Cuando salimos de Unión, en San Luis, sabíamos que por delante tendríamos un gran desafío. Hasta el límite con Mendoza hay 55 kilómetros donde se encuentra un pueblo llamado Canalejas. Luego hasta General Alvear serían 110 kilómetros donde la mayoría asegura que no hay nada más que monte y campos a los costados de la ruta.

Creíamos que hasta Canalejas llegábamos aunque también lo dudábamos porque en ese trayecto abundan las grandes y largas subidas. Sobre todo había una que nos decían que a veces hasta a los autos les cuesta subir, la loma 20.

Salimos temprano, no tanto como habíamos planeado porque nos quedamos charlando con Gaby y sus hijos en el desayuno. “¿Dónde iremos a dormir? ¿Cuántos kilómetros haremos? ¿Podremos pedalear las subidas? ¿Habrá también bajadas?” Eran todas preguntas que aparecían en mi mente.

La ruta ya nos recibió con una subida leve que nos iba preparando. Un cartel revelaba que por delante tendríamos 155 kilómetros y yo estuve un buen rato tratando de hacer el cálculo mental para obtener en qué kilómetro de la ruta llegaríamos a General Alvear y, 20 kilómetros antes a Bowen.

El paisaje fue el mismo que se repitió a lo largo de toda la ruta 188 en La Pampa y San Luis. En parte me gustaba que así sea porque con las subidas no podía dejar de mirar el piso y mis piernas pedaleando sin parar.

Ufff, esta subida es muy larga. ¿Cuántos kilómetros serán? ¿Por qué él (por Ale) sube más rápido que yo si estamos en el mismo cambio? Debo tener roto algo. ¿Justo ahora tiene que pasar un camión? Pumbita querida, ¿no tenes ganas de pedalear vos? Bueno, es un chiste (me había puesto cara seria el perro). Ya casi, ya casi llego. ¡Qué emoción!”

Y si, con paciencia lo logré. Ale me estaba esperando con una cara de feliz cumpleaños total. “¿Qué le pasa a este loco?” pensé y a medida que me iba acercando entendí el por qué. Una bajada increíble. Por un lado me puse feliz de saber que mis piernas descansarían por un rato pero, por otro lado, empecé a tratar de recordar todos los consejos que los ciclistas me habían dado.

“Frena un poco con el de atrás y otro poco con el de adelante”, “Vas de a poco tocando el freno de atrás, el de adelante no lo toques porque te vas de trompa”, “Intercalas apretando el de atrás y el de adelante”.

Tomé agua, le dije a Pumba: “no te asustes, esto va a ser cómo cuando viajabas en el Forastero y sacabas la cabeza por la ventana”, respiré hondo, me agarré bien fuerte del manubrio y avancé.

Al principio fui tocando el freno de la rueda trasera. Se notaba que Ale no iba frenando porque ya me había sacado varios metros de ventaja.

“¡¡Uhhh, pero qué bueno está esto!!” fue lo primero que dije y solté el freno. Mientras descendía veía como a Pumba se le volaban las orejas para atrás y ponía una cara de estar disfrutando el viento con los ojitos cerrados. Yo me puse a hacer lo mismo pero sin cerrar los ojos porque tenía que estar atenta de que no haya ningún pozo ni que viniera un vehículo detrás.

“Ah pero cómo se mueve la bici, parece que se va a desarmar toda”, “¿Puedo empezar a tocar el freno ahora o es una locura?”, “¿Por qué deje de frenar?”, “Tranquila, pensá en positivo, todo va a estar bien, no va a pasar nada malo, seguí así firme en el manubrio que ya se termina”.

Con el envión ganamos muchos metros y esta secuencia se repitió varias veces. Algunas subidas y bajadas eran más leves que otras. Y en todos aquellos descensos pronunciados que hubo ocurrió lo mismo, en algunos toqué el freno y en otros tomé mucha velocidad. En los que fueron leves me animé a probar de ir tocando el de adelante al mismo tiempo. Era el momento justo para conocer cómo se comporta la bicicleta y de conocerme a mí en esas situaciones que, hasta hace unos meses atrás, no creía posible que yo esté haciendo esto.

La última gran bajada fue increíble. Desde arriba se podía ver el arco que separaba las provincias de San Luis y Mendoza. Estábamos apostando si con el envión llegábamos al límite o no y, en caso de que ocurra, frenáramos a sacarnos una foto con el cartel cuando nos dimos cuenta que los 55 kilómetros los hicimos en casi 3 horas. Un record total para nosotros.

Llegamos al arco y Ale, apodado el “rompe hielo”, volvió a hacer un chiste sobre no poseer licencia de conducir. Eran dos policías, uno con sentido del humor y otro completamente indignado por lo que estábamos haciendo. No paro de decir que estamos locos frente a cada respuesta que les dábamos. Muy dentro nuestro sabemos que cuanto más locos creen que somos, más acertados estamos en la decisión tomada.

Ellos nos comentaron que sería mejor que durmamos ahí, no tanto porque, según ellos, no hay nada en los próximos 100 kilómetros, sino porque antes de llegar a Bowen había un corte de ruta. Cuando estábamos en Unión nos habían mencionado del mismo pero sin decirnos bien el motivo. Hasta ahí, lo único que sabíamos es que reclamaban por el agua.

Cruzamos el arco y del lado de Mendoza encontramos unos asientos para descansar y almorzar. Se nos acercó el policía que controla los autos y se presentó como Raúl. Nos contó que ve pocos ciclistas pasar por esa ruta y se puso a hablarnos de los bellos lugares que tendríamos por delante, nos dio folletos de General Alvear y San Rafael y nos recomendó que no dejáramos de conocer.

Aprovechamos y le preguntamos por el corte de ruta y nos explicó los motivos. Nos dijo que, si bien nosotros teníamos pensado hacer ese trayecto en dos días, muy posiblemente el corte nos detenga. Pero no nos importaba, nos parecía algo totalmente justo y hasta sentíamos que debíamos estar ahí apoyando. Así que guardamos todo y empezamos a pedalear.

Otro dato que teníamos era sobre el control fitosanitario que prohíbe el ingreso de verduras y frutas a la provincia. Nos habían dicho que no se podía pasar nada y fue una sorpresa cuando confesamos que nos había sobrado una cebolla del almuerzo y el inspector nos dijo que no pasaba nada.

Así que, ya saben, si van a ingresar a Mendoza lo que SI se puede pasar es: todas las verduras menos los pimientos (ají, morrón) y de frutas lo que NO se puede pasar son: arandano, cerezas, ciruela, citricos (mandarina, naranja, pomelo), damasco, durazno, frambuesa, higo, kiwi, mango, manzana, maracuyá, membrillo, palta (excepto variedad hass), pera  y uva. (Hay mas frutas que no se pueden pasar, para más información pueden ingresar en: http://www.iscamen.com.ar/)

Seguimos camino y a unos 30 kilómetros (mas precisamente en el km 715) hay una planta de gas y en frente una casa abandonada donde nos habían dicho que podíamos dormir. Llegamos pasadas las cuatro de la tarde.

Fuimos a la planta a pedir agua fresca y Fernando, el empleado que nos atendió, nos recargó no solo las botellas de 1 litro sino que nos pidió las dos de 3lts cada una para rellenar. Es que el día era un poco caluroso y se notaba que hacía varias horas que veníamos pedaleando.

Nos comentó que si no queríamos dormir en la casa abandonada, podríamos armar la carpa al costado del acceso de la planta pero del lado de afuera. Pero no nos parecía seguro, así que fuimos hacia la casa.

Desde lejos la veíamos con desconfianza. Ya con entrar y dar un vistazo, empezamos a dudar de quedarnos, sobre todo porque había signos de que hubo alguien en el día y no sabíamos si volvería.

Regresamos a la planta a preguntarle a Fernando si más adelante había algún lugar donde poder armar la carpa y nos comentó que a los 13 kilómetros hay una estancia y a los 20, de mano derecha, la casa de un matrimonio amable que sin dudas nos dejarían acampar.

Estábamos ahí, con más de 80 kilómetros ya pedaleados, si bien los descensos habían ayudado pero con miedo y nervios por encontrar el lugar donde pasaríamos la primera noche durmiendo en la ruta.

La estancia más cercana estaba con las tranqueras cerradas.

¿Seguimos unos kilómetros más? – me preguntó Ale.
¿Qué otra nos queda? – le contesté con un tono un poco fastidiosa y otro poco cansada.

Mirábamos hacia el cielo, tratando de calcular cuántas horas de sol nos quedaban y al mismo tiempo veíamos como unas nubes muy grises tirando a negras se acercaban.

Cuando ya nos estábamos dándonos por vencidos, apareció la casa en el kilómetro 737. En la puerta se encontraba una mujer de espalda sacando agua de un aljibe. Me acerqué y golpeé las manos para no asustarla. Se acercó con una cálida sonrisa y me preguntó qué necesitaba. Fiel a mi estilo, fui directo al grano.

“Necesitamos un lugar para armar nuestra carpa y pasar la noche. Mañana temprano nos iríamos”.

Se puso contenta y nos invito a tomar mate mientras esperábamos a su marido. Cuando llegó nos indicó que nos pongamos debajo de un techo de paja para protegernos en caso de que se desate la tormenta que teníamos prácticamente arriba.

Cuando les preguntamos sus nombres no lo podíamos creer. ¡Era el matrimonio que nos había recomendado el Pastor Justo en la entrada de Unión!

Como si el viento nos estuviera observando, comenzó a soplar muy fuerte cuando queríamos armar la carpa. Encima el piso era de cemento, así que no podíamos colocar las estacas ni los vientos. Por suerte me iluminé y con la ayuda de ladrillos pudimos sujetarlos.

La noche fue difícil porque la tormenta fue muy fuerte y el techo de paja no estaba en buenas condiciones así que nos caían chorros de agua encima. Además el viento hizo que el sobre techo se pegara a la carpa. Ale estaba muy nervioso y casi no podía dormir hasta que me levanté, lo miré y le dije:

“Amor, lo que tenga que pasar, va a pasar. Calmate, porque no vamos a poder hacer mucho. Poniéndote así no logras nada, solo te cargas de angustia y nervios a vos, a mí y a las perras. Dormite y vas a ver que mañana va a estar todo bien.”

Se ve que soné muy convincente porque al rato se escuchaba (bien fuerte) como dormía.

Al otro día amanecimos con un clima muy frío. Nos reíamos porque cuando el calor no nos dejaba en paz en La Pampa y San Luis nos quejábamos y queríamos fresquito y ahora queríamos el calorcito. ¿Quién nos entiende?

Nos despedimos de Herminia y Ángel y comenzamos a pedalear rápido para entrar en calor. Por delante teníamos unos 50 kilómetros más. O podían ser menos si todavía estaba el corte de ruta.

El frío, el dormir poco y mal nos hacían complicado el pedaleo. Se notaba que no estábamos al 100% y que el record de haber hecho 108 kilómetros en un día había sido algo extraordinario.

Tuvimos como un bajón anímico cuando creíamos que faltaban 5 kilómetros y un cartel marcó 16. “¿Cómo puede ser que falte tanto?” Se nos observaba cansados. Solo queríamos llegar, desayunar bien y descansar.

De repente, cuando llegamos a la cima de una subida, empezamos a ver como un camión, que hacia minutos nos había pasado, estaba detenido en la ruta. Y ahí nos acordamos del corte.

– ¡Amor, ahí está el corte! ¡Llegamos!

Sabíamos que todavía faltaban más kilómetros para el pueblo pero estábamos contentos de llegar de todos modos. Poco a poco nos fuimos acercando y viendo parados a todos los vehículos que nos habían pasado durante la mañana.

¿Qué pasó a medida que nos fuimos aproximando al corte? Lo contaremos en la próxima historia de viaje.

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