Luego de nuestro primer viaje, reflexionamos sobre qué cosas queríamos modificar cuando volviéramos a las rutas. Situaciones, actitudes, formas de ver las cosas y apreciaciones. Cada uno tenía una lista, mental o escrita, de pequeños desafíos que nos proponíamos a cumplir en busca de sentirnos mejor con nosotros mismos.

Uno de los ítems es poder estar más relajados, sin querer controlar todo lo que nos pueda suceder y dejar que el camino nos sorprenda.

Con esa premisa salimos a la ruta. Sabemos más o menos qué recorrido haremos pero también estamos dispuestos a ir con los cinco sentidos despiertos y en alerta para reconocer las señales que se vayan presentando.

El cuentakilómetros en cero. ¡Comenzó el viaje!

 

El primer día fuimos hasta Mercedes por la Ruta 5. Una distancia de aproximadamente 30 kilómetros que era lo que veníamos haciendo en el entrenamiento por día con un pequeño pero importante detalle: el peso con el que vamos.

“No vamos a salir apurados como la primera vez”, “vamos a hacer bien las cosas”. Frases que nos escuchábamos decir a diario pero debemos reconocer que uno de los errores que cometimos fue no entrenar con el peso que estamos llevando ahora.

Es verdad que eso no nos impidió llegar a Mercedes y seguir avanzando, pero hubiera estado bueno que conociéramos la carga que teníamos unos días antes y no el mismo día. Pero bueno, es parte de la aventura que estamos viviendo y es parte de nosotros hacer estas pequeñas locuras: en octubre de 2012 salimos a viajar en motor home sin saber manejar, en octubre de 2014 nos subimos a unas bicicletas con todo el equipaje sin haber practicado antes.

Entre despedidas, llamados alentadores, mensajes deseándonos mucha suerte terminamos saliendo cerca de las 11 de la mañana.

La primera parada la hicimos a los 4 kilómetros en una estación de servicios. Nos sentamos a comer unos frutos secos, no hablamos mucho entre nosotros. A mí me pasó que no paré un segundo de reflexionar y pensar y sé que a Ale le sucedió lo mismo.

Seguimos pedaleando y llegamos a la entrada de Luján. “¿Ya llegamos? ¿Ya hicimos 15 kilómetros?” No lo podía creer. No fue porque creyera que no lo iba a lograr, pero me di cuenta del error de no haber entrenado con ese peso y que estábamos yendo mucho más lento de lo que acostumbrábamos a ir.

Desde el primer momento escuchamos bocinas, saludos, gritos, vimos pulgares arriba. Personas que en auto o en moto iban a nuestra velocidad preguntándonos hacia dónde íbamos.

Entramos al camping municipal de Mercedes pasadas las cuatro de la tarde. Apoyamos las bicis contra unos bancos y nos sentamos. Preparé mate mientras Ale le daba de comer a Pioja y Pumba que ya estaban fascinadas con el lugar y lo recorrían olfateando todo.

“Llegamos” nos repetíamos una y otra vez. Muy emocionados de haber logrado nuestro segundo objetivo en el día, el primero fue animarnos a salir.

Armamos la carpa, nos acomodamos, hablamos por teléfono con las madres, preparamos la comida y nos empezamos a reír cuando nos dimos cuenta que nos habíamos olvidado de comprar el pan. Ahí aprendimos que antes de llegar hasta el lugar donde nos asentaríamos, debemos comprar lo que creemos necesario.

El segundo destino fue un camping agreste en el Arroyo Los Leones, 8 kilómetros antes de Suipacha. No iríamos por la Ruta 5 sino por rutas internas que nos habían dicho que son de tierra pero muy tranquilas.

Ya para dar con el camino fue todo una búsqueda del tesoro. “Son 5 cuadras y doblas a la derecha”, “vas por allá hasta que te chocas con una tranquera y tomas la izquierda”, “donde termina el asfalto, ahí seguís”. Les habremos preguntado a 10 personas distintas cómo llegar y escuchamos 10 indicaciones diferentes. Ninguna coincidía con las anteriores.

Una vez que llegamos a la ruta ya nos dimos cuenta que no iba a ser fácil. El camino no era de tierra, era de arena. Nuestro segundo día de viaje y entrenamiento y teníamos por delante más de 15 kilómetros haciendo hasta cuatro veces más fuerza para pedalear.

Ese día la pasamos mal pero reconocemos que no peor que cuando llevábamos la vida que no nos gustaba. En este caso era diferente. Mal en el sentido que las piernas nos dolían y cada vez que la rueda de atrás coleaba sentíamos menos fuerza para mantener el equilibrio.

Al mediodía empezó a lloviznar, aprovechamos para almorzar pero después seguimos. Eran gotitas finitas que no alcanzaban a mojarnos pero si nos refrescaban. A los canastitos que reciclamos para llevar a Pioja y Pumba les hicimos un toldo con tela de paraguas para este tipo de situaciones. Apenas se lo pusimos, buscaban la forma de sacar la cabeza afuera. Entendimos que a ellas lo que menos les importaban era mojarse un poco sino disfrutar del paisaje como nosotros.

Si a la arena y a la llovizna le faltaban algo era el viento.

– “¿Algo más falta?”
– Si, lluvia de meteoritos.
– Ojo con lo que decís que nos están escuchando.

Los últimos dos kilómetros nos bajamos de la bici y empezamos a caminar. Ya dudábamos si estábamos yendo por el camino correcto, no habíamos encontrado un lugar donde acampar como alternativa y el humor por momentos era muy cambiante.

Gracias a las horas que se pasó viendo documentales de National Geographic, Ale se dio cuenta que estábamos cerca cuando observo a unas aves descender. “Allá debe estar el arroyo porque mirá cómo los pájaros sobre vuelan el lugar”. Yo internamente me reí y pensaba que el esfuerzo estaba llevándonos a la locura. Pero no, tenía razón. Encontramos que al final del camino estaba el tan buscado puente que nos dejaba del otro lado del arroyo, en la entrada del camping agreste. Nos subimos a la bici y empezamos a pedalear deseando llegar y descansar.

A los pocos minutos y varios mates ya se nos había pasado todo. Otra vez nos sentíamos orgullosos de nosotros mismos por haber llegado.

Al otro día nos quedarían 10 kilómetros que terminaron siendo 5 (no sabemos por qué siempre nos dicen que hay el doble de distancia de lo real, eso nos juega en contra pero ya estamos aprendiendo a manejarlo). Ahí nos dimos cuenta que el camino de arena nos había “comido” las piernas. No hicimos ni un kilómetro y tuvimos que parar, así hasta llegar al centro de Suipacha. Era mediodía y nosotros ya queríamos buscar un lugar donde establecernos y descansar.

Por suerte Franco nos permitió acampar detrás de la estación de servicios y fue súper atento con nosotros. Gracias a que vamos compartiendo nuestro viaje en Facebook, pudimos comunicarnos con Pedro quien nos había cruzado en el camino. Nos escribió y nos encontramos al otro día a la mañana. Trabaja en la otra estación de servicios, nos llenó las botellas con agua fresca, nos regaló un mapa y nos dio un dato que cambió nuestro rumbo: para empalmar con la ruta 188 podíamos seguir por la 5 hasta Chivilcoy y allí tomar el cruce por la 30 hasta Junín.

Con Ale sentimos que debíamos hacer esa ruta así que sobre la marcha modificamos los planes y decidimos que nuestra próxima parada sería en el Parque La Martija a 10 kilómetros de Chivilcoy.

El trayecto por la ruta 5 fue complicado. No tiene banquinas y hay mucho tráfico, sobretodo de camiones. Así que confirmamos que la dejaríamos por un camino más tranquilo.

Cuando tomamos la ruta 30 y pasamos el acceso a la ciudad, frenamos porque yo venía con dolores en la mano izquierda (se me va durmiendo de a poco y ni siquiera puedo apretar el freno). Ahí fue cuando nos cruzamos con Manuel, quien nos contó que es profesor de Educación Física en una escuela rural que está a unas cuadras y nos invitó a su clase a charlar con los chicos y luego compartir una merienda. No lo dudamos ni un segundo por más que nos desviáramos.

Imposible describir todo el conjunto de emociones que sentimos cuando llegamos y los chicos estaban en ronda esperándonos junto a la señorita Valeria.

Fue una experiencia hermosa. Ver las caritas de los chicos escuchándonos contar sobre nuestro viaje y después mostrarles las bicicletas, las alforjas. Pasaron los minutos y entraron en confianza a preguntarnos sobre el viaje, sobre nosotros, sobre las perras… ¡cuántas preguntas tan lindas de responder!

Valeria me sorprendió cuando dijo que nosotros nos tomamos la vida como una aventura y nos animamos a hacer este viaje porque “solo se vive una vez”, en referencia al tatuaje que vio en mi brazo izquierdo. Y eso nos dio el pie para alentar a los chicos a que vivan su sueño sea cual sea. Les preguntamos sobre qué les gustaría hacer de grande y hablamos sobre los libros de cuentos infantiles “Elige tu propia aventura” y cómo cada uno de nosotros es protagonista de su vida y es el que puede y debe elegir qué y cómo vivir.

Nos fuimos felices, la sonrisa nos sobresalía de la cara. Atrás quedaron los dolores y el cansancio.

La idea de generar un proyecto educativo y social la tenemos en mente hace más de un año pero siempre tuvimos dudas en cómo implementarlo. Hoy ya estamos con muchas ganas de poder visitar y compartir nuestro viaje con más chicos.

Así fue como empezamos a dejar que el camino nos sorprenda. Dejamos que las situaciones fluyan y viajamos tranquilos sabiendo que todo se va a ir dando como debe ser.
Mientras estábamos en la escuela pasaron dos ciclistas de la ciudad y entraron a conversar con nosotros y entre Manuel y Valeria empezaron a buscar de qué forma poder ayudarnos. Los cuatro agarraron sus teléfonos y llamaban para contar que estábamos allí y que querían que nos den una mano.

El resultado fue que nos recibieron con los brazos abiertos el Parque La Martija y nos dejaron las llaves del lugar para poder movernos como si fuera nuestra casa. No solo eso, también nos invitaron a la fiesta por el cumpleaños de la ciudad (casualmente coincidió con mi cumple número 30) y nos permitieron mostrar nuestras artesanías y contar sobre nuestro viaje en la plaza principal.

Todavía no podemos salir de nuestro asombro por todo lo que estamos viviendo a una semana de haber salido sabiendo todo lo que nos queda por vivir. De lo único que estamos seguro es que vamos a seguir dejando que el camino nos sorprenda y nos muestre por dónde ir.

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