Cuando salimos de Junín rumbo a Lincoln hicimos un cambio en nuestra forma de viajar. No solo nos quitamos de encima 6 kilos. Hasta ahora Ale venía atrás mío, a mi ritmo. Eso generaba mucho malestar porque él tiene más entrenamiento y mi baja velocidad lo exigía el doble. A mí también me creaba una sensación molesta porque me sentía presionada a ir a un ritmo que me agotaba más rápido.

Así que probamos de cambiar y el resultado fue muy bueno. Si bien todavía Ale no se anima a alejarse más de 500 metros, hasta ahora venimos viajando los dos tranquilos. Sin tener la presión detrás, pedaleo más rápido y segura porque antes, por el espejo, solo lo veía a él y a Pioja. Ahora veo los autos y camiones y me puedo preparar para cuando nos pasan o calcular para tirarme a la banquina si no hay espacio.

Tenemos otro problema que no logramos resolver: Pioja y Pumba. Las dos quieren ir delante de la otra. Cuando yo iba delante con Pumba se portaba re bien pero Pioja cada tanto se iba quejando. No sabíamos bien de qué hasta que hicimos el cambio y Pumba empezó a hacer lo mismo. Las dos quieren ir en la bicicleta que va adelante, sino se van quejando acorde aumente la distancia entre los dos.

Así viajan Pioja y Pumba, las viajeras de cuatro patas.

 

Todas las veces que el pronóstico indicaba que había probabilidades de lluvia, yo me ponía muy nerviosa y buscaba armar la carpa bajo techo o, como hicimos en Junín, dormir dentro de un vestuario.

Será que me quedó un poco el miedo que entre agua de la experiencia de viajar en nuestro motorhome, El Forastero. Cada vez que llovía teníamos que ir por los rincones buscando goteras y ponerles un tacho. Y también entraba agua por las ventanas del dormitorio y nos mojaba las almohadas o los pies.

En Lincoln acampamos en “El Parque”, un espacio municipal donde los habitantes pueden disfrutar del aire, del sol y del verde. Hemos visto que muchas localidades cuentan con uno y que se promueve el deporte y la actividad física con corredores en las entradas con maquinas para hacer ejercicios como las de los gimnasios.

Nos dormimos viendo las estrellas y nos despertamos con ruido a lluvia en la carpa.

Ale: -“¿Estaba anunciado lluvia?” 
-“No, para nada”
– “¿Pero te habías fijado?”
– “Si, me fijé. Voy a poner los vientos porque nos va a entrar agua”
-“No, deja… no hace falta amor”

Hacía más de dos horas que estaba lloviendo y, por suerte, la carpa resistió. Pero con mi miedo, salí y puse los vientos. De todas formas, no me pude volver a dormir. Es así, qué le voy a hacer, tengo miedo que entre agua a la carpa.

Al otro día nos levantaríamos con ganas de seguir pedaleando y avanzamos hasta General Pinto. Llegamos y nos instalamos en el Parque Municipal Martiniano Charras, otro espacio verde que les brinda a los habitantes la posibilidad de ir y disfrutar de hacer deportes y del aire libre.

Esta vez sabíamos que iba a llover, así que armamos la carpa con los vientos. El sábado nos levantamos y nos comentaron que se avecinaba una importante tormenta. Preguntamos dónde podríamos armar la carpa bajo techo y nos ofrecieron un quincho medio abierto para pasar los días de lluvia y frío.

Cuando estábamos armando la carpa escuchamos unos ruidos en la mesa de pool que había en uno de los rincones del quincho. Pioja y Pumba se pusieron como locas. Creímos que eran ratas y que el olor de las perras no las iba a dejar salir. Por las dudas, ya habíamos planeado guardar todo lo que sea comida dentro de la carpa (como siempre hacemos).

A la tarde tuvimos una grata sorpresa: no eran ratas… ¡Era una gata con sus gatitos dentro! Como era del parque y estaba acostumbrada a estar rodeadas de perros, ella salía cada dos por tres. Durante nuestras estadía le estuvimos dando de comer y tomar agua. Los cuidadores del parque nos dijeron que era de allí y que sabían que había dado a luz dentro de la mesa.

Aprovechamos para descansar y seguir acomodando las cosas que van dentro de cada alforja. También empezamos a hacer una lista con las cosas que se irán en la próxima encomienda a Buenos Aires.

Cuando la tormenta pasó nosotros ya estábamos listo para salir a pedalear pero hubo un pequeño, y fuerte, detalle que no tuvimos en cuenta: el viento.

Ya con solo tomar la ruta 188 vimos que el camino por delante iba a tener su complicación. Soplaba muy fuerte desde el oeste, o sea, completamente en contra. “¿Qué hacemos? Porque tenemos 30 kilómetros hasta el siguiente pueblo y en el medio no hay nada. Después otros 30 kilómetros hasta Ameghino.” Y seguimos, íbamos a pedalear más lento pero avanzaríamos.

¿Qué te puede suceder en 60 kilómetros?

 

Cómo dije, en un momento sentíamos que el viento nos iba a volver locos. Ya venía en el cambio más liviano y de repente tenía una subida delante de mí.

-“Che, necesito más cambios livianos”.

Ya nos estamos acostumbrando a decirnos chistes en esos momentos. Comprobamos que con una sonrisa en la cara, las adversidades se superan mejor.

Paramos a tomar unos mates y descansar. Habíamos hecho 15 kilómetros en 2 horas y media. ¿Recuerdan cuándo dije que seguramente iban a aparecer otros miedos que solo la experiencia de viajar me los iba a dar?

Lo que me sucedió fue algo que no teníamos en mente: rompí el pedal izquierdo. ¿Cómo hice? No sé, no pregunten cómo ni qué pasó porque no lo puedo explicar. Simplemente se rompió y, como era de esperarse, no teníamos repuesto.

Busqué cómo acomodar el pie y seguimos. Ale tuvo un cambio de humor repentino y empezó a maldecir. Yo intenté calmarlo y le dije que prefería que se me rompa el pedal y no el pie, por ejemplo, y que poniéndose de esa manera no iba a hacer que se arreglara. Si se había roto, por algo era y solo había que esperar para descubrir el para qué.

Llegamos a Coronel Granada, mitad del camino, y aprovechamos para almorzar y descansar. Eran las tres y media de la tarde cuando yo ya estaba buscando dónde armar la carpa cuando Ale me dice que el viento cambió y soplaba más leve.

– “Quedan 30 kilómetros hasta Ameghino. ¿Seguimos?”

Como se estarán imaginando, volvimos a la ruta. ¿El viento nos dejó seguir? Un poco más rápido pero nuestras piernas ya estaban casi agotadas de la mañana.

Mientras estamos en la ruta es muy común que los camiones y autos e incluso motos nos toquen bocina y nos saluden. Pero durante esa tarde fue la primera vez que una camioneta bajó la velocidad y se puso al lado de Ale. Lo que entendió fue que le dijo: “vamos chicos, los sigo desde Chivilcoy”.

“¡Qué loco esto que generamos! ¿No amor?” Hasta ahora sentimos que todas las bocinas son de aliento.

En un momento veo que Ale frena, vuelve hacia atrás y levanta algo del piso. Me acerco y lo veo con un paquete de polenta en la mano. Estaba cerrado. Me mira y me dice:

– “Con esto compensamos lo del viento, ¿no?”
– “Con esto quedamos 2 a 1. ¿Qué compensará lo del pedal?”

Cuando entramos a Ameghino yo sentía las piernas duras. Me dolían como nunca. Paramos en el paso a nivel del tren a preguntar dónde podríamos armar la carpa porque en la estación de servicios no se podía.

En ese mismo momento, una camioneta blanca se para detrás nuestro. ¡Era quien nos había gritado en la ruta! Resulto ser Carlos, uno de los ciclistas que nos cruzamos mientras nosotros estábamos compartiendo una merienda con los chicos de la escuela rural. Nos preguntó qué necesitábamos y le comentamos que teníamos que buscar dónde dormir y nos dijo: “síganme, que algo vamos a encontrar”.

Eso hicimos y lo que siguió a continuación fue algo mágico. Pero se los contamos en la próxima publicación porque lo vivido en Ameghino lo merece.

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