Dejamos las bicicletas apoyadas en unos bancos que había en la costanera. Los 10 kilómetros que separan Zapallar y Papudo no fueron tan complicados. Las subidas estuvieron bien (sí, me van a leer hablar de las subidas por un largo tiempo). ¿Será porque estábamos inyectados con tanta buena energía de las cosas increíbles que nos fueron sucediendo en la Ruta del Mar?

Apenas hicimos unos pasos, una pareja se acercó a hablarnos. Andrea y Javier, acompañados por su perrita Lisa, quedaron impresionados por nuestra aventura. Ella es de Chile y el de Argentina. Estuvimos más de una hora hablando y compartiendo historias de vida. Nos comentaron que alejándonos un poco del pueblo, por un bosque, podríamos llegar a Playa Los Lilenes, un lugar solitario y tranquilo. La idea nos encantó pero antes teníamos que comunicarnos con José y Tencha.

José se contactó con nosotros a través de Facebook. Vive junto a Tencha y Josefa (su perrita) en Nancagua, al sur de Santiago. Ellos tienen un motorhome y siguen nuestras aventuras desde que nosotros viajábamos en uno también. Habíamos quedado que en algún pueblito de la Ruta del Mar nos encontraríamos y resulto ser Papudo el elegido.

Coordinamos juntarnos con ellos mientras arreglábamos con Andrea y Javier encontrarnos más tarde para ver cómo llegar hasta el lugar que nos habían sugerido.

Como el motorhome no se podía estacionar en la costanera, mientras José lo llevaba a una zona donde si podía hacerlo, con Tencha caminábamos e íbamos hablando. En un momento nos habíamos perdido, bah… no perdido pero no sabíamos hasta donde José podría haber llegado.

Nos quedamos esperando hasta que sea él quien nos encuentre. ¿Por qué estoy contando esto? Porque estoy completamente convencida, viajando más que nunca, que “todo pasa por algo y lo que no pasa, también es por algo” y lo que sucedió a partir de esa media hora que lo estuvimos esperando a José fue algo realmente mágico.

Pasó un ciclista y Ale lo saludó. Cuando me di cuenta, yo hice lo mismo. No había visto las alforjas traseras, Ale sí. El ciclista en cuestión frenó y vino hacia donde estábamos nosotros, justo cuando nos encontrábamos con José.

Se acerca y nos dijo un “hola” que lo delató (ahora sabemos lo que se siente). Matías es de San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires, y vino viajando en bicicleta desde allá. ¿Y qué íbamos a hacer? ¡Por supuesto! ¡Ponernos a hablar!

Había una “pequeña” diferencia entre él y nosotros: ese día Matías había salido de Los Andes. Es decir, llevaba hechos 190 kilómetros. Casi me ahogo con mi propia saliva cuando lo dijo. Pero nos contó que estudia profesorado de Educación Física y que su viaje se caracteriza por superarse día a día en cuanto a cantidad de kilómetros y desafíos.

Se nos pasó el tiempo volando y ya era hora de también ir al punto de encuentro con Andrea y Javier. Así que Ale y Matías irían a encontrarse con ellos y yo iría hasta el motorhome con José y Tencha.

Todavía no sabemos bien cómo, pero después de dos horas estábamos dentro del motorhome: José, Tencha, Andrea, Javier, Matías, Ale y yo acompañados por Josefa, Lisa, Pioja y Pumba. Las únicas que no entraron fueron las bicicletas que quedaron afuera.

Y pasaron las horas y los tres ciclistas nos preguntábamos dos cosas: ¿Dónde íbamos a dormir? ¿Y qué íbamos a comer? Pero nuestros nuevos amigos ya tenían ambas respuestas.

En cuestión de minutos nos organizamos y se prepararon unos ricos fideos con salsa. Y por otro lado, Ale, Pioja, Pumba y yo fuimos invitados a dormir dentro del motorhome, con las bicis incluidas para poder descansar tranquilos, y Mati iría con Andrea y Javi que justo la habitación del hotel donde estaban tenía una cama al lado que no se usaba.  ¡Todos felices!

 

RECUERDOS DE UN VIAJE EN MOTORHOME

 

Cuando vi a los lejos el motorhome se me vino a la mente la imagen del Forastero. Caminaba y aparecían preguntas como “¿Dónde estará ahora? ¿Habrá conocido otros lugares?”

Entré y sentí como una nostalgia. Las diferencias entre uno y el otro son abismales. Sobre todo que al Forastero lo habíamos desmantelado y construido a pulmón nosotros con lo que sabíamos y teníamos.

Nuestra cama estaba situada arriba de la cabina. Nos acostamos y mirábamos el techo (lo teníamos a menos de 50 centímetros de distancia). Con Ale nos pusimos a hablar sobre esto de revivir parte del pasado. De volver a dormir en un motorhome. También recordamos aquella noche en Ushuaia donde fuimos nosotros quienes recibimos a Jime y Andrés de La Vida de Viaje. A ellos, las alforjas y sus bicicletas también, para que puedan dormir tranquilos.

Las bicis de Jime y Andrés dentro de El Forastero. Enero 2013

 

Le conté a Ale que cuando entré, me senté al lado de la ventana del comedor, y que fue inevitable recordar cuando compramos y colocamos la misma para disfrutar cuando volveríamos a viajar en motorhome.

Pero los dos estamos seguros de algo. No estamos arrepentidos del cambio de motorhome a bicicletas. Todo lo vivido desde que salimos a pedalear es tan… tan… increíble que hasta cuesta dimensionarlo y ponerlo en palabras.

 

¿CUÁL SERÁ EL CAMINO A SEGUIR?

 

Uno de los motivos que ocasionó nuestro encuentro con José y Tencha, fue que ellos recorrieron las rutas del norte de Chile y, frente a nuestros comentarios sobre qué ruta seguir que no sea por el medio del desierto de Atacama, nos comentaron que podrían brindarnos información sobre otras rutas que no requieran un esfuerzo extremo como pedalear a más de 4000 msnm y por un clima árido y caluroso.

Estuvimos varias horas viendo mapas, marcando signos de preguntas en donde no sabíamos si el camino se puede hacer en bicicleta, también viendo las distancias entre pueblos para poder planificar bien el tema del agua y la comida de los cuatros.

¡Se nos pasó la tarde volando!

Nos juntamos todos de nuevo (menos Tencha que se quedo con Josefa en el motorhome) y emprendimos el camino hacia ese bosque que se veía desde lejos. El sol ya se estaba escondiendo detrás de un cerro. En esta época no se suele ver el atardecer en el mar, la orientación del planeta hace que sea por detrás de los cerros que llegan hasta la playa.

La idea de Matías era llegar a Papudo, ir hasta el Océano Pacifico, meterse y emprender el camino de vuelta hacia Argentina. No solo no se pudo meter en el mar (por lo helada, no somos los únicos que lo decimos y comprobamos) sino que decidió que al otro día nos acompañaría hasta la Bahía Los Lilenes.

Pero como ya comenté, “después de todo sacrificio viene una recompensa”, en este caso fue al revés. Para poder llegar a Bahía Los Lilenes teníamos que pasar por varios caminos de arena. Si las bicicletas ya son pesadas estando en asfalto… ¡Imaginen lo que es arrastrarlas mientras se entierra la rueda de atrás!

"¡Yo sigo tu viaje en facebook!" Escuchó Ale que se encontró con Telma y su familia. A modo de chiste dijo "mañana nos vemos a la misma hora" y efectivamente, al otro día nos encontramos todos en la costanera. Un bello encuentro.  🙂 

 

Yo fui la más beneficiada, no lo voy a negar. Javi llevó la bici de Mati quien se ofreció a trasladar la mía y Ale con la de él. Yo solo tenía que llevar a Pioja y Pumba para que no sean un peso más.

 

HOME SWEET HOME Y VIDA AL AIRE LIBRE

 

Caminamos como dos o tres kilómetros. Cuando Javi se paró y nos indicó que habíamos llegado, no lo podíamos creer. El lugar era más lindo y mejor de lo que nos habíamos imaginado.

A la vuelta de unos arbustos había un plano con tierra para poder armar las carpas. Estaba unos metros por encima de la playa, lo que nos aseguraba que con la crecida de la marea no hubiera peligro.

Encontramos rastros de lo que fue un espacio para hacer fuego que rápidamente volvimos a construir. No usaríamos nuestros calentadores, prenderíamos fuego con la leña que también abundaba en el lugar. Como si fuera poco, a unos 20 metros teníamos un pozo de agua dulce.

¿Algo más podíamos pedir? Ya sé, la mayoría está pensando en un baño pero les puedo asegurar que la paz y tranquilidad que tuvimos esos días hicieron que sea una comodidad completamente prescindible.

Allí nos quedamos por cuatro días. Nos costaba irnos y hasta hacíamos chistes de cambiarnos el domicilio y hacer una alfombra de bienvenidos.

Durante el tiempo que estuvimos recibimos las visitas de nuestros nuevos amigos. Muy amablemente nos iban trayendo frutas, verduras para que no tengamos que ir hasta el pueblo.

Yo preparaba unas brochetas de verduras a la tarde y los esperábamos al atardecer para prender el fuego y compartir charlas mientras veíamos las estrellas en el cielo. Algo que me llamó la atención es que había varios grupos de ellas que no conocíamos como, por ejemplo, desde las “Tres Marías” sale una línea y forman el “Sillón de San Pedro” (así nos dijeron, tenemos que averiguar) y después nos arrepentíamos no tener cómo reconocer las constelaciones que se aprecian en el hemisferio Sur.

Compartimos todas las noches con Andrea, Javier, Tencha y José alrededor del fogón y alimentando una gran amistad.

Durante el día nos dedicamos a disfrutar. A hacer lo que queríamos. Caminar por las piedras que aparecían gracias a la bajada de marea. A observar cada animal marino conocido y por conocer. Aprender que existen los soles de mar.  Sorprender a algún cangrejito por ahí que se asomaba. Los peces chiquitos que nadaban velozmente. Y las gigantes estrellas de mar que con sus diferentes colores nos dejaban maravillados.

Y el sonido del mar tan relajante. Aquel que nos hacía saber cuando estaba cerca y al que extrañábamos cuando teníamos que hacer fuerza para escucharlo. Esas aguas tan cristalinas que no se dejan disfrutar. Nos íbamos mojando los pies de a poco salvo que fuéramos sorprendidos por una ola.

Conservando mi espíritu infantil, jugaba a que el mar me fuera enterrando los pies cada vez que rompía. Ale también dejó sacar su niño interior pero recreó el clásico juego de la playa: cubrir con arena a alguien y le toco ser víctima a Pumba. Igualmente creemos que le gustaba porque se quedo un buen rato así. Seguramente estaba más fresca que afuera con el sol que nos quemaba.

Llego el momento de decidir cuándo nos iríamos. Si hubiera sido por nosotros, creo que nos quedamos dos semanas más. Pero teníamos dos cuestiones que nos hacían seguir. La primera, y que más nos preocupaba, era llegar a una ciudad para encontrar el medicamento de Pioja (es epiléptica) y el segundo es tener en cuenta que tenemos solo 90 días (si, nos parece muy poco) para poder recorrer todo el norte de Chile.

Coincidimos con Mati en irnos el jueves. Lo loco es que el solo iba a pasar una noche y volver hacia Argentina y ya tenía donde quedarse unos días en Viña del Mar y en Santiago.

Pioja haciendo amistad con Josefa siempre que no le quiera sacar su pelota.

Nos despedimos con un “hasta luego” porque sabíamos (y sabemos) que nuestro encuentro no fue casual y que en esos días de convivencia en un estado casi salvaje (bueno, es una forma de decir) se forjó una linda amistad.

“¿Hacia dónde vamos nosotros?” Muchos coincidían que en La Ligua íbamos a encontrar el medicamento de Pioja porque es una ciudad grande, a comparación de los pueblos que veníamos parando desde Viña del Mar.

Pero para llegar a La Ligua nos teníamos que desviar 20 kilómetros de la ruta que teníamos planeada. Aparte, si realmente es una ciudad grande teníamos que llegar temprano para resolver el tema de dónde poder acampar. Y todo sin tener la certeza de que haya alguna veterinaria que lo tenga en stock.

No nos importó el pronóstico no tan amigable. El próximo destino sería La Ligua y salimos a pedalear con energía positiva y tranquilidad de que todo iba a salir bien.

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