Punta Arenas

Antes de salir de la Isla, nos comunicamos con Paulina Novoa, quien vive en Punta Arenas y encantada estaba de recibirnos.

A 15 km de llegar a Punta Arenas, el Forastero se apagó, justo en una parte donde había banquina (hacia kms que veníamos buscando una y no encontrábamos). Sabíamos que podía estar ocurriendo: falta de gasoil. Como no funciona el medidor de gasoil del tanque vamos haciendo cuentas, si bien, según nuestros cálculos nos quedaba gasoil para llegar tranquilos a destino, el tema del viento en contra en el sur nos hace tener márgenes de error. ¡Este fue uno muy grande!

Pusimos nuestra maderita medidora y, efectivamente, no teníamos gasoil. Así que usamos uno de los bidones de reserva que llevamos. Hasta ahí, creíamos que el problema estaba resuelto, pero no. El Fora no quería arrancar, pero Ale recordó el consejo que le dio un camionero en el viaje: “si te quedas sin gasoil, al lado del motor  tenes un botón blanco que lo bombeas un rato para sacar el aire que le entró al vasito por falta de gasoil”. Y así fue lo que hizo y, tras varios intentos, ¡¡el Fora arrancó!!

Llegamos a Punta Arenas y nos comunicamos con Pauli. Estacionamos el Forastero frente a su casa y pasamos 10 días geniales con ella, su novio “El Mono” y su cachorro “Tobas”.

Paulina nos dijo de vender nuestras artesanías, pero nosotros teníamos la idea de que no íbamos a poder por ser extranjeros. Después recordamos que la mayoría de los viajeros mantienen su viaje vendiendo sus artesanías y siendo extranjeros! Así que, ¿Por qué no íbamos a poder?

Justo el fin de semana que nos toco fue el mejor de toda la región en cuanto a clima. Es que en el sur de Chile no se acostumbra que, incluso en verano, se superen los 20 grados. Nos estacionamos en la costanera y de a poco la gente empezó a acercarse y preguntarnos por el viaje y, lo que ya nos acostumbramos a escuchar… ¿¡HASTA ALASKA!?

Una cámara de televisión pasaba por la costanera haciendo reportes a las personas para una broma a uno de los conductores y terminaron haciéndonos una nota a nosotros e invitándonos al programa en vivo el lunes a la tarde. Todavía no tenemos la grabación, pero en cuanto la tengamos, la subimos. Como así también una nota para el diario que todavía no salió.

Las ventas fueron buenas y, aprovechando la zona franca, nos abastecimos de comida para el viaje.

De a poco dejamos de sentirnos “extraños” estando en otro país, si bien en todas las conversaciones aparecían las típicas preguntas “¿qué es eso?”, “¿cómo le dicen ustedes a …?”, “¿qué quiere decir eso?” y hasta Ale preguntó “¿Cuándo se tiene que decir “po” y “ia”?”. Esto es lo bueno del viaje, aprender, aprender y aprender. ¡No nos cansamos nunca de aprender!

Salimos de Punta Arenas rumbo a Puerto Natales. En un principio íbamos a salir el 25 de enero pero, gracias a la despedida que nos hicieron los chicos, los postergamos y salimos el sábado. Es que un 25 de enero de 1997 a las 20hs transité con mi familia por esa ruta y tuvimos un accidente. Fue duro volver a pasar por esa ruta después de 16 años y prefería no pasar el mismo día.

Puerto Natales

 

Llegamos a Puerto Natales y estacionamos en la costanera. Un hermoso paisaje teníamos ante nuestros ojos.

Nuestra estadía fue de dos días, porque la idea era averiguar para ir a las Torres del Paine. El problema era que con las cargas de gasoil que tuvimos que hacer se nos fue de presupuesto el poder visitar el parque, pero ya que estábamos ahí. ¿Cómo íbamos a irnos del sur de Chile sin intentar ingresar?

Primero fuimos a visitar “La Cueva del Milodon” sabiendo que no nos alcanzaba para pagar las dos entradas ($4000 chilenos cada uno = U$S 8 c/u), pero luego de hablar y contarle del viaje al guardaparque logramos que nos haga un descuento y pagamos solamente una entrada y al precio nacional ($2000 chilenos). Lo que la mayoría visita es la cueva grande, nosotros aprovechamos y recorrimos el mirador, la cueva mediana, la chica y la Silla del Diablo.

 

[Reflexión: ¿por qué todo es “del Diablo”? En el caso que Dios creó todo, no debe ser divertido que le pongan el nombre del contrincante. Ale dice que es porque vende más que se llame así.]

El guardaparque nos dijo que la entrada al Parque del Paine estaba concesionada por una empresa privada y que iba a ser imposible que nos hagan un descuento. Pero que en tal caso, vayamos hasta la entrada de la Laguna Amarga porque se ven mejor las Torres desde ahí que desde la puerta de la Administración. Así que nos fuimos hacia Cerro Castillo, así a la vuelta ya pasábamos por ese paso fronterizo.

Cerro Castillo

En Cerro Castillo llegamos  y preguntamos a los bomberos donde podíamos estacionar para pasar la noche. Nos indicaron a un costado del anfiteatro. Salimos a caminar para conocer el pueblo y ver si había una oficina de turismo para consultar sobre el parque, pero ya estaba cerrada.

El viento, como es de costumbre, nos azotó toda la noche y a mí no había forma de sacarme de la cabeza de que las ráfagas nos podían dar vuelta el camión.

Al otro día fuimos a la oficina de turismo para hablar del tema del ingreso a las Torres del Paine. Quien nos atendió nos hizo la misma observación que el guardaparque: que la entrada está a cargo de una empresa privada y que iba a ser difícil pero que vayamos igual.

También nos recomendó que fuéramos por Laguna Amarga para ver las Torres desde más cerca pero que si salíamos a la tarde nos convenía que, antes de ir a la portería/entrada, tomemos el camino que se abre a la derecha y que nos lleva hasta la Laguna Azul. Así, si no podíamos ingresar, por lo menos veíamos las Torres desde dos perspectivas diferentes.

Contrario a lo que nos había dicho, desde Cerro Castillo hasta el ingreso hay 25km de asfalto y el resto es de ripio, así que cargamos agua caliente y salimos.

Todavía no sabemos si fue por un problema de interpretación o de mala memoria o de un poco de ambas que no doblamos donde debíamos doblar, y tras haber hecho 17km de mas, llegamos al reten de carabineros del Cerro Guido. Lo gracioso fue que cuando el carabinero se acerco, Ale le dijo “esto pasa cuando le hacemos caso a ellas” y él le contesto mientras mira el volante “¿pero quien conduce?” al mismo tiempo que se reía… ¡un capo! O como dijo Ale “¡un pollerudo!”.

Nos dimos cuenta que agarramos el camino correcto porque veíamos las torres cada vez más cerca. Frenamos en el mirador del Lago Sarmiento y bajamos a tomar fotos y estirar un poco las piernas. Todo muy lindo hasta que decidimos entrar para seguir camino y la puerta no abrió: “Amor, dame las llaves que quedo mal la cerradura y no abre”, “no tengo las llaves yo”… miro hacia adentro y las llaves estaban puestas… ¿Qué hacemos?

La puerta del lado de Ale también estaba cerrada y con las dos llaves a falta de una. Vamos a reconocer que nos desesperamos más cuando quienes se acercaban a intentar ayudarnos nos decían “van a tener que romper un vidrio”… ¿Cómo vamos a romper un vidrio?

Ale estuvo pensando y buscando y maldiciendo y pensando y maldiciendo y buscando encontró con que hacer palanca y forzar el sistema de seguridad de la ventana. Cuando esta cedió y abrió sentimos un alivio terrible, tanto que Ale se desplomó de la fuerza que hizo.

Seguimos ruta y llegamos a la Laguna Amarga. No bajamos hasta el estacionamiento porque es de arena y seguro que nos íbamos a encajar con el Fora, pero caminamos hasta la orilla. Ale probo el agua que, para su gusto, no debería llamarse “amarga” sino “salada”.

A orillas de la Laguna Amarga con las Torres del Paine detras.
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A orillas de la Laguna Amarga con las Torres del Paine detras.

Tal como nos habían indicado, tomamos el camino que se abre a la derecha para ir a la Laguna Azul. En el camino se encuentra el mirador de una cascada del Rio Paine.

El camino tiene varias subidas y bajadas por ir cruzando los cerros. El Fora se porto bien siempre, en las subidas muy pronunciadas había que poner la primera de fuerza pero subía sin problemas. Al que le costo fue al conductor que en una subida creyó que no hacía falta poner el cambio bajo y casi llegando al final se quedo sin fuerza. La cuestión estaba en que con un pie apretaba el freno, con el otro el embriague pero no podía soltar el freno para pisar el acelerador. me miro a mi que estaba al borde del llanto creyendo que nos íbamos a caer al precipicio y me grita “apreta el acelerador o nos caemos” como si eso ayudara, pero a pesar del pánico me levante, pise el acelerador y poco a poco fuimos subiendo. ¡Como si no hubiera sido suficiente lo de quedarnos afuera!

Llegamos a la Laguna Azul y preguntamos si podíamos pasar la noche ahí. Nos dijeron que si, que como el camping no tiene concesión hace dos años, no tiene costo pernoctar. Le contamos de nuestro problema para pagar la entrada y nos dijo lo mismo: “es una empresa privada la que recauda, pero vayan igual, a lo mejor tienen suerte”.

 

 

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