa era la casa que anhelaba para llegar y descansar.

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Javier, Bauti, Silvana y Maitena. ¡Una familia viajera hermosa!

 

Con Silvana y su familia nos sentimos tan bien. En esos dos días que estuvimos juntos conectamos enseguida y sentíamos que nos conocíamos de toda la vida. Desde que empezamos a viajar, siento que las relaciones son más fuertes. No sé si será porque sabemos que tenemos poco tiempo (o eso creemos en algunos casos) pero con tan solo compartir una charla y unos mates se crea una relación increíble.

Cuando nos fuimos de Chacabuco sabíamos que teníamos un tramo que realmente iban a ser 50 kilómetros hasta Junín. Nos levantamos temprano y salimos. Empezamos a sentir que había un viento cruzado que nos estaba complicando para avanzar. El humor cambió y comenzaron las maldiciones y reproches por no haber visto el pronóstico del viento (como si la lluvia fuera lo único que dificultaría viajar en bicicleta).

Faltaban 15 kilómetros para Junín y vi un oasis en el desierto (¡qué exagerada!): una estación de servicios. Paramos y nos compramos esa gaseosa que tanto venía deseando. Sentimos que no íbamos a poder llegar antes de que anochezca y no teníamos muy en claro donde pasaríamos la noche, así que decidimos buscar lugar para armar la carpa.

Conseguimos un lugar en el patio de la casa de Sergio, el policía que cuida los campos del Paraje La Agraria. Gladys, su madre, desde el primer momento mostró sus ganas de ayudarnos y estuvo siempre atenta a lo que podríamos necesitar.

Me sorprendió cuando me dijo que su hija, de mi misma edad, le dijo que seguramente yo viviría más años que ella porque me tomo la vida más tranquila. Que ella está llena de problemas con su trabajo que necesita para poder pagar las cuentas. La miré y le dije: “dígale que hasta hace poco yo vivía igual y decidí cambiar para mi bienestar y no me arrepiento.”

Llegamos a Junín y nos fuimos al camping El Carpincho porque era el único que figuraba aceptar perros. Se avecinaba una tormenta así que preguntamos si había un lugar donde poder armar la carpa bajo techo y nos ofrecieron un vestuario de damas para pasar la noche. Nosotros lo bautizamos “el verdadero salón de usos múltiples”.

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Al otro día nos pudimos comunicar con Lore de Vamos de Viaje que nos invitó a su casa hasta que pase la tormenta por la zona. Con ella nos conocíamos virtualmente a través de La Comunidad Viajera. En cuanto contamos nuestro cambio de rumbo y que Junín sería una localidad por la que pasaríamos, nos mandó un mensaje.

Lore y Fidel, su perro salchicha, nos recibieron de forma excelente a los cuatro, incluidas Pioja y Pumba. Pasamos dos días muy lindos a pesar de que afuera hubo un temporal importante. Aprovechamos para hablar, tomar mate y contarnos las múltiples historias de viaje que tenemos cada uno. Cuando paró de llover por unas horas, nos llevó a conocer la Laguna de Gómez y recorrer la ciudad.

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Con Lore y Fidel en a orillas de la Laguna de Gómez

 

También aprovechamos para hacer una reducción de equipaje y nos sacamos de encima 6 kilos. Mandamos una encomienda a Buenos Aires con 4 kilos de ropa, 1 kilo de libros (tendremos que acostumbrarnos a leer en formato digital) y el resto de utensilios de cocina (la cuchara de madera, una sartén, unos platos, etc.).

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En estos primeros quince días voy descubriendo por qué hay tantos viajeros que aman viajar en bicicleta. Yo antes los veía como locos, cómo podía gustarles el esfuerzo físico, el no saber dónde dormir, el no saber cuándo podrán tomar una ducha y así tantas otras cuestiones.

Pero desde este lado los voy entendiendo y compartiendo en sentimientos. Viajar en bicicleta tiene ese “no sé qué”, todavía no encuentro bien cómo describirlo así que tendré que seguir viajando para revelarlo, pero sigo insistiendo que si así son los primeros días, no me imagino cómo serán el resto.