Habían transcurrido menos de cinco minutos desde que habíamos cruzado el límite y nos encontrábamos en suelo mendocino cuando lo primero que nos dicen es: “tienen que ir a recorrer el circuito de Valle Grande, el Cañón del Atuel y el embalse El Nihuil”.

El policía que se encargaba de controlar los vehículos que ingresaban nos dio una revista con todo lo que uno puede hacer y conocer en San Rafael y solo ver la portada nos enamoró. Mientras comíamos fuimos hojeándola de adelante hacia atrás y viceversa. Solo se escuchaba “¡miraaaaá! ¡Qué lindo!”, “uhhhh, lo que debe ser estar ahí”. Las fotos nos hicieron confirmar la invitación a recorrer esos lugares.

Cuando estuvimos en el corte de ruta, las personas de Bowen que se acercaron a hablar, siempre mencionaban este circuito. “Es hermoso pero…” y ese pero significaba que iba a ser difícil hacerlo en bicicleta o que no nos veían preparados físicamente para hacerlo y no estaban tan equivocados. No damos esa imagen de ciclista entrenado y lo admitimos.

Por suerte nos cruzamos con varias personas que nos recomendaron hacerlo al revés. La mayoría va de San Rafael a Valle Grande y de ahí recorre el Cañón del Atuel hasta llegar al embalse El Nihuil. El motivo de hacerlo de esta forma radica en que así tendríamos solamente dos grandes cuestas en el trayecto y no tres más un tramo largo de subida constante. No lo dudamos ni un segundo y decidimos hacerlo al revés.

Muchos nos preguntaron el nivel de dificultad que tiene este circuito para hacerlo en bicicleta. La realidad es que no nos sentimos quienes como para decirle a alguien si puede o no hacer algo. Aprendimos que viajar en bicicleta es más una actitud. Si estás seguro que vas a lograrlo, el cuerpo responde a límites que no creerías.

Nosotros tuvimos una favor: en San Rafael nos guardaron la mitad del equipaje que traemos. Así que hicimos este circuito con menos peso del que acostumbramos a viajar. Esto también nos hizo reflexionar sobre las cosas que sabemos trajimos “por las dudas”.

¿Las subidas son muy duras? Si. No les vamos a mentir. A nosotros muchos nos dijeron que la cuesta de los terneros es una subida empinada pero que muchos ciclistas van y viene a El Nihuil y Cañón del Atuel en el día como entrenamiento. Que nosotros, como llevamos “un poco más de peso”, capaz al final de la subida nos bajábamos y caminábamos.

Para empezar, una vez que salís de San Rafael y pasas por Cuadro Benegas el camino parece una recta pero es una subida leve. El paisaje varía, al principio es de viñedos de un lado a otro de la ruta. Luego, cuando comienza a hacerse más empinada la ruta, cambia totalmente y se observa la realidad: Mendoza tiene un clima desértico, el hombre hizo que hoy sea un oasis.

En la primera gran subida creímos que esa era la cuesta  de los terneros. ¡Qué ilusos! Estábamos re contentos con nuestra hazaña hasta llegar al cartel que nos avisaba que desde ahí comenzaría la verdadera cuesta de los terneros.

Hicimos el intento de subirla en el cambio más liviano pero, entre lo empinado que era, las curvas y contra curvas sumado que era el mediodía y el sol lo teníamos justo encima de las cabezas dio como resultado que fui la precursora de la pareja en bajarme y empezar a caminar y empujar la bicicleta.

Mientras subíamos llegamos a una conclusión: una cosa son los ciclistas que entrenan, con bicicletas de aluminio o carbono y que no llevan peso más que su propio cuerpo y otra cosa somos nosotros, con bicicletas de acero de cromo, con un peso de alforjas entre 35 y 45 kilos más los 7 de cada perra. Aparte de que no entrenamos, solo hacemos el esfuerzo por el placer de viajar.

La bajada nos dejo un sabor a poco. Casi cinco kilómetros (o un poco más) que no lograron satisfacer el esfuerzo físico de la subida. Lo que nos hizo olvidarnos y recuperar energía fue cruzarnos con tres extranjeros (dos franceses y un suizo) recorriendo nuestro país en auto. Nos quedamos un buen rato hablando.

Eran casi las tres de la tarde y sentíamos que hacía un día entero que estábamos pedaleando. Lo peor era saber que teníamos por delante más de 40 kilómetros sin saber realmente cómo era el desnivel del camino, si había más subidas o bajadas, porque la mayoría nos dijo que era plano y nada más lejano de la realidad.

Llegamos a El Desvío cerca de las seis de la tarde. En ese punto se bifurca la ruta, la que va hacia el sur es la Ruta 40 que te lleva a Malargüe y la otra que, tras 22 kilómetros, nos lleva a El Nihuil. Allí hay un local donde venden provisiones, suvenires y artesanías. Nos tomamos una bebida de esas que beben los deportistas y seguimos viaje. La verdad que estábamos asombrados, fue la primera vez que ingerimos una de esas bebidas y nos sentíamos completamente recuperados.

También ayudó mucho que durante los primeros kilómetros no tuvimos que pedalear. Teníamos viento a favor y la ruta tiene una bajada leve. Ese trayecto fue muy lindo porque mientras pedaleábamos teníamos a nuestra derecha el sol anaranjado jugando a las escondidas con las montañas y a la izquierda la luna llena con un celeste fuerte de fondo. Agradezco lo solitaria que es la ruta porque durante muchos minutos me la pasé mirando de un lado para otro.

Llegamos. ¡Qué felicidad! Casi las nueve de la noche. Si bien dijimos que intentaríamos no arribar a un lugar cuando estuviera oscureciendo, en este caso fue diferente porque sabíamos que teníamos un lugar a donde ir.

Abrimos la puerta de la casa de la familia Rodríguez y entramos. Caímos en la cuenta que estuvimos casi 12 horas en la ruta y más de 8 horas pedaleando. No sabíamos qué hacer primero, si bañarnos, si comer o simplemente acostarnos y dormir. Decidimos primero avisar que llegamos bien y luego todo los demás en ese orden.

Después de 24 horas de estar acostados, literalmente, fuimos a recorrer el pueblo y el embalse. Fue una tarde hermosa porque por primera vez vimos como Pioja y Pumba disfrutaban de jugar en el agua y hasta de animarse a nadar.

Nos pasamos horas caminando al borde del agua y viendo el paisaje. Lo mejor está cuanto más te alejas del embalse. Por momentos vas a refregarte los ojos creyendo que las montañas terminan en el lago.

Lo más gracioso nos sucedió caminando por el pueblo. Las personas nos saludaban y nos preguntaban si éramos los chicos de las bicis. Acto seguido escuchamos comentarios del tipo: “Si, yo los vi cuando venían para acá… pensé que no iban a poder subir la cuesta de los terneros”, “Ustedes están re locos, venirse por esa ruta en bici y con este calor”, “sabes que iba a frenar y decirles que los traía en mi camioneta pero después me di cuenta que tenían cara de aventureros y que tarde o temprano iban a llegar”. Este último es el que más nos emocionó.

Muchos nos habían hablado del Cañón del Atuel con sus paisajes increíbles pero también sus subidas y bajadas que daban vértigo. De hecho, lo hicimos al revés por consejo de varios para tener que solo sufrir una gran subida de 6 kilómetros casi al final del recorrido.

Salimos temprano. Por delante teníamos 40 kilómetros, poca distancia y más si mucho del trayecto no íbamos a tener que pedalear por los descenso, creíamos que al mediodía estaríamos llegando a Valle Grande.

Al principio fue difícil porque el primer tramo es de arena tipo médano. Es cortito, será como mucho un kilómetro pero estuvimos todo el trayecto deseando que no sea así el camino porque si no íbamos a sufrir más que la cuesta de los terneros. Después es camino de ripio, en muchas partes suelto que te puede hacer colear la rueda trasera. Así que, por más que las bajadas estuvieran buenísimas, teníamos que tener cuidado.

Llegamos a la parte donde comenzaban las bajadas bien pronunciadas. No voy a mentir, me dio muchísimo miedo y empecé a tener taquicardia. ¿Eso tenía que bajar en bicicleta? ¿Con el precipicio de costado? ¡Están locos!

Si están lamentándose de no haberte estado allí para ver mi cara y reacción, quédense tranquilos que Ale supo grabar el momento exacto en que nos encontrábamos con esa súper bajada, aunque en el vídeo no se aprecia bien.

 

Para ese entonces ya sabíamos que íbamos a tardar más de lo que planeamos porque acá segundo parábamos a sacar fotos, a grabar, a solamente cerrar los ojos y escuchar el sonido del lugar: del recorrido del Río Atuel, los pájaros, los ruidos entre los pastos que nunca descubriremos quién o qué los provoca.

Si bien sabemos que es un paisaje que tiene mucho que ver las manos del hombre, el lugar es muy lindo. Mirar hacia el cielo y ver esas paredes interminables del cañón. Sentirte tan pequeño o, mejor dicho, como lo que somos: una parte de ínfima de un todo.

Durante todo el trayecto a lo largo del Cañón del Atuel, antes de la subida, surgieron varias reflexiones con respecto a viajar en bicicleta.

A la vuelta de una curva, lo veo a Ale haciéndome señas de que avance sin hacer ruido (tarea complicada viajando en ripio y con un perro que no acepta que la otra viaje delante de ella). Me acerco y trato de buscar lo que él estaba observando. No lo podía ver a simple vista hasta que Pumba empezó a llorisquear, delatando que algo extraño vio. Afiné la vista y las encontré. Una familia de chinchillones (en ese momento no sabíamos que eran, solo mezcla de ardilla y conejo) mimetizadas con el color de las rocas.

Cuando decidimos dejarlas en paz, vemos como dos o tres cóndores vuelan encima de nosotros. Creíamos que eran cóndores, después nos enteramos que son jotes.

Un momento que no olvidaremos es la primera caída de Ale. Fue todo tan en cámara lenta. Yo de atrás vi como primero le coleo la rueda trasera y la delante mordía una piedra enorme. De a poco la bicicleta se inclinaba hacia la derecha haciéndose que Ale pierda el equilibrio. Apoyo rápido el pie derecho en el piso pero el peso o la velocidad hizo que se le doblará y terminara vencido en el suelo.

Pioja no llegó a golpear el suelo. Por el contrario, vi como se fue deslizando de a poco hasta comenzar a caminar. Maldigo no haber tenido una cámara encendida para grabar el momento en que fue a buscar su pelota y a mitad de camino escucho a Ale quejarse del golpe y dudo por segundos ir por su juguete o por él. Finalmente decidió ir a llenar de besos a Ale.

Pasamos la tercera usina. Eso significaba que la gran subida gran estaba por comenzar. Vamos a decir la verdad, por momentos dudábamos de si era como nos habían dicho porque con la cuesta de los terneros no fue lo que realmente describían. Pero nos equivocamos.

No habremos hecho ni 200 metros y nos bajamos de la bicicleta. Para colmo, eran más de las doce del mediodía y el sol nos partía la cabeza. La subida era curva y contra curva, la llamada “ruta caracol”. Cuando creíamos que íbamos por mitad de camino, más de dos kilómetros, encontramos una piedra con la única sombre de toda la ruta. Si bien yo no le tenía confianza porque se notaba que era una roca que se había caído de la cima y que quedo ahí, parada gracias a la gravedad, apoyamos las bicis y nos sentamos a tomar agua temperatura te y comer algo.

¿Cuánto más quedará por subir? ¿Estaremos cerca o muy lejos? ¿Volvemos y acampamos para hacer este tramo más temprano y descansados?

Un montón de dudas mientras vimos como una moto comenzaba a subir. “Cuando llegue le preguntamos si sabe cuánto falta para terminar de subir”. Pasaban los minutos y nada. Yo, reconocida bruja (de las “buenas”) le digo a Ale: “Seguro se le rompió la moto”. Minutos después vemos al motociclista arrastrándola. Nos pregunto si se podía quedar con nosotros hasta que baje la temperatura de la moto, como si la sombra era nuestra, y nos pusimos a hablar y calcular cuánto faltaba para terminar la ruta en ascenso.

Pasada una hora de descanso volvimos a encarar el desafío. Fue muy duro. Seis kilómetros que tardamos cuatro horas en recorrer. Cuando creíamos que ya se terminaban las cuestas aparecían tres más. Hasta que por fin tocamos el asfalto, señal de que empezaba la bajada hacia el Valle Grande.

Desde arriba se podía apreciar el paisaje del embalse de Valle Grande. Lamentamos haber llegamos a las cinco de la tarde, súper cansados, fastidiosos con el sol, queriendo tomar agua fresca a cualquier precio. Y no sabíamos que íbamos a descender tanto, sino nos hubiéramos quedado más cerca porque estábamos tan cansados que no podíamos volver a subir para disfrutar más del lugar.

Aparte de pasarnos horas con los pies en el Río Atuel viendo tanto el amanecer como el atardecer, en Valle Grande teníamos dos grandes planes imperdibles:

El camino de Valle Grande hacia San Rafael lo hicimos durante la siesta para evitar el tráfico del fin de semana largo. No nos importaba ni el calor ni el sol. Íbamos repasando día a día la última semana vivida. La conclusión fue que todo el esfuerzo que significó el recorrido valió la pena. Por los paisajes, por las personas que nos cruzamos, por lo que vivimos, por las nuevas experiencias y por tantas cosas que a veces cuesta poner en palabras.

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