Nunca imaginé estar escribiendo palabras de despedida o, como preferimos decir, un hasta siempre Forastero. Siempre dijimos que iba a ser parte de nuestra familia y cuando fuéramos mayores de edad estaría en el fondo de nuestra casa para que lo vean los nietos mientras les contáramos las mil historias de nuestro viaje por las rutas del mundo.

En estos momentos me encuentro en la mesa que construimos y miro a través de la ventana del living que pusimos soñando con estar estacionados en alguna costanera de un río, lago, laguna o mar, tomando mate, comiendo o haciendo artesanías.

Me levanto, voy a la cama que hicimos más alta para poder ver por las ventanas estando aun acostados. Las mañanas que me habré quedado en silencio observando como los rayos del sol iban avanzando de a poco sobre los árboles y el pasto.

Me distrae un ruido y giro la cabeza. Es el gatito dorado que nos acompaña y mueve su brazo. Tiene su historia y en esta también fue protagonista. Sin dudas va a venir con nosotros hasta Alaska. ¡Es cábala!

Miro con detenimiento cada hueco. Todo es nuevo. Lo hicimos a nuestra medida y a nuestro gusto. Muchos nos dijeron que estamos locos (no es novedad).

¡Cómo vamos a dejar de viajar en el Forastero ahora que lo habíamos desmantelado y armado!

Después de tantas semanas y tanto trabajo y esfuerzo era/es una picardía. Y si, tienen razón y fue una de las cosas que nos frenó y nos hizo reflexionar. Pero la balanza pesó más para el otro lado.

Ahora estoy en el asiento del conductor, al que tanto miedo le tuve y que sólo en rutas de ripio y desiertas me animé a sentarme y manejar. Es que se ve tan grande y estas tan alto dentro del Forastero.

(Suspiro)

¡Hay tantas anécdotas, tantas historias! Algunas que hasta me he olvidado de contar en este blog.

Recuerdo cuando saliendo de Los Antiguos escuchamos un ruido tremendo en las ruedas traseras y que algo se había desplomado. Frenamos y yo fui con mucho miedo a fijarme si no se nos había caído el piso. Ale bajó y al final eran los guardabarros que tenían grandes cantidades de barro seco y con el movimiento se habían empezado a desprender.

Nunca me olvidaré todas las veces que nos tuvimos que enfrentar a una pendiente. Si bien la que hay en la ruta saliendo de La Cueva de las Manos fue la mejor prueba de que no había ningua que no pueda subir, siempre me agarré al asiento y contuve la respiración en esos momentos, como en la ruta caracol previa a la frontera Cristo Redentor entre Chile y Argentina.

 

 

Lo más gracioso: 10 mil kilómetros para aprender a usar la calefacción y aun tengo mis dudas de si la apagué correctamente la última vez que viajamos en el Forastero. Actualizado al 25 de julio: confirmo que estaba encendida, un desastre lo mío.

Lo difícil que fue verlo sin las calcomanías y sin el plotter. Me dio la sensación de que estaba desnudo, de que le sacamos su identidad. Lo único que dejamos fue el nombre adelante. Y como se me iluminaron los ojos cuando la nueva familia dijo que lo seguirían llamando Forastero.

Pero el también se quería ir, es como ese amigo fiel que se dio cuenta que ya no podrá seguir en el mismo camino y se hace a un costado.

Durante meses quisimos arrancarlo sin problemas para hacer algún viaje corto y cada vez se hacía más difícil. Que el gasoil, que el agua, que chupó aire. Horas y horas para poder arrancarlo no nos daba la seguridad para salir a viajar. ¡Y no era nada! Venían a verlo y nos decían que todo debería estar bien con el motor hecho a nuevo y con sólo mil kilómetros hechos desde entonces.

El día que tomamos la decisión nos preocupamos por el tema de que no arrancaba bien. Verificamos todo por vez numero quinientas y presionamos el botón de encendido pidiendo por favor en voz baja. ¡Y arrancó de una! ¿Cómo puede ser? Son cosas que no podemos explicar realmente. Pero entendimos que él estaba de acuerdo con nuestra decisión.

Y así fue el tiempo en que vinieron a verlo, se portaba de diez. Llámennos locos, pero lo veíamos más radiante.

Fue y es imposible preguntarse a cada segundo si lo que estábamos haciendo era lo correcto. Con el Forastero recorrimos toda la ruta nacional 3 hasta Ushuaia, el sur de Chile, la ruta nacional 40 desde Río Turbio hasta Junín de los Andes, la ruta panamericana 5 desde Pucón hasta Santiago de Chile. Subió sin problemas por la ruta caracol, recorrimos parte de Mendoza y llegamos a San Juan para hacer sus últimos kilómetros junto a nosotros por la ruta 7 hasta General Rodríguez.

En total fueron 12.133 kilómetros. Ni más ni menos.

Pero todo cambia. Lo que uno imaginó para un futuro cambia, las personas cambiamos, las situaciones que nos suceden nos cambian y está bien. Si, aceptamos que todo lo que nos sucede nos conviene aun que no podamos verlo con claridad ahora.

Ya no queremos estar más quietos. Queremos movernos, queremos viajar. Es nuestro sueño, pero no sólo uno que se añora. Es un sueño que queremos y vamos a cumplir.

El Forastero nos ayudó a salir a viajar porque con sus múltiples comodidades nos hacía sentir en casa y no fue tan de golpe el cambio de estilo de vida. Pero nosotros cambiamos, crecimos y empezamos a darnos cuenta que ya habíamos cumplido una etapa con él.

Y si bien estábamos deseando que aparezca una nueva familia no lo íbamos a dejar en manos de cualquiera. Y así fue. Podemos decir que estamos contentos y tranquilos que lo van a tratar muy pero muy bien (mejor que nosotros) y que va a seguir recorriendo rutas.

Con lágrimas en los ojos nos despedimos de nuestro amigo de fierro.

¡Hasta siempre Forastero!

 

 

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