Abrí la carpa y vi el cielo azul. Me refregué varias veces los ojos hasta creer lo que estaba viendo. No es exagerado, veníamos de más de diez días de cielo con tonos grises y oscuros.

Quedaban 20 kilómetros para llegar a Rio Grande do Sul, la primera ciudad que visitaríamos de Brasil.

Llegamos a la bicicleteria de Marcos, quien nos estaba esperando desde que salimos de Chui. Su español es bastante bueno pero nosotros le pedimos que hable en su lengua materna. Queremos aprender a hablar en portugués, aunque no vamos a negar que veníamos deseando encontrar alguien que hable los dos idiomas como para hacerle preguntas.

Marcos llamó al Cuartel de Bomberos para preguntar si podían recibirnos. Él nos comentó que los cicloviajeros siempre son bienvenidos, pero tenía que preguntar si Pioja y Pumba también lo serían. Cuando colgó el teléfono, una sonrisa de oreja a oreja lo delató.

Pero el destino tenía otro plan preparado.

Cada persona que entraba en la tienda se ponía a hablar con nosotros. Pero Fernando fue diferente. Cuando escucho que teníamos que arreglar los dos (o aunque sea uno) de los cierres de la carpa, le dijo a Ale que suba a su auto que lo llevaría a comprarlos y que su vecina es costurera y él se encargaría de conversar con ella.

Además, nos invitó a su casa a descansar unos días. Así, sin conocernos. Nosotros no podíamos salir del asombro. Y como si fuera poco, su pareja era profesora de español. ¡Un gol de media cancha! 

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Nos pudimos poner al día con el tema del lavado de ropa y fue una máquina la que se encargó (doble gol de media cancha). La carpa quedó lista con sus dos nuevos cierres en apenas dos días y, gracias a Marcos, las bicis recibieron un service express.

Pero más cosas estaban destinadas a suceder.

A causa de la lluvia, se hizo difícil poder ofrecer nuestras artesanías donde parábamos y la billetera cada vez se hacía más delgada.

No nos preocupaba del todo. Sabemos que el camino siempre nos va sorprendiendo.

Era una lista con las cosas básicas. Llegué a la caja y esperé mi turno. Un señor me preguntó si yo era la que viajaba en bici. ¡La cara de asombro que debo haber puesto!

Me explicó que él era el bombero que había recibido la llamada preguntando si nos aceptaban a los cuatro en el Cuartel y me dijo que se lamentó que no hayamos ido.

En ese momento, sentí ganas de obtener el poder de dividirme en más de una persona para poder de disfrutar todo. Pero también comprendo que lo que sucede, es porque así debe ser.

Un hombre me preguntó de dónde éramos y hacia dónde íbamos. ¡Él también puso cara de asombro!

Me despedí del bombero. Una a una las cosas fueron pasaron por el lector. Cuando la cuenta llegó a 50 reales hice la seña de que hasta ahí llegaba. Mientras acomodaba lo que dejaba, se acercó el señor y sucedió algo mágico.

“Eso también lo vas a llevar” entendí que me dijo.

Yo, que andá a saber dónde estaba mi cabeza, pensé que me estaba instando a robar las cosas del supermercado. Le expliqué que no podía y el siguió insistiendo hasta que todo aclarado cuando mencionó que es el gerente de la tienda y quería contribuir con nuestro viaje.

Al salir con tantas bolsas, Ale no entendía cómo había hecho. Cuando le expliqué,  se sumo al grupo de “las caras de asombro”.

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Es así como el camino nos va regalando tantas sorpresas que, en los momentos más difíciles, solo basta con recordar cada anécdota para que una sonrisa invada mi rostro.

Al otro día, a pesar de los pedidos de que nos quedemos hasta que pase el pronóstico de una nueva tormenta, decidimos salir igual.

Teníamos que llegar hasta el puerto para tomar la balsa que nos dejaría en Sao Jose do Norte. Pero si creíamos que íbamos a simplemente cruzar la ciudad, estábamos muy equivocados.

Primero escuchamos como nos decían “Bem vindos a Brasil”, luego vimos como frenó su kombi y se acercó hasta la ciclovía para que frenáramos. En su mano traía dos paquetes de dulce de Gobaiada para regalarnos.

Más adelante, un periodista también nos cruzó y quiso conocer de nuestro viaje. No solo eso, sino que nos dijo que iba a hablar con los encargados de la balsa para liberarnos del pago de la misma. ¿No es todo tan mágico?  😀 

Subimos a la balsa y nos acomodamos. No sabíamos cuánto iba a tardar el cruce pero más o menos creíamos que una hora.

Con los trabajadores de la balsa compartimos sonrisas y miradas picaras todo el tiempo. Querían acercarse a hablar pero no podían desatender su trabajo.

A la mitad del trayecto, un operario nos preguntó si queríamos tomar café. Con un día gris y frío más el viento del río, lo hacían un plan perfecto.

Pero antes de poder saborearlo, apareció la pregunta del millón. “¿Pele o Maradona?” Antes de responder, nos aclararon que si optábamos por Maradona, no habría café. Así rompieron el hielo y nos reímos durante un buen rato.

Es que nada más lejos de la realidad aquellas frases que alimentan un supuesto “odio” entre los habitantes de un país al otro.

Lo único que nos separa, y nos une al mismo tiempo, en el caso de Brasil, es la pasión por el futbol. Pero hasta por ahí nomás, porque también es mentira que a todos los brasileros les gusta el futbol (lo mismo en Argentina).

Habrá alguno que tuvo un problema con un argentino y, al generalizar, demuestre poco simpatía. Pero les puedo asegurar que, hasta ahora, es todo lo contrario a lo que uno imagina (o nos enseñan a imaginar).

Cada día estoy más contenta de haberme despojado de los miedos y elegir Brasil para recorrer y conocer. ¡Y eso que recién empezó este viaje!  😀 

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